Algo más que un agente literario

Categoría (General, Publicar un libro) por Manu de Ordoñana el 14-03-2013

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La función del agente literario es proponer a los editores las obras escritas por sus representados, conseguir que las publiquen y asesorarles en la negociación del contrato. Ése ha sido su principal cometido, sin perjuicio de que pueda también hacer alguna recomendación al escritor para corregir el texto con el fin de potenciar su valor de mercado y hacerlo más atractivo.

Hasta ahora, el agente literario no cobraba por su trabajo al seleccionar los manuscritos recibidos, ni por corregirlos. Su remuneración se iniciaba en el momento en que el libro aparecía en las librerías, y consistía en un porcentaje sobre los derechos que el autor recibía por cada ejemplar vendido, un porcentaje a pactar entre las dos partes y que suele variar entre el 10 y 20%. Es decir, por cada euro que el escritor percibe, el agente se embolsa 0,15 euros, un importe poco oneroso para retribuir trabajo tan ingrato como es leer multitud de originales, seleccionar los más interesantes, ayudar a reconvertirlos y, sobre todo, encontrar un editor que asuma el riesgo, tarea ingrata de la que los escritores huyen, como el gato escaldado del agua fría.

Freelancer

Es una figura bastante común en el ámbito literario de algunos países, sobre todo, en los anglo-sajones, bajo el apelativo de editores freelance (en Francia, por ejemplo, no existe o es muy poco frecuente). Un freelancer es un trabajador autónomo que ofrece sus servicios profesionales a terceros para realizar tareas concretas que son retribuidas en función del resultado ─una cantidad fija, rara vez  una comisión─, no del tiempo empleado, mediante un contrato que sólo obliga durante el tiempo que dura la realización del encargo. Se utiliza en campos muy variados, generalmente en aquéllos relaciones con Internet y las nuevas tecnologías (libros, música, periodismo, producción de videos, programas informáticos, diseño y un largo etcétera).

En España, el nombrecito no ha calado todavía, cosa extraña con esa vocación tan arraigada que tienen nuestros medios de extranjerizar vocablos nuevos. Así pues seguiremos utilizando el término “agente literario” o mejor todavía “asesor literario”, ya que el primero parece limitarse a la simple tarea de intermediar entre el editor y el autor.

El “asesor literario” tendría que cubrir otros campos, ofrecer servicios complementarios que hoy demanda y no encuentra el escritor diletante, perdido en un universo desconocido, creyendo todavía que una pléyade de editores lo están esperando para subirlo a las alturas, sin que él tenga que poner un “duro”.

A través de lo que opinan los visitantes de esta web, deduzco que existe un nicho de mercado para aquellos “mercenarios” que sean capaces de proponer a esos escritores una solución global a cuatro tipos de necesidades, que voy a enumerar en un orden que no necesariamente ha de ser el cronológico:

  • La elaboración de un boceto, su ámbito económico y geográfico, un objetivo de ventas, siquiera aproximado, así como el dinero que el autor está dispuesto a invertir en el proyecto, todo ello, recogido desde el primer momento en un documento que comprometa a las dos partes.
  • El consejo literario en todas sus facetas, antes, durante y después del proceso creativo, con carácter subsidiario, de forma que el escritor conserve siempre su condición de propietario.
  • Un plan comercial para el lanzamiento del libro, las características del producto (maquetado, título, tipo de letra, de papel, diseño de la cubierta, sinopsis y demás atributos para la versión electrónica), los canales de distribución de cada formato (papel y digital) y las acciones a emprender para contactar con las editoriales que quizá han de iniciarse antes de concluir la redacción.
  • La definición de una campaña de promoción y difusión del libro capaz de llegar al público objetivo seleccionado en la primera fase, quizá la tarea más compleja, la más difícil, la que requiere más esfuerzo y una amplia dosis de imaginación en la que todos los recursos harán falta.

Y he empleado adrede la palabra “mercenarios” ─no en su sentido despectivo─ para designar a este tipo de asesores o “freelancers”, con el fin de que los autores que se dedican a este noble arte de escribir sepan de una vez por todas que, para publicar, hay que pagar, que la sociedad no tiene ninguna obligación para con ellos, sentimiento que algunas veces trasciende de los lamentos amargos que algunos manifiestan porque nadie les hace caso. Tendrían que recordar que, en España, todos los años aparecen 80.000 títulos nuevos, los intermediarios no dan abasto y los profesionales que se dedican a esto tienen que vivir, no pueden subsistir con sólo comisiones, porque se arriesgan a leer un montón de manuscritos y no encontrar ninguno digno.

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