Sara Gallardo. Enero

Desde muy pequeña, Sara Gallardo sentía predilección por el mundo de las letras y las bibliotecas; de hecho, la vida le obligó a dedicar tiempo a leer porque padeció asma y el reposo fue fundamental.

«Hablan de la cosecha y no saben que para entonces ya no habrá remedio ―piensa Nefer―; todos los que están aquí, y muchos más lo sabrán, van a saberlo, y nadie dejará de hablar». La angustia le nubla los ojos y lentamente dobla su cabeza, mientras con la mano arrea modestos rebaños de miguitas por el hule gastado de la mesa.

Así comienza Enero, la primera novela de Sara Gallardo. En 1958, cuando se publicó, se entendió como un relato rural, pero como veréis es mucho más que eso.

Sara Gallardo nació en 1931dentro de una familia de mucho peso social puesto que su familia fue una de las fundadoras de la nación argentina. Tiene el honor de ser tataranieta de Bartolomé Mitre (Presidente de la Nación Argentina entre 1862 y 1868), bisnieta del escritor Miguel Cané (miembro de la llamada Generación del 80 de la literatura argentina) y nieta del Ministro de Relaciones Exteriores (de 1922 a 1928) y Presidente del Consejo Nacional de Educación (entre 1916 a 1921) Ángel Gallardo.

Sara, desde muy pequeña, sentía predilección por el mundo de las letras y las bibliotecas; de hecho, la vida le obligó a dedicar tiempo a leer porque padeció asma y el reposo fue fundamental. A esto podemos añadir que estaba rodeada de familiares directamente relacionados con los libros o la escritura; su hermana fue editora; su hermano, periodista y su padre, historiador. Le gustaba mucho viajar; de adolescente viajó por Europa y después a lo largo de su vida viajó por toda América Latina y Próximo Oriente.

Desde el principio sintió deseos de ser periodista lo que le llevó a formar parte del equipo del diario La Nación. Allí trabajó desde 1950 y luego continúo colaborando casi a lo largo de toda su vida. También colaboró con la revista Confirmado y Atlántida.

Con veintisiete años, publicó esta novela que hoy comentamos y que estaba fuera de lo que en aquel momento se hacía en literatura. Fue traducida al checo y al alemán. Entre sus páginas encontramos diferencias sociales, desigualdad de género, de clase y la violencia. Por si no ha quedado claro, hablamos de una obra de 1958. Este libro no fue comprendido en su momento o no entró en los criterios de legitimidad de la época. Hoy es uno de los imprescindibles dentro de las lecturas con prespectiva de género y de clase, hasta el punto de que se reivindica como la primera novela que menciona la palabra “aborto”

Más tarde escribiría Los galgos, Los Galgos, en 1968, la novela que más ediciones tuvo. Fue interpretada como una parodia de la novela rural argentina y es considerada un punto de ruptura en su obra. Posteriormente, en 1975, Gallardo la acortó  y la lanzó como Historia de los galgos,

En 1971, publicó Eisejuaz. Tiene su origen en un viaje de Gallardo a la comunidad de Embarcación, donde conoció a un indio mataco con sueños proféticos que llevados a cabo trajo consecuencias desastrosas para su comunidad. Tomó notas durante tres horas de charla. En su columna de Confirmado contó los pormenores de esta entrevista y cuatro años más tarde la publicó.

También dedico tiempo a la literatura infantil, a partir de 1974, y a escribir guiones de cine y programas de televisión. Hizo mucho y variado para acabar yéndose muy pronto, a los cincuenta y seis. Y aunque cayó en el olvido durante más de una década, reapareció cuando Ricardo Piglia y Osvaldo Tcherkaski eligieron su novela Eisejuaz para la colección Clásicos de la Biblioteca Argentina del diario Clarín, en 2001.

Análisis

Volviendo a su primera novela, ya desde el inicio, Enero nos mantiene expectantes ante una protagonista en apuros, que esconde un terrible secreto y que sufre la presión del entorno. Cuenta la historia de Nefer, una adolescente de familia humilde que vive en el campo y que un buen día sufre una violación y queda embarazada. A partir de entonces la angustia la martiriza día y noche. Puede parecer que un suceso como ese merezca varias páginas para ser contado, sin embargo, sucede lo contrario; con una escena brevísima finiquita el tema: El hombre tomó vino, tiene olor, ella lo vio esta tarde riendo y hablando. La toma por un brazo y las espinas del monte se incrustan en su espalda. Antes se nos ofrece una serie de datos descriptivos y un breve diálogo con el hombre que apareció de repente, pero el hecho es que ella casi no sabe ni como pasó. Y no lo sabe porque justo en ese momento pensaba en otra cosa, en el Negro, su amor, al que en ese momento estaba viendo con otra chica.

En realidad, nos encontramos ante una obra con muchas capas de lectura. La historia de un amor adolescente fracasado podría ser una de ellas; el chico ni sabe que existe, pero su ilusión por que la haga caso o incluso la mire siempre está presente: Nefer imagina al Negro en un gran peligro y a ella que llega, se arriesga, salta y lo salva y al Negro sonriéndole, agradeciéndole, hablándole.

Pero también estamos ante el drama una chica cuya angustia va creciendo a lo largo de toda la novela, a la vez que crece su barriga: Ya nada le interesa más que esto que llena sus días y sus noches como un hongo negro y creciente. Esa angustia silenciosa es la base de la novela, Nefer calla y aguanta sin compartirlo con nadie; en ese sentido podríamos decir que la novela es la que da espacio a todo lo que piensa y siente la protagonista en cada una de las acciones diarias que realiza, a lo no dicho. Desesperada, la chica busca una posible solución: Nefer monta de un salto. Después recuerda una idea de la noche y talonea el caballo «tal vez si galopo mucho». Y más adelante piensa: …tal vez si trabajo muy bruto, tal vez si me duermo muy profundamente podré despertarme sin nada… Pero no es suficiente, e intenta buscar ayuda para abortar: Yo pensé que si iba a casa de, de alguna persona, me podría…, a casa de…Tal vez si Dios me ayuda… Curiosamente esa palabra no se menciona hasta la página 95, y tiene 103.

También podemos leer la novela en clave de crítica a la idealización del mundo rural. Las diferencias sociales que tan bien se plasman implican que la visión habitualmente amable de la vida rural aquí no tiene cabida.  La familia de Nefer trabaja y vive  en la hacienda de unos patrones, en una casa muy pequeña construida con paredes de adobe y suelo de ladrillos y donde los ruidos nocturnos ―tan cerca estaban unos de otros―, aumentados por su tristeza, no le dejan dormir: Era demasiado intrincada la trenza de ruidos en la oscuridad con el pesado tictaqueo del despertador, la respiración de Alcira, los ronquidos de los padres a través de la puerta, los perros inquietos en la noche, los gallos próximos y lejanos, el propio corazón bombeando subido a la garganta que se asfixia…

Hay otro aspecto interesante en la novela que se puede leer como una critica a la iglesia y por ende a la religión. Es remarcable la presión asfixiante que ambas ejercen en la sociedad en general y en esta protagonista en particular. Hay dos momentos que reflejan muy bien esta afirmación. El primero cuando llega el domingo y, cómo todos, realizan el rito de ir a misa y de confesarse: Nefer piensa que no sabe cómo acabar con este miedo que come una comida y duerme su sueño. El año pasado también tuvo miedo de la confesión, pero era distinto. Y esta capilla donde cada paso suena y resuena y los gestos están trabados por los ojos que miran si traje viejo, si confesión larga, si cara de muchos pecados; y el cura allí dentro como en jaula, escuchando, tal vez vaya y le cuente a doña María, a don Pedro, o más bien a los ricos de la estancia en la hora del almuerzo, y luego la miren todos.

Y otro momento, cuando después de que su madre le dice que la patrona lo va a arreglar todo, se da cuenta de que no van a venir con el médico: Pero ¿y si no trae médico, qué va a arreglar? De pronto sabe. Los labios se le aprietan. Sabe, pero no hablará, no dirá nada. Va a traer al cura. Será inútil que vengan. Lo va a traer para que confiese. Sí, pero se equivocan. Doña Mercedes dejándola sola para que se confiese, sí, pero ella no… bueno. Se confesará. Sí, y el pecado saldrá de ella. Pero ¿y el otro? No va a salir con una confesión.

Se puede leer también como una novela que muestra lo que el mundo representa para la mujer rural. Nos quedamos con la idea de que la obligación de la mujer es apechugar con lo que venga y de que lo de ser feliz es una fantasía dentro de este mundo tan cerrado.

Es el momento de hablar de la madre de Nefer, quien en un principio parece querer ayudarla; le asegura a su hija que con ella no se van a meter y a renglón seguido le dice: Mañana acabamos con todo, ya vas a ver. Pero en seguida se da cuenta de que no es verdad, en cuanto ve a su madre llorando mientras comenta con otras mujeres ―su patrona y su madrina― lo que le sucede a su hija. Ella las mira con la certeza casi de que están conspirando, urdiendo una trama. Y el momento más duro es la aceptación de que su madre no hace nada: Y pensar que su madre le había ofrecido… Se siente traicionada por una madre, una mujer como ella, que se deja llevar por las convenciones y por el qué dirán.

Al ponerse en manos de la patrona, que es la que va a arreglar su asunto, tiene lugar este duro diálogo madre-hija que, además, refuerza lo que hemos comentado antes sobre las diferencias de las clases sociales en sociedades tan cerradas:

—Mamá, vos hoy dijiste que… que mañana me ibas a… a sacar todo…

—¿Yo…? Lo dije de rabia, pero no se puede hacer, la policía te lleva.

—¿La policía? ¿Y a la señora Lola, cómo no la llevaron; y a la Paula…?

—Bueno. No se puede hacer. Andá.

Es una novela asfixiante y muy incómoda que transmite muy bien el dolor por la impotencia. El orden de los acontecimientos de la historia se puede entender mediante esta secuencia de hechos: el delito y la violencia; la angustia y el dolor; la presión social de la iglesia y de la gente; la traición de la madre y finalmente la rendición. El final en este sentido es terrible por la aceptación por parte de Nefer de lo que disponen para ella. Este final, por cierto, se une al inicio como en una estructura circular.  Se vuelve a hablar de la cosecha, pero con la diferencia que ella, Nefer, se deja llevar como lo hacen las demás mujeres de la época.

Y respecto al título, ¿por qué Enero? Pues porque en Argentina, donde se sitúa la acción, es temporada estival por lo tanto hay sequía, comienza la cosecha. Mes duro por el calor que oprime y sofoca. Pero también es el primer mes del año, en el que ponemos nuestras ilusiones por todo lo bueno que queda por venir. Pura contradicción en el caso que nos ocupa.

Siendo verdad todo esto, no me gustaría que quedara la impresión de que no es más que otra historia trágica. Lo que realmente envuelve y aúpa a esta historia y la hace diferente es la hondura de sentimientos de la protagonista y la belleza y el lirismo a la hora de expresarlos. Se da una mezcla de sentimientos y sensaciones de una chica adolescente ante un problema que la supera, pero descrito en muchas ocasiones con un lenguaje entre inocente y tierno que te conmueve: El perro la lame y este calor cercano vuelve sus pensamientos a sí misma y con ellos la congoja. Es un peso demasiado grande para soportarlo de pie bajo el cielo inmenso, y Nefer se acuclilla, apoya la cara en el pelo lanoso del perro y cierra los ojos. Siente que eso es de ella, esa lana, ese calor, ese olor, y no la noche con el vasto olor a hierba amarga de la llanura y el espolvoreo mudo de estrellas.

 

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