Horacio Quiroga. Decálogo del perfecto cuentista

Categoría (Consejos para escritores, General) por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz el 14-06-2015

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Horacio Quiroga nació el 31 de diciembre de 1878 en Salto (Uruguay) y murió en Buenos Aires (Argentina), el  19 de febrero de 1937. Su vida giró alrededor de la muerte y culminó con su suicidio a los 58 años, tras ingerir un vaso de cianuro en el hospital de Clínicas de la ciudad de Buenos Aires, al saber que padecía cáncer de próstata. Las numerosas desgracias que hubo de soportar a lo largo de su vida le provocaron una cierta fascinación por el horror, las enfermedades y el sufrimiento, situaciones que luego trasladó a su obra, siendo la más emblemática “Cuentos de amor de locura y de muerte”.

Gran admirador de Edgar Allan Poe y Guy de Maupassant, escribió este “Decálogo del perfecto cuentista”, publicado por primera vez en la revista El Hogar de Buenos Aires, en julio de 1927. Está dirigido a los escritores jóvenes que se inician en el oficio y pregona un estilo económico y preciso, así como el uso de pocos adjetivos y una redacción sencilla y clara; a diferencia del lenguaje que él empleó, a menudo afectado y redundante, con profusión de adjetivos no imprescindibles y un vocabulario rebuscado. Aun así, está considerado como el maestro del cuento latinoamericano.

A continuación, transcribimos el célebre manual tal y como aparece en la primera edición del libro publicado en 1981 bajo el título “Cuentos” por la Biblioteca Ayacucho:

I.- Cree en un maestro ─Poe, Maupassant, Kipling, Chejov─ como en Dios mismo.
II.- Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en dominarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.
III.- Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.
IV.- Ten fe ciega, no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
V.- No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.
VI.- Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “Desde el río soplaba un viento frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.
VII.- No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que se precise, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.
VIII.- Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
IX.- No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.
X.- No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento.

Más tarde, el poeta fue requerido para hacer una declaración firme y explícita del cuento y una defensa de los cánones que lo sostienen, frente a una nueva retórica que propugnaba nuevos formatos. Su alegato está recogido en ese mismo libro bajo el título “La retórica del cuento”.

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