Dostoyevski. Talento y bondad

“El descubrimiento de Dostoyevski ha sido para mí más importante aún que el de Stendhal. Dostoyevski es el único hombre que me ha enseñado algo en psicología”. (Nietzsche)

Logró ser lo que quería, sufrió mucho por cómo le trataron los demás y por el largo exilio siberiano que supuso un cambio en su forma de escribir y de pensar. Hombre justo, dadivoso, cuya extensa obra fue moderna y sigue estando de moda en nuestra sociedad actual; no hay más que leer Apuntes del subsuelo (1964): monólogo psicológico y filosófico donde destaca el gran análisis de la mente humana, lo que valora en su obra el editor Arca Rafael Cansinos.

Nietzsche afirmó: “El descubrimiento de Dostoievski ha sido para mí más importante aún que el de Stendhal. Dostoievski es el único hombre que me ha enseñado algo en psicología”. Albert Einstein resaltó su trascendencia humana y psicológica asegurando que «Dostoievski me da más que ningún científico» y Virginia Woolf confesó que, «aparte de Shakespeare, no hay lectura más emocionante que la de Dostoievski».

Por otro lado, está la extraña relación con sus compatriotas contemporáneos. Tolstoi y él se profesaban mutuamente verdadera simpatía y admiración. Tenían un amigo común, el filósofo Nikolái Stráhov, y los dos se transmitían los cumplidos por medio de él; ellos nunca se vieron ni expresaron jamás el deseo de conocerse.  En cambio, su relación con Turgueniev dio mucho que hablar. Él también había ido a San Petersburgo a hacer su carrera de novelista; le conoció cuando ambos eran jóvenes y estaban llenos de ambición. “Mi padre le admiraba mucho, hasta que fue conociéndole mejor y su admiración se fue transformando poco a poco en aversión. Fue más cruel que los otros; nunca quiso admitir que tuviese talento y toda su vida se burló de él y de sus novelas”.

«“¡Yo tengo un carácter extraño! ¡Yo tengo un mal carácter!”, confesaba con frecuencia en sus cartas a los amigos, sin comprender que su carácter no era ni extraño ni malo, sino, sencillamente, lituano. Y es que mi padre no era el más ruso de los rusos como muchos lo consideran porque su familia paterna era de origen lituano». Estas frases están extraídas del libro Vida de Dostoyevski por su hija, (2011) firmado por Aimée Dostoyevski quien nos muestra otra visión del gran escritor, incidiendo en sus orígenes.

Rusia estuvo mucho tiempo bajo el yugo de los tártaros y quedó fuertemente mongolizada, mientras que en Lituania estuvieron los normandos. En la parte más agreste de Lituania existe un lugar llamado “Dostoyevo”, antiguo dominio de la familia; eran católicos muy fervientes e intolerantes, razón por la que su padre huyó —para no convertirse en eclesiástico— a Moscú, a los quince años, sin dinero, a estudiar Medicina. Se convirtió en el jefe del gran hospital del estado, se casó con una joven moscovita, María Nechaiev, y recibió, al lado del hospital, casa con jardín y criados a su servicio. Aquí nacerá Fiodor Dostoyevski (1821-1881), el segundo de siete hijos.

Excepto cuando se trataba de la educación de sus hijos, era muy avaro, aunque poseía terrenos y dinero. “Como muchos polacos y lituanos, mi abuelo despreciaba a los rusos y los consideraba unos bárbaros. A sus hijos los educó a la europea, pero les leía los episodios de la historia rusa, así como las obras de los grandes escritores rusos”. También les enseñó la lengua francesa y el latín; a pesar de su severidad, nunca llegó a los castigos corporales (muchos moscovitas eran azotados vigorosamente). Su esposa dulce, sumisa, enteramente abnegada por su familia, murió joven por la suma de su debilidad y de los alumbramientos.

A sus primogénitos, Mijaíl y Fiodor, les introdujo en el pensionado francés de Suchard y a la edad de diecisiete y dieciséis, respectivamente, en la escuela militar de ingenieros, donde les separaron, y como no conocían nada de la vida, no habían tenido camaradas ni vida social, la soledad que sufrieron fue muy acusada.

Fiodor intentó suplir ese sentimiento carteándose con su hermano y disfrutando de la amistad que surgió en la escuela con Grigorovich, otro ruso a medias. También se carteaba con su padre, pero era para pedirle dinero. “Mi abuelo no era querido por sus hijos. Tras la muerte de su esposa, se convirtió en un alcohólico malo y receloso en sus borracheras. La avaricia de mi abuelo aumentaba a medida que se hacía más y más borracho, y enviaba tan poco dinero a sus hijos que carecían de todo”. Su alcoholismo fue lo que, en mayor o menor medida, heredaron casi todos sus hijos. Aimée menciona que la epilepsia, “que tanto le hizo sufrir, es probablemente debida a la misma causa”.

Durante toda su vida, Fiodor reflexionó profundamente sobre las causas de la terrible muerte de su padre; sus siervos lo mataron, su avaricia le costó la vida. “Los crímenes de venganza cometidos por los campesinos eran entonces frecuentes, pero nadie se escandalizaba; se compadecía a la víctima y se hablaba con horror de los asesinos”.

Al terminar sus estudios, obtuvo plaza en el departamento de ingenieros militares, pero como su padre ya no vivía, hizo lo que más deseaba: ser novelista. El joven Grigorovich también escribía y decidieron vivir juntos. “Mi padre era torpe, tímido, taciturno, más bien feo; hablaba poco y escuchaba mucho”. Todo lo contrario de su amigo, quien además de escribir se dedicaba a relacionarse y presentar enseguida a su camarada. En los salones literarios de la época conoció a varios escritores, entre ellos al poeta Nékrasov quien quería publicar una revista literaria. Fiodor sí tenía una obra acabada, aunque debido a su inseguridad la corregía constantemente. Tras leerla quedó maravillado y también el célebre crítico Bielinsky. Así salió a la luz su primera obra Las pobres gentes. Dostoyevski se hizo célebre de la noche a la mañana. Sus amigos, los jóvenes novelistas que comenzaban su carrera, no pudieron soportar este éxito inesperado. Tuvieron celos, le parodiaban, se burlaban de su timidez con las mujeres, de su físico… Sufrió mucho.

Esa primera novela estaba muy bien escrita, pero era una imitación de una novela de Gogol, quien, a su vez, imitaba la literatura francesa de la época: Los miserables. Comprendió lo falsas que eran estas novelas y por eso procuró, en su segunda obra, El doble, ser original. No tuvo éxito, no se entendió y las críticas negativas le conmovieron.

Entonces dudó de su talento, su salud se alteró, se tornó nervioso, histérico. Solo se sentía dichoso con Mijaíl, con su mujer alemana y con sus hijos, a los que quería mucho. Permanecía encerrado en su casa durante largas horas. O erraba por las calles más sombrías y desiertas de San Petersburgo, hasta que dio con un grupo de revolucionarios, con Petrachevski a la cabeza, que conspiró contra el zar por la emancipación de los siervos. “Mi padre debió decirse muchas veces que valdría mucho más dar la vida por una hermosa causa que llevar una existencia inútil”.

La policía descubrió el complot. A Fiodor se le encarceló, en esos tristes meses escribió el más poético y juvenil de todos sus libros, El pequeño héroe. El proceso se aplazó durante mucho tiempo. El general Rostovzov, ardiente patriota, se mostró amable y benévolo con Dostoyevski, hasta que este comprendió de golpe que le proponía vender a sus camaradas a cambio de su propia libertad; se indignó profundamente y su simpatía por este general se trocó en odio. Los generales presentaron al emperador, Nicolás I, la sentencia de muerte, pero al negarse a firmarla, sus consejeros le sugirieron un simulacro de ejecución. Entre los que padecieron esta macabra parodia, algunos se volvieron locos; otros murieron jóvenes. “En El idiota describe lo que sufrió en este momento al pintarnos las angustias que pasa un condenado a muerte. Nada dice de la alegría experimentada al saber que estaba indultado”.

Días más tarde partió para Siberia con los demás presos; al llegar varias mujeres les consolaron y les dieron el único libro permitido en la cárcel, la Biblia. Una señora le dijo en francés que lo examinase bien; dentro encontró un billete de veinticinco rublos; fue el único dinero que tuvo durante los años que pasó en presidio: todos, su familia y sus amigos, le abandonaron cobardemente.

En un principio, sus compañeros de presidio, ladrones y asesinos, se burlaron de él; después vieron que era un hombre prudente, modesto, que creía sinceramente que ni el rango ni la educación abren una sima entre los hombres, que todos son iguales ante Dios.  Algunos presidiarios de corazón noble buscaron la manera de proteger al joven enfermo, soñador que, a fuerza de pensar en los héroes de sus novelas, no había tenido tiempo de conocer la vida real. Comprendían su genio y para Dostoyevski fueron sus maestros; le enseñaron a conocer y a amar a Rusia. En ellos también encontró a los protagonistas de sus novelas. Esta entrañable relación la recogió el poeta Nékrasov en el poema Los desgraciados. Y, sin duda, fueron mucho más generosos con él que sus camaradas de  San Petersburgo; escritores mezquinos y vulgares que no supieron qué inventar para amargarle su temprano éxito literario.

En la cárcel solo tomó algunas notas, apuntó palabras, expresiones curiosas de los presidiarios, que le sirvieron más tarde para escribir Memoria de la casa de los muertos, novela que a causa de la severa censura para todo cuanto se refería a las cárceles le costó publicar. En cambió se dedicó a estudiar profundamente la Biblia, por lo que creyéndose inocente, se dijo entonces que Dios le había enviado sus sufrimientos no para castigarle, sino a fin de fortificarle, de hacer de él un gran escritor, útil a su país, a su pueblo. Fue consciente del importante papel de la religión y del Zar en Rusia: según las creencias ortodoxas, “el pueblo ruso, que continúa viviendo en el siglo XV, conserva religiosamente esta creencia, la coronación no es un sacramento; el Espíritu Santo desciende sobre el zar y le guía en todos sus actos”. Comprendiendo el papel del Zar, el poder moral que ejercía sobre los campesinos, se hizo monárquico, pero los intelectuales no entendieron la razón del cambio de sus ideas. “Odiaron a mi padre durante toda su vida y siguieron odiándole después de su muerte. Este odio feroz e implacable hizo sufrir mucho a mi padre. Él deseaba vivir en paz con los otros escritores, trabajar con ellos por la felicidad, por la gloria de su país”. Tras cuatro años en prisión, debía servir como soldado hasta que fuese nombrado oficial, momento en que reasumiría su posición de hombre libre; así se le fueron otros seis años más.

María Dimitrievna, con un niño de siete años y antes de quedarse viuda de un capitán, fue a por él. Esta mujer, caprichosa y llena de ambición, logró lo que quería tras amenazarle con suicidarse. Se casaron a los pocos días. María pasó la víspera en casa de su amante y continuó con él, pero fingió el papel de mujer modelo. Fiodor, feliz, cumplió con sus deberes militares y cuando por fin pudo vivir en San Petersburgo, el cambio de clima no favoreció a María que padecía de tisis; volvió a Tver pero su enfermedad se agravó. Su joven amante la abandonó y, con crueldad, burlándose, le confesó todo a su marido: que nunca lo había querido, que se había casado con él por interés, que le había engañado con su amante, que ninguna mujer le querría por ser un expresidiario… Él se veía a los cuarenta y dos años sin haber sido amado nunca. “Toda su cólera de marido traicionado la desahogó en El eterno marido. Es posible que se despreciase por haber sido tan cándido, tan crédulo (…). En medio de sus sufrimientos y de su desesperación, seguía enviando dinero a María y procurando que no le faltara de nada, incluso escribía a sus hermanas rogándoles que fuesen a verla”.

Los hermanos poseían el don de lenguas, cosa muy rara entre los rusos; Fiodor propuso a Mijaíl traducir juntos a Schiller y a Goethe. Posteriormente Fiodor, para dar a conocer a los intelectuales lo que él había comprendido en el presidio sobre la gran Rusia, le planteó publicar un periódico que resultó muy exitoso.

“Mi padre no era ambicioso y no halagaba jamás a los estudiantes, por el contrario, les decía siempre la verdad amarga. Por eso le tenían mayor respeto que a los otros y le aplaudían mucho más”. El amor libre se puso entonces de moda. Su éxito entre los estudiantes impactó en una muchacha llamada Paulina, quien le escribió una declaración de amor que le llegó en el momento en que le era más necesaria. Soñaba con viajar por Europa y ahora que tenía dinero, quiso ir acompañado de Paulina. Pero el alcoholismo de Mijaíl y el periódico le retuvieron. Ella partió y le escribió a las semanas noticiándole que amaba a un francés. “Mi padre ha respetado siempre la libertad de los demás y no hacía en este punto ninguna diferencia entre hombres y mujeres. No les predicaba la soltería, les decía que hay que casarse por amor. Y que, entre tanto, debían estudiar, leer, reflexionar a fin de ser más tarde madres ilustradas y dar a sus hijos una educación europea”. Meses más tarde, viajaron juntos a Dresde donde Fiodor jugó con pasión a la ruleta; después a Italia, donde Paulina flirteaba con todos los hombres. En El jugador narró el viaje, la colocó en otro ambiente, pero dejó el nombre de Paulina.

Aun vengándose de María con Paulina tomaba todas las precauciones para que su mujer enferma no supiese nada. Lleno de piedad por la desgraciada, volvió a San Petersburgo. Fue a verla y le prodigó todos sus cuidados hasta que murió. Entonces confesó que no había sido feliz con su mujer, pero el honor le obligó a ocultar a sus amigos la traición de que había sido víctima. En este momento tenía la intención de casarse con Paulina, pero ella deseaba además de su gloria literaria, conservar su libertad. El día en que él dejó de estar de moda, Paulina se apresuró a abandonarle.

Cuando comenzó a publicar por entregas Crimen y castigo, Mijaíl murió. Como la mayor parte de sus compatriotas, no había ahorrado nada y dejó deudas considerables.  A pesar de que no tenía ninguna obligación, Fiodor se hizo cargo de esas deudas, de su cuñada y de sus cuatro hijos y también de su pequeño hermano alcohólico, Nikolai. “Los hijos de mi tío encontraban muy natural el vivir a costa de él, pero sin tener que obedecerle, se burlaban de él a sus espaldas y le engañaban desvergonzadamente”. Aunque Fiodor perdonaba muchas cosas a sus parientes en memoria de su madre y de los recuerdos de su infancia y juventud, le resultaba difícil “soportar la maldad y el pésimo carácter de su hijastro Pavel, perezoso y estúpido, que nunca quiso aprovechar la escuela militar en que le había colocado; todo lo que mi padre tenía de modesto y sencillo tenía su hijastro de orgulloso y arrogante”.

“Mi padre siempre ha gastado todo lo que tenía, sin preguntarse cómo vivirá el día siguiente, y la edad no le corrigió. Daba limosna a todos los pobres que encontraba en el camino, jamás supo negar el dinero a los que venían a hablarle de sus desgracias. Las propinas eran fabulosas. Él esperaba cándidamente ganarse la vida escribiendo”.

En cuanto se hizo cargo de las deudas, los deudores le reclamaron el pago inmediato y al no tener dinero, tuvo que aceptar las condiciones de un editor que le compró por una pequeña cantidad el derecho de hacer una edición completa de todas sus obras y le exigió una nueva novela de cierto número de páginas.

Esa exigencia de trabajo hizo que su vista se debilitara; sus amigos le propusieron que tomara un taquígrafo; entonces apareció ella: “Fue mi madre. Fue su ángel guardián durante los catorce últimos años de su vida”. Anna Grigorievna, medio ucraniana, medio sueca, había recibido una medalla de plata por sus estudios; deseaba estudiar para desarrollar el espíritu, para comprender mejor la vida y disfrutar. Quiso aprender algo que le permitiese ganar dinero inmediatamente y le diese la posibilidad de comprar libros, entradas de teatro…, leyó en los periódicos el anuncio de cursos de taquigrafía y a sus diecinueve años, como su padre era admirador de Dostoyevski, empezó a trabajar con él.

A pesar de la oposición de sus parientes —sus sobrinos y su hijastro esperaban ser los herederos, no dejaban de exprimirle—, se casó cinco meses después de haberla conocido.  Les costó lograr el dinero para viajar juntos por Europa; sin nadie que se interpusiera entre ellos lograron comprenderse mucho mejor. En Dresde, la ruleta se apoderó de nuevo de él. “Mi madre se asustó mucho. Cuando tomaba taquigráficamente El jugador ignoraba que mi padre se había pintado a sí mismo. Lloró, suplicó que abandonara la ciudad y consiguió al fin llevárselo a Suiza”. Posteriormente, intercalaron los viajes por Europa y regresos a San Petersburgo. Tuvieron cuatro hijos, pero solo sobrevivieron Aimée y Fiodor. Su hija recuerda con cariño que les leía desde muy niños obras europeas de todos los géneros.

“Fue recompensado por la fidelidad absoluta de su mujer. No solamente durante su vida, sino también después de su muerte”.  Ella tuvo un papel importante: además de hacerse cargo de todas las deudas, se puso a editar las novelas que habían aparecido en revistas. “Mi madre ha sido la primera mujer rusa que se ha ocupado de ediciones importantes. Su ejemplo fue imitado por la condesa Tolstoi, que vino a San Petersburgo a conocerla y pedirle consejo. También creó el museo en memoria de su marido”.

“Estoy en el umbral de la vejez, no me duele confesarlo. Sin embargo, no pienso en ello y me dispongo a escribir de nuevo (preparaba Los hermanos Karamazov), a publicar algo que sea finalmente del agrado de todos. Uno espera todavía algo de la vida y, sin embargo, posiblemente lo ha recibido ya todo y a pesar de lo que le digo, soy completamente feliz”.

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