Los tópicos

Categoría (General, Taller literario) por Ana Merino y Ane Mayoz el 12-01-2017

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Desde el punto de vista de la creación, interesan los recursos de estilo y las figuras de pensamiento. Es imprescindible ser conscientes de su existencia y dominar su funcionamiento. La mayoría de los autores desconoce el significado de anacoluto, epanadiplosis o pleonasmo y ello no les impide escribir obras magníficas en las que, por cierto, encontraremos esas figuras, y otras más, utilizadas correctamente. El conocimiento de cómo funcionan las figuras literarias nos va a ayudar a reforzar las intenciones de la obra que queramos escribir. Para ello hay que luchar, de manera primordial, contra los tópicos y lugares comunes ─tan frecuentes en los recursos de estilo─ y contra la falta de originalidad.

Un tópico es una expresión trivial o muy empleada, pero no es una metáfora, aunque sea mala. Lo que convierte la metáfora en tópico es el uso y abuso de ciertas imágenes, caracterizaciones o paisajes, repetidas hasta la saciedad. Un tópico no es más que una metáfora desgastada, que ha ido perdiendo su brillo y su fuerza original hasta convertirse en una frase hecha que ya apenas tiene significado.

La metáfora original sorprende porque establece una conexión entre dos conceptos distantes que nunca antes habían estado juntos. En cambio, el tópico, la metáfora desgastada, ya no significa nada, porque no sorprende a nadie: que un tren, tras un accidente, se convierta en un amasijo de hierros; que la vuelta ciclista parezca una serpiente multicolor; que alguien sea más bruto que un arado, o más tonto que Abundio

Hay muchas exageraciones o metáforas hiperbólicas que han pasado al lenguaje común, y por su uso se han convertido en tópicos: más largo que un día sin pan, más pesado que una vaca en brazos… Debemos evitarlas a toda costa porque en una obra de creación literaria con tópicos, el autor además de descalificarse a sí mismo por incompetente, anula el mensaje y arruina el texto, puesto que al no tener una función informativa queda reducido a nada.

Es un tópico, por ejemplo, que una historia con elementos fantásticos que atentan contra las leyes de la física termine resolviéndose con todo era un sueño; que un viejecito en un parque le dé una charla metafísica sobre el sentido de la vida a un personaje que está en crisis existencial y, cómo no, que el asesino sea el mayordomo. Estos tópicos narrativos de nula efectividad pueden hacer que una buena historia se venga abajo.

A la hora de presentar a los personajes también hay que rehuir el modo tópico y simplista. Laura era una muchacha jovial y dicharachera a pesar de haber vivido una infancia triste y llena de privaciones, con un padre alcohólico y una madre enferma. Juan era emprendedor, pertenecía a una familia acomodada, y aunque sus padres le pagaron los mejores colegios, nunca le brindaron el verdadero amor de una familia. ¿Quién puede tener interés en seguir leyendo a lo largo de doscientas páginas una novela que comience así? La historia ya está escrita: se conocen, se enamoran, luchan contra las oposiciones familiares, desheredan a Juan, humillan a Laura, superan todas las pruebas, se casan y son felices. Romeo y Julieta en versión fotonovela barata y con final feliz. No hace falta escribir esa novela.

Hay un elemento, primo-hermano de los tópicos, con el que se debe andar con cuidado: la redundancia, volver a decir otra vez lo mismo. Es verdad que hay que repetir para construir las escenas y encadenar la narración. Y lo mantenemos. Pero ahora estamos hablando de las redundancias innecesarias, de frases hechas, como los tópicos, que no aportan nada a la narración, porque su función es de puro tránsito.

Vamos a concluir con dos máximas: el lector nunca debería leer lo que espera leer, para eso habrá que excluir toda expresión desgastada y repetida, y un buen escritor evitará la falta de originalidad y abandonará lo trivial, lo abstracto, únicamente mencionará lo que es básico para el desarrollo de la historia, puesto que en un relato la economía es fundamental.

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