Hebe Uhart. Un modo de mirar, un modo de decir

Categoría (El libro y la lectura, El oficio de escribir, General) por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz el 26-11-2018

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No sé si se puede afirmar que una persona se parece a como escribe, pero este es el caso de Hebe Uhart (1936-2018). Es una narradora de lo menudo con una mirada de espía. Me siento en la plaza del pueblo y miro los comercios, los carteles de publicidad. Examina la realidad, buscando los detalles, los refranes de campo, las frases francas detrás de las que adivina las luces y las sombras de la gente. Ser escritor es volverse ojos y volverse oídos, olvidarse un poco del yo. A partir de ahí ella crea un mundo, una historia, un tipo de escritura que se traduce en un estilo cercano, simple —por momentos parece infantil—, pero capaz de captar el mundo interior de las personas comunes.A lo largo de su actividad en ferias de libros y en conferencias compartió información muy valiosa sobre su forma de crear:

La técnica narrativa

Hablaba de la necesidad de distanciarse respecto de la emoción antes de plasmarla en el papel. Decía que el escritor debía olvidarse de juzgar y dedicarse a registrar con atención datos, gestos, sonidos, olores…, y que el papel del narrador era estar en todos los personajes. Los cuentos los hago después de pasados los momentos de ira o de amor. En el momento, no puedo dar cuenta de un estado de ánimo: ¿cómo escribir si es un amor viviente, cómo, si creo que mi furia es santa y que tengo razón? Pasados cinco años, en un cuento puedo decir cuál es la cualidad de ese amor, de qué forma es ese amor, qué cosas se decían, con qué palabras peleaban. Si el escritor se ve demasiado afectado por un hecho concreto, este puede convertirse en obsesión y eso no ayuda a la hora de escribir, como tampoco la impaciencia. Para escribir, como decía Chéjov, hay que estar a media rienda

La imaginación

Quitaba importancia a este concepto dentro del momento creativo: Imaginación no creo que haya tenido tanta. Tuve la suerte de nacer en un pueblo donde mis padres conocían a muchas personas, conocían la vida de todos y hubo muchísima transmisión por la vía paterna y materna; mi mamá era una gran contadora oral, era maestra y directora de escuela. Probablemente, de ahí le viene su fama de gran conversadora y con cientos de anécdotas para contar.

Los personajes

Para su creación no partía de una idea abstracta sino de un ser concreto con unos gestos concretos, como se aprecia en este ejemplo: “Limpiaba con los labios metidos hacia dentro, en un gesto que deformaba su boca, como si ésta, en vez de ser un medio de comunicación hacia afuera, le mandara mensajes internos a su cabeza”.Y era capaz de dibujar a un personaje con pocos trazos: “Me pasaba algo con relación al tiempo libre: no encontraba qué hacer y todo lo que hiciera era más bien para evitar otra cosa”, dice la protagonista de uno de sus cuentos.

El oficio de escritor

La escritura era una especie de rara artesanía para ella; la comparaba con un matrimonio de medio siglo que a veces da placer y otras, problemas. Y la herramienta con la que trabajaba, el lenguaje, la utilizaba como cualquier artesano: primero estudiaba el material que tenía entre manos—apuntaba en una libreta de papel, y a lápiz, las características del habla local de una zona, casi siempre rural— y luego lo modelaba en forma de cuento o de crónica donde dejaba constancia de esas expresiones y términos, pero sin olvidarse de crear su propio lenguaje literario. Descubro visiones distintas a través del lenguaje que la gente plantea. El crítico argentino Claudio Zeiger llegó a decir: La palabra en Uhart tiene esencialidad pero no es nada solemne, ningún peso grave. Su acento es suave.

Organizaba escapadas para conocer de cerca las lenguas y las formas en que la modernidad penetraba en los distintos territorios de América latina y lo hacía de forma totalmente intuitiva; a Asunción fue tres veces porque le gustaba la alegría de los paraguayos. Respecto a este tema, ella veía a América Latina como un espacio sin fronteras —así aparecía en sus crónicas—donde había paraguayos con acento brasileño y brasileños que escuchaban guaraní.

Nació en 1936, en un suburbio de Buenos Aires cuando Moreno era un pueblo. No soy ni campesina ni urbana. Soy suburbana. Respecto a su nombre y origen afirmaba: Hebe me lo pusieron porque alguna Hebe les habrá parecido simpática o linda. Uhart es vasco-francés. Mis abuelos maternos son genoveses y los paternos vascos. Mi mamá era hija de italianos y comprendía italiano pero no lo hablaba. La abuela hablaba cocoliche. Vasco no sabía nadie.

Después de licenciarse en Filosofía, trabajó como maestra rural, impartiendo clases de primaria y secundaria, y más tarde como profesora de universidad. Además, fue colaboradora en distintos medios de comunicación y dirigió talleres literarios. Esto último, durante 36 años, por lo que hablaba con conocimiento de causa. Destacaba la calidad de la lectura por encima de la didáctica a la hora de ayudar a alguien a escribir un relato: Cuanto mejores los cuentos, la didáctica se puede obviar si el material es interesante. Y añadía: El taller no enseña a escribir, sino que es un empujón.

Proponía a sus alumnos, como ejercicio inicial de escritura, una crónica de su infancia; pensaba que era un buen disparador para empezar a escribir por ser la época en que sorprende todo. No es lo mismo conocer el mar a los tres años que a los 80. Tiene el valor de lo inaugural. Y también hay una objetividad interesante, porque en la infancia todos saben qué tío te quiere y qué tío no, y eso se pierde más tarde. Ella fue maestra de escritores, pero también aprendiz de sus clases: se dio cuenta de que había alumnos a los que se podía retar y otros a los que no, y no aceptaba ni a locos ni a competitivos. Una alumna aventajada que, naturalmente, no estaba en ninguno de esos dos grupos, Liliana Villanueva., escribió un magnífico libro sobre las enseñanzas de su maestra en esos talleres literarios: Las clases de Hebe Uhart (2015).

Buena parte de su vida la dedicó a la escritura. Su trayectoria se puede dividir en dos: una faceta narrativa, con títulos como La gente de la casa rosa (1970), El budín esponjoso (1977) y Guiando la hiedra (1997), que evidenciaron su singularísimo estilo y que en 2010 se compilaron en Relatos reunidos; y otra, en los últimos años, dedicada a la crónica de viajes. Yo empecé a hacer los viajes porque se me agotaron las ganas de escribir ficción y me pareció más revelador salir por el mundo a mirar. Los libros más importantes de esta faceta viajera son De la Patagonia a México (2015) y De aquí para allá (2017).

Publicó la mayor parte de su obra en pequeñas editoriales. Le llegó la consagración hacia el final de su vida cuando el sello Adriana Hidalgo la fijó en su catálogo de autores. Con esto vinieron los grandes premios: el de su país, del Fondo Nacional de las Artes en 2015 y, en 2016, el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas que concede el gobierno chileno, a cuyo jurado se lo agradeció con toda una declaración de principios: Pienso y siempre pensé que la conciencia de la propia importancia conspira contra la posibilidad de escribir bien, más aún, pienso que la hipertrofia del rol le juega en contra a un escritor y a cualquier artista. Cuando veo que alguien hace gala de su rol, sospecho que no escribe bien.

Se ha dicho de su literatura que es vital, fresca y exquisitamente coloquial; se la ha calificado de genuina, atenta a los detalles, finísima en su humor. Algunos críticos han alabado su estilo en apariencia ingenuo pero filoso en extremo y todos coinciden en que tiene una literatura con el oído siempre alerta. Pero quizás la frase más contundente sea la del escritor Rodolfo Fogwill: Hebe Uhart es la mejor escritora argentina. Pues bien, esta narradora y cronista que decía “pordelantear” y “mujer tiniebla” y “cómo loquean las estrellas” nos dejó el día 11 del mes pasado, aunque por estas latitudes no haya trascendido casi. Debe ser porque se aplicó a ella misma lo que decía respecto a cómo finalizar una historia, hay que saber irse de un cuento o de una fiesta. Nada peor que esos que se quedan de más.

 

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