El ACTA. Jaque a la libertad en Internet

Categora (Derechos de autor, General) por Manu de Ordoñana el 04-02-2012

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Es significativo el revuelo que se ha producido en la comunidad de internautas a consecuencia del cierre del portal de Megaupload. No se trata de defender aquí la piratería salvaje que ha practicado la empresa secuestrada por el FBI. En verdad, lo que hacía era lucrarse de forma exorbitante a costa de la propiedad intelectual de terceros, sin aportar absolutamente nada a la cultura, ni siquiera la gratuidad de sus servicios, ya que la descarga de sus contenidos estaba condicionada al pago de una cuota, sin la cual penalizaban al usuario con la velocidad y con la imposibilidad de bajar dos archivos  al mismo tiempo.

Lo que preocupa al ciudadano es lo que se esconde detrás de esta actuación. El cierre se ha producido días después de las protestas que surgieron en EE UU contra la ley SOPA, una norma que contempla el cierre de una página web sin orden judicial y obliga a los proveedores de internet a vigilar los archivos que almacenan. El Departamento de Justicia ha asegurado que esta operación nadie tiene que ver con las protestas, negando la existencia de un plan orquestado para clausurar páginas web de alojamiento y descarga de archivos. Cuando el río suena…

Y preocupa también la forma en que se ha hecho. La investigación comenzó hace dos años, por iniciativa del Centro de Coordinación Nacional para la Protección de la Propiedad Intelectual del FBI y ha sido un jurado de Virginia el que ha aceptado los cargos y ordenado las detenciones que se efectuaron tanto en EE UU como en Nueva Zelanda. Al parecer, la legislación americana arroga su jurisdicción al ámbito internacional en todo lo que se refiere a Internet.

Dicho esto para abrir boca, viene ahora el plato fuerte… veamos de qué se trata: El ACTA (Acuerdo Comercial Anti-Falsificación, por sus siglas en inglés) es un acuerdo comercial de carácter voluntario para proteger la propiedad intelectual y las reproducciones fraudulentas, una iniciativa que, de llevarse a cabo, amenaza seriamente la libertad en Internet, ya que:

  • Introduce la censura de las páginas webs que molestan al poderoso.
  • Restringe el acceso a los contenidos que estén protegidos por derechos de autor.

El ACTA se ha negociado en secreto por un puñado de países ricos (Estados Unidos, Australia, Canadá, Japón, Marruecos, Nueva Zelanda, Singapur y Corea del Sur) y las grandes corporaciones multinacionales. Varias agencias gubernamentales han reconocido haber participado en las negociaciones, pero se han negado a hacer público el borrador del tratado, con lo cual se ignora su contenido. Lo que sí se sabe es que aspira a crear su propio cuerpo de gobierno, fuera de las actuales instituciones internacionales, un organismo opaco autorizado a vigilar todo lo que se hace en la red y a imponer sanciones a los infractores por actos tan simples como compartir un artículo de periódico o subir el video de una fiesta con música protegida por derechos de autor.

En estos momentos, la Unión Europea está decidiendo si ratifica o no el ACTA. La UE ya se opuso anteriormente a este tratado, pero ahora algunos miembros del Parlamento Europeo están titubeando. Sería conveniente sacarles de dudas. Es muy posible que si la UE no se adhiere al proyecto, este ataque global contra la libertad de Internet podría fracasar. Si quieres colaborar a frenar esta iniciativa, te recomiendo que visites la web de Avaaz, una organización civil internacional que promueve el activismo en asuntos como el cambio climático, los derechos humanos y los conflictos religiosos, con más de once millones de miembros en todo el mundo. El objetivo es recoger dos millones de firmas para presentar su rechazo a este tratado en el Parlamento Europeo… ya están llegando a 1,6 millones.

El cierre de Megaupload: ¿Una actuación populista?

Categora (Derechos de autor, General) por Manu de Ordoñana el 30-01-2012

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El pasado 19 de enero, El FBI suspendió el portal de Megaupload, un sitio en la red que ofrecía un servicio de alojamiento y descarga de archivos, a través del cual el internauta podía bajar a su ordenador o visualizar en línea cualquier tipo de archivo: películas, discos, fotografías, libros, etc., utilizando webs de enlace que incluían  índices ordenados de sus contenidos. La plataforma permitía el acceso a través de dos tipos de cuentas. Una era gratuita con ciertas limitaciones para su uso, como el número de archivos, su tamaño y la velocidad de descarga. La otra era Premium, sin restricción alguna, a cambio de una suscripción anual.

La web, creada el 21 de marzo de 2005 en Hong Kong, era el décimo tercer sitio más visitado del mundo, tenía 180 millones de usuarios registrados y era visible en 18 idiomas diferentes. Por su culpa ─según las autoridades norteamericanas─, la industria del ocio ha dejado de percibir 500 millones de dólares, aunque otras fuentes tan solventes como Harvard Business School y los gobiernos de Canadá, Suiza y Holanda aseguran que esa cifra es “irreal y tendenciosa”.

La demanda que han presentado los fiscales aporta cifras en consonancia con las de los daños que estima la industria. “Las personas acusadas eran miembros de una organización criminal internacional cuyos miembros se hallaban inmersos en infracciones criminales de los derechos de autor y lavado de dinero a escala masiva, ocasionando un daño a los dueños de esos derechos por valor de 500 millones de dólares y con un lucro propio de 175 millones de dólares”. En una operación conjunta realizada en ocho países, la policía arrestó a los administradores de la compañía: siete en los Estados Unidos y cuatro en Nueva Zelanda. Los acusados se enfrentan a penas de prisión de hasta 50 años.

El creador de Megaupload, el alemán Kim Schmitz (Kiel, Alemania, 1974) es un personaje curioso. Conocido bajo el apodo de Dotcom, pesa más de cien kilos y tiene aficiones caras: coches deportivos, rubias despampanantes, jacuzzis, champán… Desde muy joven, supo aprovechar el boom de Internet para ganar dinero, no siempre de forma legal. A los 19 años, saltó los filtros del Pentágono, pirateó su red y pudo ver imágenes del palacio de Sadam Hussein. A los 20, le arrestaron por “espionaje electrónico”. A los 27, después de que dos de sus amigos murieran en el 11-S, amenazó públicamente a Osama Bin Laden y ofreció diez millones de dólares por información para cazar al saudí. Y ahora, con 37 años, acaba de ser detenido en Nueva Zelanda por dirigir “una organización criminal de dimensiones mundiales”.

La clausura de la web y el arresto de sus directivos se ha producido en un momento crucial en EE UU, después de las protestas que ha ocasionado la discusión de la ley antidescargas, conocida como la ley SOPA, pendiente de aprobación en el Congreso y en el Senado, cuyo objetivo persigue el robo de material protegido por derechos de autor, autorizando el cierre sin orden judicial de páginas web sospechosas de no respetar la propiedad intelectual.

Esta doctrina legislativa que permite a las autoridades el cierre de cualquier página web puede que sirva para frenar la piratería salvaje que la mayoría de los ciudadanos condenamos, pero no olvidemos que se presta a que se cometan abusos, a que los gobiernos impidan la circulación de noticias que no sea de su agrado, a que la industria cultural presione para suspender actividades que considere lesivas a sus intereses económicos, sin tener en cuenta los del usuario. La legislación tendría que limitarse a atender las denuncias que demuestren la ilegalidad de los contenidos y sólo cerrar aquellos enlaces que conducen a espacios protegidos, pero no permitir que se criminalice de entrada a los proveedores de archivos hasta que éstos demuestren su inocencia.

Porque, al final, esta conducta no sirve para nada. El cierre de una página web no restablece el equilibrio que ha de existir entre el derecho a la propiedad intelectual y la libertad de expresión que ofrece Internet. Por cada web que se cierra hoy surge mañana otra con tecnología más avanzada o en países donde la actuación judicial es más complicada ─si existen paraísos fiscales, pronto aflorarán los digitales─. Ya entiendo que el problema es difícil de solucionar, habría que afrontarlo de forma global y eso, por ahora, parece imposible. Hace mucho tiempo que la tecnología menosprecia la legalidad y burla la acción de la justicia.

Convertir una página web en un e-book con dotePUB

Categora (El libro digital, General) por Manu de Ordoñana el 25-01-2012

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Muchas veces te encontrarás con una página web que te interesa guardar para leer detenidamente en la cama, tranquilo, con tu e-reader, sin necesidad de estar online. Otras veces, porque te encuentras un texto PDF excesivamente largo, al que le han extirpado las opciones de guardar e imprimir y no encuentras la forma de descargarlo.

En todos esos casos, puedes utilizar dotEPUB, un software en la nube que te permite convertir cualquier página web en un e-book. El problema que te vas a encontrar es que sólo permite la descarga sobre dispositivos compatibles con epub: e-readers, tablets, teléfonos inteligentes, netbooks y ordenadores cuyo navegador soporte bookmarklets como Google Chrome, Mozilla Firefox, Safari u Opera entre otros, pero no el Internet Explorer de Microsoft.

Yo sólo disponía del Explorer en mi ordenador, así que me atreví a instalar Google Chrome. Es muy sencillo: recuerda sólo que la lista de favoritos del Explorer se llama ahora barra de marcadores y se sitúa arriba en posición horizontal. Vamos pues a convertir una página web sencilla en un archivo ePub. Y digo sencilla porque dotePUB está diseñado para procesar páginas de artículos, entradas de blogs y relatos, pero no páginas principales o complejas.

Para hacerlo, antes tienes que instalar el bookmarklet de dotePUB en tu navegador. No te asustes, un bookmarklet no es más que un botón que se sitúa en la barra de herramientas y que te permite ejecutar la aplicación con sólo pinchar en él. Éstos son los pasos:

  • Abrir Google Chrome.
  • Pinchar +, justo a la derecha del icono de Google.
  • Aparece Chrome Web Store. Pincha en el icono.
  • Aparece una serie de programas que Google ofrece gratis al usuario.Selecciona dotePUB. Como hay muchos, te sugiero que utilices el buscador, arriba a la izquierda, escribiendo dotePub + Intro.
  • Te aparece el icono de dotePUB. Pincha en “Añadir a Chrome” y luego “Instalar”. Por defecto dotEPUB crea los ebooks con sólo texto. Si te interesa incluir las imágenes del contenido tienes que activar la opción “Modo inmersivo“, pero no te lo recomiendo.
  • Verás que el icono de dotePUB, un círculo verde aparece el menú de herramientas, arriba a la derecha. Ya está instalado.
  • Ahora abres la página web que quieres convertir a ePub. Prueba algo sencillo, por ejemplo, texto de la novela “Doña Perfecta” que encontrarás en la página web de dotePUB.
  • Pincha en el icono de dotePUB recién abierto para convertirlo.
  • Aparece una pestaña abajo a la izquierda con el título “Muestra de la traducción de…”.
  • Pinchas y se abre con Sigil. El título aparece en la pantalla.
  • Te vas a la izquierda y pinchas dos veces en “content.xhtml”.
  • Aparece el texto traducido. Lo puedes corregir.
  • Y para terminar, lo guardas con File / Save as. En la ventana que aparece te propone el título original pero tú lo puedes cambiar y guardarlo donde te dé la gana, pero acuérdate dónde, porque si no te costará encontrarlo.

Además de convertir páginas web, dotEPUB te permite también crear un e-book a partir de documentos en los formatos Microsoft Word (.doc y .docx), OpenDocument (.odt), StarOffice (.sxw), texto enriquecido (.rtf), texto sin formato (.txt) o PDFs. Quizá esta herramienta sea más útil para convertir textos a ePUB que la que ofrecimos antes a través de Calibre. Siempre es bueno tener dos alternativas.

El procomún

Categora (Derechos de autor, General) por Manu de Ordoñana el 19-01-2012

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El término “procomún” ha vuelto a adquirir notoriedad con la controversia que se ha montado sobre los derechos de autor que defienden unos y la gratuidad de contenidos en Internet que reclaman otros. El concepto está íntimamente ligado al de dominio público, que es la forma jurídica que pueden adquirir algunos de los elementos pertenecientes al procomún.

El diccionario de la Real Academia Española dice que procomún proviene de pro, provecho, y común y le da el significado de “utilidad pública”, con lo cual estamos suponiendo que se refiere a cualquier bien que pertenece a la comunidad para disfrute de todos, como el aire, el agua, el monte… Más o menos, es lo mismo que dice Wikipedia: “Se denomina bien comunal o procomún a un determinado ordenamiento institucional en el cual la propiedad está atribuida a un conjunto de personas en razón del lugar donde habitan y que tienen un régimen colectivo de enajenación y explotación, de forma que ninguna persona individual tenga el control exclusivo para su uso”.

La palabra procomún existe en castellano desde hace siglos: ya figuraba en la gramática de Nebrija de 1492. En el País Vasco, existen numerosos ejemplos de recursos compartidos cuyo beneficio, posesión o derechos de explotación pertenecían a la comunidad:

  • Las tierras comunales eran muy numerosas y servían a muchos pobres para no pasar hambre, siendo la castaña el principal elemento de subsistencia durante siglos.
  • El “auzolan”, el “trabajo vecinal”, por el cual los vecinos se ayudaban a la hora de labrar la tierra, para arreglar un caserío o creaban caleros comunales en los barrios, ha estado fuertemente arraigado en la idiosincrasia vasca hasta fechas muy recientes.
  • Los pastizales comunes han abundado en toda la geografía vascongada. Eran territorios en los que podían pastar los ganados de las zonas vecinas a cambio de un impuesto simbólico, como el “tributo de las tres vacas” que todavía hoy se mantiene entre los valles del Roncal y Baretous.

Pues ahora, la norteamericana Elinor Ostrom, premio Nobel de Economía 2009, ha recuperado el término procomún para otro tipo de bienes: el conocimiento científico, el software y las obras culturales. Su doctrina cuestiona la propiedad intelectual y predica que películas, festivales, elepés, discos, CD’s, obras de arte, libros, bibliotecas y un sinfín de cosas más son de todos y no son de nadie.

Si un ciudadano es capaz de dar existencia a una obra nueva es porque antes ha recibido una educación esmerada que la sociedad le ha proporcionado de forma gratuita, ha tenido que leer un montón de libros, participar en seminarios, visitar exposiciones y compartir conocimiento. Su invento no es todo suyo, tan sólo una parte. El artista se ha beneficiado de una infraestructura cultural que le ha permitido alumbrar su parto. Por eso ─dice Ostrom─, es absurdo que la sociedad le reconozca la propiedad de la obra que ha creado (propiedad que se va a preservar para sus herederos hasta setenta años después de su muerte). Su obligación es revertirla a la sociedad, devolverla para uso gratuito del público. Es lo que sus defensores denominan “retorno social”.

El mundo del libro no escapa a esta polémica. Leía el otro día que Lucia Echeverria anunciaba oficialmente que no iba a volver a publicar libros en una temporada muy larga. Al parecer, estaba indignada porque se habían descargado más copias ilegales de su novela “El contenido del silencio” que las se habían comprado legalmente. También se quejaba de lo poco que gana con cada libro vendido en papel por el canal tradicional.

Y eso es porque la propiedad intelectual protege a la industria editorial por encima de los intereses del autor. ¿No habrá llegado el momento de cambiar el paradigma y replantear el modelo empresarial? Si te paseas por la web, descubrirás que los cibernautas están en contra del viejo modelo de industria cultural que ha funcionado hasta la fecha. No todos defienden la gratuidad total de contenidos, pero sí que están a favor de crear espacios abiertos donde compartir ideas y generar proyectos nuevos. ¿No hay aquí una oportunidad para el escritor diletante?

El Mataburros. Exhultante

Categora (El Mataburros, General) por Manu de Ordoñana el 14-01-2012

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También es error bastante frecuente encontrar la palabra “exultante” escrita con una “h” intercalada en expresiones como “estaba exultante el día de su boda”.

La confusión proviene porque existen palabras en castellano que llevan la “h” intercalada después del prefijo “ex”, como “exhalar”, “exhausto”, “exhibir”, “exhortar”, “exhumar”, mientras que otras no lo llevan como los adjetivos “exorbitante”, “exultante” o “exuberante”. No hay ninguna norma para saber si los términos que empiezan por “ex” llevan la “h” a continuación. Casi todos ellos provienen del latín y el castellano conserva la ortografía de su origen.

El verbo exultar viene del latín “Exsultare” que significa saltar, brincar, mostrar alegría. Exultante es un adjetivo cuyo significado es: “Que muestra gran alegría o satisfacción”, según el DRAE. Como sinónimos hemos encontrado los siguientes: “Alborozado”, “alegre”, “entusiasmado”, “eufórico”, “jubiloso”, “optimista”, “regocijado”, “triunfante”. Y como antónimos: “Abatido”, “descorazonado”, “mohíno”, “pesimista”, “triste”.

Si entras en el buscador de Google y tecleas “exhultante”, obtienes 18.900 resultados… no está nada mal. Esta falta de ortografía es también asidua de la prensa escrita. Si accedes a la hemeroteca de ABC y tecleas la palabreja, encontrarás 8 resultados, es decir, a lo largo de su historia, el diario ABC ha cometido 8 veces el error de escribir “exultante” con “h” intercalada. La última vez, el 23 de agosto de 2010, al dar la noticia de la victoria de Loeb en el Rally de Alemania, con el español Dani Sordo en segundo lugar: “El piloto francés Sebastián Loeb se ha mostrado exhultante tras conseguir su octavo título consecutivo en el Rally de Alemania…”.

También la Cope comete el mismo error en su página web, al dar la noticia el 18 de julio de 2008 de la presentación de Ronaldinho como jugador del AC Milán, bajo el siguiente titular: “Ronaldinho exhultante en su presentación en el Milan”.

 

Mejorar un texto ePub con Sigil

Categora (El libro digital, General, Publicar un libro) por Manu de Ordoñana el 09-01-2012

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Si has sido capaz de convertir el texto .doc de tu novela al formato .ePub y lo lees en tu libro electrónico, comprobarás que se han producido algunos erros en la traducción. Los más frecuentes son los siguientes:

  • El guión largo de diálogo se convierte en un símbolo irreconocible que hace difícil la lectura.
  • De vez en cuando, el sangrado se corre hacia la izquierda
  • Se produce un salto innecesario de línea en cada párrafo y al pasar de capítulo.
  • En algún caso, se produce un salto de línea dentro del párrafo.
  • Otras veces, un salto de página dejando en blanco la mitad de la precedente.
  • Las llamadas al pie de página se trasladan al final del libro, con lo cual pierden su valor.

Para corregir el texto, lo mejor es utilizar Sigil, el supereditor que (casi) nunca te fallará. Para hacerlo, tienes que descargar el ejecutable siguiendo las instrucciones que te dicta el asistente de Softonic, pinchando en “Descargas gratis”. Cuando termines, te preguntará si deseas ejecutar o guardar este archivo: Pinchar en “Ejecutar”. Luego pregunta: ¿Desea ejecutar este archivo: “Ejecutar”. Aparece un cuadro de descarga: Aceptar. Finalmente, te preguntará si quieres instalar la barra de herramientas Babylon, la última versión de Norton o algún otro programa. Mi consejo es desestimar todas las opciones  y pinchar “Siguiente”. Empieza la descarga. Al terminar, aparecerá “Welcome to the Sigil setup Wizard”. Pinchar botón “Next”. Surge una nueva ventana: Marcar “I accept the agreement” y pinchar botón “Next”. Y luego otra que te propone instalar de Sigil en la carpeta de Programas. Es lo recomendable, así que pinchas Next. Siguiente paso. Select components. No toques nada y pincha Next. Otra ventana: Select start Menu folder. No tocar y pinchar Next. Última ventana: “Ready to Install”, pinchar “Install”. Verás el avance de la instalación y cuando termina, pincha “Finish”. ¡Por fin! Ya tienes Sigil instalado en tu escritorio.

Ahora vas a arreglar el texto de tu novela. Pincha en el icono de Sigil para entrar en su interfaz: te encontrarás una configuración muy similar a la de un editor de textos tradicional. El único problema es que los mandos están en inglés. Por lo demás, la corrección del documento se hace sin gran dificultad, al menos los defectos habituales que solemos hacer en la redacción inicial. Si pretendes con­fec­cio­nar tex­tos de forma pro­fe­sio­nal, te será impres­cin­di­ble cono­cer CSS y HTML. Vamos allá:

Pincha en “File” y luego en “Open” para traer tu libro de la biblioteca Calibre en formato ePub. Verás que aparece la portada en la pantalla de tu ordenador. Ahora tienes que pinchar en “View” de la barra de herramientas y activar “Book Browser” para que te aparezca a la izquierda un desplegable de contenidos. Si no lo haces, sólo tendrás acceso a ver la portada o la primera página. Te sugiero que no utilices más que las tres primeras carpetas (Text, Sty­les e Ima­ges) y casi mejor, sólo la primera. Pincha para acceder a la portada (titlepage) o al texto (index). Y ahora, habilidad libre. Yo he llegado hasta ahí y me basta. Si quieres saber más o hacer virguerías, el asistente de Fran Ontanoya te ayudará: es sencillo de entender y, al final, hay una serie de respuestas del autor a los problemas más frecuentas que han planteado los usuarios. También te puede servir este enlace de Libro de Notas. En última instancia, el botón de ayuda “Help” a la derecha de la barra de instrucciones de Sigil te ilustrará, aunque está en inglés.

¡Ah! Al final, no te olvides de guardar los cambios realizados en el documento, para lo cual pincha de nuevo en “File” y luego en “Save”.

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Sobre el blog

Un pequeño rincón literario

Nací en 1940 y, a los 69 años he concluido mi primera novela, tras haberme jubilado después de trabajar cuarenta años como ingeniero industrial. Sólo a partir de ese momento, he podido dedicarme a mi afición favorita: ESCRIBIR.

En este blog, pretendo dar a conocer mi pequeña obra y contar la experiencia que he vivido para adaptarme a este mi nuevo oficio. Incorporaré poco a poco artículos cortos que alternarán teoría y práctica, para luego intercambiar opiniones y hacer ameno este pequeño rincón literario.