Artificios literarios. Cuarta parte

Categoría (General, Taller literario) por Ana Merino y Ane Mayoz el 06-02-2020

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Continuamos con el elemento básico del relato: el personaje. En esta ocasión nos detenemos en su nombre. A la hora de caracterizar a un personaje cobra mucha importancia cómo lo vamos a identificar. Si usamos un nombre común, un nombre inventado, un apodo o un diminutivo. O si se le conoce por su nombre y apellido o únicamente por su nombre de pila. O como hace, por ejemplo, el escritor Luis García Montero: con nombre y dos apellidos (León Egea Extremera, Vicente Fernández Fernández).

Vamos a ver varios fragmentos en los que se alude al nombre del protagonista. En el primer caso, es el mismo personaje el que se regodea con su nombre, se siente orgulloso y por eso lo comenta:

«Yo estoy contento con llamarme Ramón, y hasta lo escribo con letras mayúsculas, y muchas veces estoy por dejarme olvidados encima de un banco de la calle mis apellidos y quedarme ya para siempre con ese Ramón sencillote, bonachón, orgulloso de su simplicidad (Automoribundía, R. Gómez de la Serna)

Nabokov, sin embargo, utiliza un narrador externo para describir de forma deliciosa al inolvidable personaje principal de su novela; desde el inicio nos deja bien claro las diferentes Lolitas que hay según la forma de nombrarla:

Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.» (Lolita, Vladimir Nabokov).

Y por último os mostramos un ejemplo de personaje con nombre simbólico, es decir que expresa una realidad abstracta. Interesa por el valor que encarna (Pez sabe moverse en cualquier situación y agradar a todos), no por su propia personalidad.

Era este Pez el hombre más correcto que se podía ver, modelo excelente del empleado que llaman alto porque le toca ración grande en el repartimiento de limosnas que hace el Estado, hombre que en su persona y estilo llevaba como simbolizadas la soberanía del Gobierno y las venerables muletillas de la Administración. Era de trato muy amable y cultísimo, de conversación insustancial y amena, capaz de hacer sobre cualquier asunto”.  (La de Bringas, Benito Pérez Galdós).

Por otro lado, no todos los personajes deben tener un nombre propiamente. Nos podemos referir a él nombrando el papel que desempeña en la obra —el periodista, la gran señora, el hombre— o por la relación con los otros personajes —la madre, el padre, mi tío—. Es posible, incluso, que un personaje tenga un nombre propio pero que le llamen utilizando alguna de sus características. Por ejemplo, en la novela Rayuela de Julio Cortázar, el personaje se llama Lucía y también se refieren a ella como la Maga.

Asimismo, tenemos el caso del escritor Kafka, quien se vale de una simple letra para nombrar a algún personaje —K— o de variables matemáticas —A y B —. Escritores como Annie Ernaux o Quim Monzó también utilizan este recurso.

Otra posibilidad es dejarlo innominado. Todo dependerá de la importancia que tenga en la trama y de lo que nos interese indicarle al lector.

En definitiva, que el nombre del personaje es relevante y su elección no puede dejarse al azar. En cuanto el lector lee el nombre ya lo ubica en su territorio o en el extranjero, ya siente simpatía por él o rechazo… Bien claro lo dice José Luis Sampedro:

Y no se trata tan solo de atender el escenario en el que enmarco la acción; también cuido el nombre de los personajes, y el título mismo de la novela. A veces, no he escrito el nombre del personaje hasta que he encontrado uno oportuno. Todos los nombres de persona tienen connotaciones; es algo innegable. Robustiana, por ejemplo, nunca podrá ser el nombre de la doncella de una novela romántica. Es una cuestión de afinidad hacia el contexto, de «credibilidad» literaria. Y no es, desde luego, algo fácil de tratar. En muchas ocasiones he cambiado los nombres de algunos de mis personajes bien avanzada la novela. Es aquello de no colocar una perla en un saco de arpillera… En síntesis, pienso que la clave de un libro es situarlo todo en su contexto”.

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