La figura de este singular poeta y prosista alemán que es Robert Walser (1878-1956) está repleta de contradicciones en su persona y en su obra. Esta última es un fiel reflejo de su vida, hasta el punto de que el libro del también escritor Jürg Amann, Robert Walser: Una biografía literaria (2010), básicamente está formado por fragmentos de sus escritos, incluyendo novelas, relatos y cartas, además de fotografías.
“El escritor que tiene más posibilidades de cosechar éxito es aquel que se empequeñece al máximo”. Así se define Walser. El pasear —se desplazará caminando de una ciudad a otra, tanto de día como de noche— y el cambiar de domicilio y de trabajo será otra constante en su vida. “Un espíritu joven con vocación de poeta necesita libertad y movilidad”.
En estas tres acciones básicas lo sitúa la escritora y profesora Eva Casanova: “Siempre he creído que escribir, leer y pasear es lo mismo. Al fin y al cabo, escribir es prestar atención a lo pequeño para poder abarcar la inmensidad, leer es también prestar atención a lo pequeño, un gesto, una palabra, un símil o metáfora, para interpretar, ¿y pasear? ¿qué es? Lo mismo, prestar atención a lo pequeño para entender lo demás, para conocernos, para detener la vida unas horas”.
Y el analista cultural Félix V. Díaz registra también nuestra admiración por este autor. “Es la sensibilidad en la observación, el detalle como color de vida, la pasividad autoconvencida ante la insignificancia del individuo en el universo, la poesía enlazada amorosamente con la prosa dando sabrosos frutos de satisfactorio deleite literario.”.
Él era lo que no parecía y a menudo parecía lo que no era. Pocos lo conocieron y lo trataron porque vivió, como bien lo califica la traductora Isabel Hernández, metido en la concha de caracol desde la que siempre escribió. “Comencé a leer mucho porque la vida me negaba, pero la lectura tenía la bondad de afirmar mi carácter, mis inclinaciones”.
Leyó y escribió. El no sentirse comprendido ni correspondido por el amor exclusivo de su madre le lleva, siendo adolescente, a la escritura; Robert Walser necesita escribir para plasmar en ella esos sentimientos; para inventar lo que le falta en vida.
En 1894 falleció su madre —llevaba algún tiempo enferma de depresión—. Era delicada y cariñosa solo con sus hermanos y hermanas que siempre estaban enfermos; con él nunca lo fue, nunca enfermaba. También, distinguida, severa y enfermiza, proclive a la tristeza y a la melancolía. Sin tiempo para pensar en sí misma tras dar a luz a ocho criaturas y con un marido —encuadernador, vendedor de objetos de papelería y de juguetes— que lo confiaba todo al buen Dios.
Él, el séptimo hijo, asistió a la escuela y al Instituto. Quiso interpretar, pero no le dejaron, no valía. “El caso es que no posee usted el menor asomo de talento histriónico. Todo en usted está escondido, velado, sumergido, todo es árido, leñoso”, escribió de sí mismo. Entonces, tuvo que aceptar todo tipo de trabajos: en la banca, en la industria; de vendedor, de ayudante, de oficinista… Lo consideraban un colaborador eficaz, laborioso, digno de confianza, a pesar de que en todos esos trabajos escribía en secreto, ideaba numerosos poemas.
Se suele citar a Walser como verdadero precursor de Kafka, quien leyó con pasión varias obras suyas, pero no puede decirse que la admiración fuese mutua, ya que a Walser parecía irritarle cualquier elogio. “Así pues, deseo pasar inadvertido, pero si a pesar de todo me prestan atención, yo no se la prestaré a los que atienden”.
Es un antiejemplo literario, según las palabras del ensayista y crítico Ricardo Labra, no es un hombre sociable, vive en la búsqueda; es un caso extremo de autenticidad y de ocultamiento que contrasta con los egoísmos y mitomanías de los escritores que pululan por el mundillo literario. Si, habitualmente, los escritores luchan por permanecer, él se empeña en desaparecer. “Cuando llegó la hora, el que tenía que leer en voz alta, tomó asiento discretamente entre los espectadores, y compareció el otro y leyó pasajes de los libros del primero y todo fue bien. (…) Cómo me sorprendió su excelente sonoridad, y cómo me alegró percibir que toda la gente sentía en su interior. No era yo y sin embargo lo era, y no era mi obra y sin embargo no era otra obra más que la mía”.
Tenemos que agradecer a la editorial Siruela, el acercarnos su obra, así como las traducciones realizadas por la experta mano del peruano Juan José del Solar (1949-2014).
Situamos el inicio de la publicación de su prolífica obra en 1898 con una primera selección de poemas. Después vieron la luz Los cuadernos de Fritz Kocher (1904). Estos, al ser una colección de redacciones escolares que un editor ficticio publica tras la muerte de su joven autor, marcan su nueva estética, la de la escritura sin un tema concreto. “Me gusta escribir sobre todo sin diferencia alguna. No me atrae la búsqueda de una trama determinada, sino elegir palabras hermosas, delicadas”. El estudiante va perdiéndose en diferentes argumentos y reflexiones; acerca de su entorno (la escuela, la familia, el bosque, la patria…), expuestas con esa aparente ingenuidad que oculta tras de sí la mordaz ironía walseriana. “De vez en cuando envío por delante el alma y camino en pos de ella. De este modo, conozco perfectamente mi calle, sé quién soy y qué he de hacer”.
Posteriormente y en un periodo de tiempo de escasos tres años, Walser escribió sus novelas más conocidas: Los hermanos Tanner (1907), El ayudante (1908) y Jakob von Gunten (1909). Compuestas durante su estancia en Berlín, son un recorrido por la temática inherente al conjunto de su obra, que se convertirá con el tiempo en una categoría propia, la de la identidad, tema que domina de principio a fin toda su producción literaria.
Los hermanos Tanner es una novela donde Klaus Tanner, el médico establecido y de buena reputación, representa de la forma más pura el modelo de identidad del siglo XIX, ese modelo, ahora sin valor, que Walser describe como si de una caricatura se tratara. “Aquí estoy y me seguiré quedando. ¡Es tan dulce quedarse! ¿Acaso la naturaleza se va al extranjero? ¿Emigran acaso los árboles para procurarse hojas verdes en otro lugar y volver luego a casa a pavonearse con ellas?”. Eva Casanova analiza su obra y nos habla de las metáforas de situación, descripciones, sensaciones y atmósferas, que aportan una gran riqueza a la novela.
Walser había llegado a Berlín en 1905, le parecía el lugar más adecuado para desarrollarse como escritor. Pero la vida de la bohemia berlinesa no se ajusta a él. Incapaz de adaptarse a las exigencias de la sociedad, se esconde en una escuela para mayordomos. Y así, tras concluir su formación, entra al servicio en el castillo Dambrau en Silesia. El hecho de servir a otros ocultaba sus aspiraciones reales y le daba la oportunidad de perderse tras un yo. En la atmósfera berlinesa, en la que todo es grande y monumental, desarrolla Walser su amor por lo pequeño, por lo insignificante. Y será precisamente en el contraste con la gran ciudad, cuando Suiza empiece a revelarse como la auténtica concha de caracol que dará refugio al escritor en todos los sentidos. Valora cada vez más el incógnito y, sin quererlo, hará de él uno de los motivos por excelencia de la literatura modernista: el papel del escritor que se oculta en sus palabras, que a su vez se convierten en tema de reflexión en muchos de sus textos en prosa, tal como se refleja en su siguiente novela.
En El ayudante se da la extraña fidelidad fatalista de un ayudante hacia su señor: el ingeniero e inventor Dubler —de objetos inútiles, jugador y arruinado, y su melancólica esposa— cuyo declive y quiebra presencia como si fuese su propio destino. Todas esas experiencias que tuvo en 1903 con este ingeniero las plasmó en papel en apenas seis semanas con una primorosa técnica: el personaje de Joseph Marti (apellido de su madre) es, sin duda, uno de los más representativos de su obra, tanto por su especial significado, testigo del ocaso de la conciencia burguesa, como por el magnífico juego de perspectivas narrativas que la hace paradigma de la modernidad.
En 1909, aparece la novela Jacob von Gunten, una extraña variante de novelas sobre discípulos en la que no es tanto el discípulo quien depende de sus educadores, sino más bien la escuela, la que depende de su último discípulo. Surgió de un curso para sirvientes al que él mismo asistió durante su estancia en Berlín. Esta novela, escrita en forma de diario, es la más sorprendente y tal vez la más lograda de Walser. “Cuando veo arder velas, mejor ser un hombre rico. Un instante después vendrá en la calle o trayéndome el abrigo de pieles.
Algo absurdo, sí, pero este absurdo tiene una boca preciosa y sonríe”.
A su vez, es la más abstracta —y la más valorada por Kafka—, lo que hizo que los lectores de aquel momento no la entendieran. Y hasta el propio Walser supo siempre que su forma de narrar lo cotidiano sin añadir a lo narrado ningún tipo de emoción no se correspondía en absoluto con las expectativas del público de una época demasiado acostumbrada aún a los tonos realistas. Además, la novela supone una crítica radical a los fundamentos de la identidad moderna, a la autonomía y a la autosuficiencia del individuo, que se ve obligado a renunciar al “yo” hasta hacerlo desparecer convirtiéndolo en un “encantador cero a la izquierda”. “Usted ha sido para mí la salud corporal. Cuando leía un libro, era a usted a quien leía, no el libro: usted era el libro. De veras. De veras” he aquí el fragmento del alegato a favor de la maestra como referente.
Fallece su padre en 1914, y en ese mismo año recibe la única distinción que tuvo: el premio de la Liga de Mujeres en honor de los escritores renanos.
“En un bello y dilatado paseo se me ocurren mil ideas aprovechables y útiles. Encerrado en casa, me arruinaría y secaría miserablemente. Para mí pasear no es solo sano y bello, sino también conveniente y útil. Un paseo me estimula profesionalmente y a la vez me da gusto y alegría. En el terreno personal, me recrea y consuela y alegra. Es para mí un placer y al mismo tiempo tiene la cualidad de que me excita y acicatea a seguir creando, en tanto que me ofrece como material numerosos objetos pequeños y grandes que después, en casa, elaboro con celo y diligencia.”
Estas deliciosas líneas pertenecen a su libro El paseo (1917) donde el narrador “pasea tan a gusto como escribe” y donde el lector va leyendo a la vez que el narrador va paseando y ambos se extrañan de encontrar lo inesperado. Consigue, así, hacer del texto un espejo donde reconocerse. En esa sencillez está una buena parte de su magia y de su valía como narrador, pues con ellas nos lleva de la mano a lo largo de un paseo infinito: el de la propia vida, tal como señala el escritor Ángel Silvelo Gabriel. Walser rebosa ironía, poesía, melancolía, delicadeza o critica en este caminar sin rumbo. Un paseo tan necesario para él como respirar, en el que observa, se expresa y siente lo que lo rodea.
En muchas de sus obras hay que destacar la figura del narrador, porque mezcla la primera persona, con la tercera (habla de sí mismo en la distancia) e incluso con la segunda. Además de las alusiones al lector, el recurso de la metaliteratura, la ausencia de capítulos, la riqueza léxica… son elementos que la convierten en una escritura moderna. “Como esto que escribo no es una novela, sino, como ya he tenido ocasión de manifestar, un relato breve de extensión razonable…”.
Rafael Narbona también se inclina en describir la obra de nuestro autor como una colección de notas, de ahí que en sus textos el lector no encuentre un hilo conductor, pero sí un todo extraído desde sus entrañas. Este autor tímido, inseguro, cortés y observador nato lo examinaba todo atentamente, hasta lo que se ocultaba tras lo cotidiano.
Permaneció fiel a la escritura a mano. Pero en 1927 cambió su herramienta: tuvo que “librarse de este tedio de la pluma” y “empezó a lapicear, a esbozar, a garabatear”. El lápiz le permitió escribir y borrar, así como hacerlo a la velocidad que le exigían las ideas que llegaban a su mente. Esto también respondía a las necesidades creativas de un genio literario aquejado por la inestabilidad económica; redujo sus textos a dimensiones milimétricas con el propósito de ahorrar papel. Va empequeñeciendo su escritura, ya no desea plasmar grandes palabras, usa jirones de papel tan diminutos que ni siquiera es capaz de leerlos. Se manifiesta en las palabras, pero se esconde en el tamaño de las mismas.
En ese afán suyo de no desear nada y simplemente desaparecer, están sus últimos veintitantos años que vivió recluido. En 1929, por iniciativa de su hermana Lisa, ingresó en el Sanatorio de enfermedades rabiosas de Waldau, cerca de Berna, en el mismo centro en que en 1916 había fallecido otro hermano. Años después, en 1933, llegó su traslado, será el postrero, a Herisau: manicomio y asilo de su cantón natal.
Y a los 78 años se dio su desaparición definitiva; cuando se desplomó en la nieve por un ataque al corazón en uno de sus paseos —asombrosamente, en Los hermanos Tanner había escrito cómo se halla el cadáver de un poeta muerto en la nieve por congelación—. El crítico y escritor Carl Seelig le visitaba y le acompañaba desde 1936, de ahí surge el libro Paseos con Robert Walser (2000). Y se convirtió en su tutor tras la muerte de su hermano Karl —el famoso pintor Karl Walser— en 1943 y de su hermana Lisa un año después. Pero ese día fue solo, el perro de Seelig estaba enfermo y fue, curiosamente, otro perro quien lo halló.
“Mi enfermedad es una dolencia mental difícil de definir. Dicen que es incurable, pero no me impide pensar en lo que me apetece o hacer cuentas o escribir o ser educado con la gente o darme cuenta de las cosas, como por ejemplo de una buena comida”.