Cómo matar a un lector

Categoría (Consejos para escritores, General) por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz el 16-04-2020

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Carlos Luria (Barcelona, 1962) es profesor en la escuela de escritura Laboratori de Lletres (Barcelona), crítico literario en la revista Librújula y autor de varios libros. En 2019, publicó Cómo matar a un lector (editorial Base), en el que, a lo largo de 57 capítulos cortos e intensos, describe los peligros que acechan a todo escritor a la hora de enfrentarse a su tarea creativa. Su arranque es prometedor: “Nadie sabe por qué unas novelas permanecen en el tiempo y por qué otras mueren desde el mismo momento en que son escritas”.

«Hay que destruir el cliché de que en España no se lee», afirma Luria en una entrevista concedida a Efe: «De los 12 a los 25 años el nivel de lectura de los españoles es similar al de franceses, alemanes e ingleses, y luego es verdad que decae. El gran reto de las editoriales es conseguir fidelizar a esos jóvenes en la lectura a partir de los 25». Para reforzar esta opinión, recuerda que «en España se publican 85.000 títulos cada año y hay 3.200 editoriales; son muchas y la mayoría, pequeñas, pero están ahí; si no se leyera, no subsistirían. Además, se abren muchas librerías, una por mes en el caso de Barcelona».

Los tres grandes defectos de los futuros escritores son: El desconocimiento de la sintaxis y la gramática; la falta de buenas lecturas; y la superficialidad de su escritura, quizá por influencia de las series, que no escarban hasta el fondo del alma humana, donde residen las emociones. Pero existen otras dolencias que también pueden causar la muerte del paciente:

El síndrome del hombre del tiempo. Hay escritores que inician los capítulos aludiendo al tiempo meteorológico: “Llovía torrencialmente cuando el inspector Atlas Royce salía de la comisaría” o “Enormes nubarrones cubrían el cielo de Manhattan”. En el Quijote no hay ninguna referencia a la climatología, dice Luria. Es un testimonio que solo encaja si afecta a la trama del relato.

Trastorno de Aarón. ¿Por qué escribimos? Todos tenemos una razón. Hay incluso quienes no tienen ninguna. Pero, desde luego, es preciso tener claro que uno no debe escribir para hacerse rico ni para ganar dinero; no hay dejarse deslumbrar por aquellos escritores que se han hecho millonarios. En literatura, nada asegura que los esfuerzos y los desvelos del escritor vayan a ser recompensados. Suponer que eso es verdad, llevará a la frustración, a la ansiedad y al fracaso.

Los ojos verdes del Bestseller. Hay escritores fascinados por escribir un bestseller; tarde o temprano, esa fascinación se convierte en obsesión, hasta que sienten la imperiosa necesidad de escribir una novela, con el único propósito de vender muchísimos ejemplares. Eso, en principio, no es una mala idea. Pero considerar las ventas como único motivo creativo es como valorar un restaurante por el número de comensales que recibe diariamente. La obsesión por dar a luz un bestseller pulveriza la relación más importante que domina la creación literaria: la que existe entre el libro y su autor.

La tentación del culebrón. A menudo, el novelista siente la tentación del culebrón. Ocurre, por ejemplo, con las segundas y terceras partes de algunos bestsellers. En tales casos, el eje narrativo de estas novelas es endeble: los conflictos resultan rebuscados, las historias improbables y los giros, artificiosos. Aun así, las prolongaciones suelen ser exitosas, ya que el lector de este tipo de libros no es excesivamente exigente.

¿Cómo deciden las editoriales? Publicar un libro constituye, en buena medida, una cuestión de suerte: muchos libros malos son publicados y lo mismo al revés. Esto ocurre porque los editores deciden en base a un informe de lectura encargado a un profesional quien, a cambio de un salario, valora tanto la calidad literaria del manuscrito como su valor comercial. Unas veces las valoraciones no concuerdan o no encajan con la línea editorial. Y otras, el asesor es parcial y se deja llevar por sus gustos literarios e incluso por su estado de ánimo.

La fiebre de Wikipedia. Todo escritor trata de buscar información para escribir su relato, pero ha de asumir que el ochenta por ciento no le va a servir. Esta tarea de descartar lo que no vale es ímproba y dolorosa, pero necesaria para no distraer al lector. Aunque antes de nada, conviene crear un documento con las fuentes de las que ha extraído la información: no hay nada más triste que buscar de nuevo un dato y no encontrarlo por ninguna parte.

Arritmia: Es consecuencia de la extinción del ritmo y, si no hay ritmo, no hay vida: el ritmo de las estaciones, el ritmo de las olas, el ritmo cardiaco, los biorritmos, todos implican un grado de vitalidad.  La falta de ritmo convierte los textos “en una bola de carne que, como nos ocurría de pequeños, paseamos por la boca sin decidirnos nunca a tragarla”

Filatismo: El filático es aquel que utiliza palabras raras o rebuscadas para exhibir su erudición. El aire culto de un texto no mejora su valoración; más bien, sucede lo contrario. A no ser que tengas el talento de Góngora, evita el uso de términos ampulosos y huye de la pedantería y el esnobismo.

 Incisitis o inflamación de los incisos. La abundancia de incisos ralentiza el rimo de la lectura. Es como el freno de mano de un coche: solo hay que usarlo en caso de necesidad”.

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