Graham Greene. Vías de escape

Categoría (Consejos para escritores, General) por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz el 20-06-2017

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Vías de escape es el segundo libro autobiográfico del escritor británico Grahan Greene (1904-1991), publicado por primera vez en 1980. Pero no es una autobiografía convencional ya que, en vez de contar los detalles de su vida, presenta la historia de sus novelas, cómo fueron escritas y lo que él pretendía transmitir en cada una de ellas. Hay un montón de anécdotas que descubren el carácter del autor y su interminable búsqueda para encontrar un sentido a la vida y junto con ellas también ofrece una serie de reflexiones que atañen a la construcción literaria:

1.- Los protagonistas de una novela deben tener cierto parentesco con el autor, salir de su cuerpo como un niño lo hace del vientre de su madre. Pero luego hay que cortarles el cordón umbilical para que aprendan a vivir solos. Cuanto más sepa el autor sobre sí mismo, más será capaz de distanciarse de sus personajes y más espacio tendrán para ir creciendo.

2.- Como ejemplo de lo que no hay que hacer os remito a mi estilo literario en la época en la que escribí El nombre de acción y Rumor al caer la noche (su segunda y tercera novela respectivamente, más tarde repudiadas) donde es patente mi terrible abuso de la metáfora y del símil: “Un revólver cayó al suelo como una flor agostada”, una muestra de pomposidad aprendida del peor Conrad: “Un reloj soltó su carga de horas”.

3.- En mi Rumor al caer la noche, se puede comprobar cómo yo estaba demasiado preocupado por mi estilo, un estilo malo y difuso. Todo resulta vago, impreciso, brumoso. No hay imágenes claras y sí símiles y metáforas extravagantes: “El breve glacial de papeles se extendía entre nosotros como el invierno a través de pétalos hinchados de la alfombra”. En general adolece de excesivos adjetivos, demasiadas explicaciones, interminables descripciones y falta de confianza en la capacidad de comprensión del lector.

4.- En una novela —igual que en una obra de teatro—, el diálogo debe ser una forma de acción y poseer la rapidez de ésta. Yo tendía a imitar torpemente la perspectiva del “punto de vista”.

5.- En aquella época, pensaba siempre en escenas culminantes que consistían en aislar a dos personajes (ocultos en una estación de ferrocarril, en El tren de Estambul u Oriente Express, o en una casa vacía en Una pistola en venta); era como si hubiera querido escapar de la vasta fluidez de la novela y representar la situación más importante en un escenario reducido, donde poder dirigir cada movimiento de los personajes.

6.- Una historia no tiene espacio más que para un número limitado de personajes inventados. Uno solo de más y el barco se hunde sobrecargado.

7.- En la mente del escritor no ha de haber ambigüedad, pero sí puede haberla en sus personajes.

8.- Cuanto más se prolonga la vida, más fácil es que los viejos recuerdos sean penosos y nos creen asociaciones inadecuadas, como las telarañas de un cuarto abandonado hace años.

9.- Si a la historia que vas a contar le faltan acontecimientos, es bueno apuntalarla con recuerdos, sueños, asociaciones de palabras: “La idea de ir directamente desde el principio hasta el final me asusta. Siempre he intentado romper la continuidad de un relato con las evocaciones de mis personajes”.

10.- Para que el relato de un viaje no sea pesado, es mejor describirlo de forma indirecta, como un recuerdo vago, como si el narrador estuviera afiebrado o lo recordara mal.

11.- Al leer las críticas literarias, he observado que los escritores son elogiados o censurados por su éxito o fracaso en la creación de un personaje. El novelista tiende a simplificar al personaje, a reducir —e incluso a excluir— sus contradicciones, por considerarlas innecesarias, con el fin de transmitir un estado mental y conseguir una obra de arte. Si mantiene las contradicciones, su propósito es solo presentar de forma verosímil un enigma.

12.- En El revés de la trama, intenté presentar el desastroso efecto de la lástima, que es distinto a la compasión, sobre los seres humanos. La lástima es cruel, la lástima destruye. El amor no está a salvo cuando la lástima anda merodeando.

13.- La primera persona ofrece una obvia ventaja técnica: el punto de vista queda asegurado contra toda tentación de desviarse. “Yo” sólo puedo observar lo que “yo” observo (aunque Proust trampeaba con todo descaro). Pero cuando, a veces, me topaba con el uso de la primera persona en las novelas de Somerset Maugham, su estilo me resultaba seco, muy parecido al torpe y descolorido hablar humano.

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