El imperio Amazon

Categoría (El libro digital, El mundo del libro, General) por Manu de Ordoñana el 02-10-2013

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Amazon es uno de esos fenómenos que, de vez en cuando, aparecen en Estados Unidos, al rebufo de las nuevas tecnologías que han surgido alrededor de las universidades ─también de la industria armamentística y los programas de la NASA─, bajo el amparo de una legislación que propicia la aparición de empresarios con iniciativas novedosas ─que en otros países serían tildadas de disparates─ capaces de poner en marcha proyectos de envergadura con muy pocos recursos económicos.

Creada en 1955 por Jeff Bezos (Alburqueque, Nuevo México, 1964) en un garaje de 40 m2 en Seattle para vender libros ─un rubro que hoy sólo representa el 5%─, pronto la compañía diversificó su oferta y obtuvo un desarrollo vertiginoso en los últimos años hasta convertirse en el líder mundial de la venta de productos de todo tipo en Internet, incluídos los objetos de arte y los productos alimenticios, una división que acaba de poner en marcha. Sabe mimar al cliente: los costes de envío son bajos ─a menudo, gratuitos─, la entrega, puntual ─5 días como máximo─ y reembolsa el dinero al comprador insatisfecho antes de que devuelva el producto. Nadie se extraña del éxito que ha obtenido.

La facturación de Amazon en 2013 será equivalente a la de Telefónica, mientras que su capitalización bursátil es el doble, lo que indica la confianza que los inversores tienen en el futuro de la compañía norteamericana, cuya acción ha subido un 44% en poco más de año y medio. Éstas son sus credenciales:

Las cifras de Amazon

El punto flaco de Amazon es la rentabilidad. A pesar de vender un montón, los beneficios son bajos. Su política es vender con márgenes muy estrechos, incluso con pérdidas, para crecer y así liquidar a la competencia, una estrategia a largo plazo que le está dando resultado. Ya ha arruinado a los libreros, ahora arremete contra los editores ─posee una cuota de mercado del 70% en el libro digital y es constante su progresión en el libro impreso─ y el próximo objetivo es la distribución de alimentos. Su potencial está en el porvenir, con el soporte de estas cuatro fortalezas:

  • Una gama de productos que se extiende a todo lo que se puede vender en Internet.
  • Una red de 90 almacenes distribuídos por todo el mundo, con una superficie estimada de 3 millones de m2.
  • Un software de última generación que le permite entregar cualquier producto en menos de 24 horas.
  • Un sistema de compra muy sencillo que consiste tan sólo en hacer un clic en el ordenador, para facilitar la venta convulsiva.

Con la información que posee a través de las 11 millones de visitas que recibe cada mes, la compañía se ha lanzado a la publicidad segmentada, para hacer la competencia a Google, ya que, al parecer, los anunciantes valoran más la información que el gigante americano posee sobre sus 209 millones de clientes. En el último año, las búsquedas en Amazon se han incrementado un 73 desde que llegó el Kindle Fire al mercado. Es mucho más fácil acceder a su portal, buscar un producto y comprarlo con un clic, que ir al buscador de Google, buscar el objeto, elegir entre varias páginas web, acceder a la que te interesa, registrarte, introducir los datos de tu tarjeta de crédito, dirección, nombre y luego presionar “Comprar”. Éste es el terremoto que se nos viene encima, la fuerza de un coloso que ha sido capaz de pagar 250 millones US$ por la compra del diario “Washington Post”. No sé si es para quitarse el sombrero o para echar a correr. Google ya se ha dado cuenta que su verdadero enemigo es Amazon y no Apple.

Pero Amazon tiene una cara oculta. En su debe está el secretismo, no le gusta ofrecer los datos de su negocio y persigue a los trabajadores que facilitan información a la prensa ─sin autorización expresa del departamento de personal─ con la amenaza de un despido inmediato. Y es que el gigante de Seattle tiene algunas cosas que esconder, tanto en el ámbito fiscal como en el laboral.

Amazon se las arregla para pagar el mínimo de impuestos ─aunque siempre dentro de la legalidad─, cosa por otra parte que a nadie tiene que extrañar. Su sede europea está en Luxemburgo y desde allí factura a toda la Unión Europea, aunque los suministros se hagan desde sus almacenes en cada país miembro. Eso le permite declara un impuesto de sociedades reducido y facturar con un IVA del 3%, frente al 21% que tendría que pagar por un ebook si facturara en España. Claro que eso no se le puede echar en cara a la multinacional, que se aprovecha del desbarajuste fiscal que existe en la zona euro.

En el ámbito laboral, la cosa se pone más fea. Jean-Baptiste Malet es un periodista francés que consiguió entrar a trabajar en el almacén de logística que Amazon tiene en Montelimar ─una pequeña ciudad situada a 150 Km al sur de Lyon─, para cubrir la última campaña de Navidad 2102, y escribir, cuando acabó su contrato, un libro con todo lo que allí vio: “En Amazonia. Infiltrado en el mejor de los mundos” se titula y ha sido publicado por Ediciones Bayard. Su confesión resulta conmovedora:

El porcentaje de personal fijo es muy bajo, la mayoría son empleados temporales, a los que se puede suspender sin previo aviso. Las condiciones de trabajo son miserables, el control es exhaustivo y la jornada, agotadora (tenía que recorrer más de 20 km todos los días en su tarea de recoger los artículos de las estantería y llevarlos a la sección de embalaje). Los objetivos son crecientes con el tiempo hasta doblar los establecidos en la primera jornada y, si no se alcanzan, viene la carta de despido (a los fijos, claro). No hay pluses de ningún tipo, ni bonos de comida, ni ayudas para el desplazamiento, pero sí una disciplina militar que se aplica con rigor, con sanciones frecuentes por cualquier falta leve. Este modelo no sólo funciona en Francia, en Alemania es incluso peor, ya que ocupan a inmigrantes sin ninguna protección social.

Y si al menos los salarios fueran altos, pero no… lo justito para vivir mal. El salario mínimo interprofesional bruto 2013 en Francia (SMIC) es de 9,43 euros por hora y Amazon paga 9,70, un 2,86% por encima. Eso representa un importe bruto mensual de 1.470 euros, para una jornada de 35 horas semanales, de los cuales, el trabajador percibe 1.150 euros, tras descontar la Seguridad Social (asistencia sanitaria, mutualidad, jubilación, paro y asistencia familiar). Pero además, tiene que pagar un IRPF (impuesto sobre el rendimiento de las personas físicas) del 14%, con lo cual el salario neto se reduce a 989 euros al mes, con 12 pagas anuales, lo que equivaldría a 848 euros con 14. Me temo que poca cosa se puede hacer en Francia con ese dinero.

Parece que éste es el capitalismo salvaje que invade poco a poco a la vieja Europa, un modelo que asocia el poder del dinero con los intereses de la estirpe gobernante, en un mutuo compromiso de “déjame ganar dinero y yo te apoyo para que te perpetúes”, mientras la clase media asiste en silencio como árbitro neutral permitiendo el espolio a los sectores más desprotegidos de la sociedad, que acuden sumisos a votar cada cuatro o cinco años, porque es su obligación.

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