El diario. Primera parte

Categoría (General, Taller literario) por Ana Merino y Ane Mayoz el 06-02-2021

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En esta ocasión nos vamos a centrar en el diario como género para escribir. Cuando no te has puesto a ello, no sabes por dónde empezar, por eso te ayudamos. Vamos a darte en tres partes lo que nos parece imprescindible para que te metas de lleno en este mundo: la definición y su origen, cómo escribirlo y los beneficios que aporta.

Anotación de los sucesos, reales o no, que siguen una pauta regular, aunque no estrictamente diaria. De esta manera podríamos definir un diario. Como la carta, la autobiografía o las memorias, forma parte de la literatura confidencial. Y podemos mencionar dos características para la ordenación sistemática de los acontecimientos: una, cada apunte ocurre a intervalos más o menos regulares de tiempo y cada uno de los fragmentos, aunque no lleve fecha, está caracterizado como tal por la separación que deja el autor entre uno y otro; dos, la visión del autor va dirigida a una continuidad histórico-vital, la situación vital que se toma como objetivo puede ser de distinta índole: un viaje, el exilio, los días en prisión, un secuestro…

La proximidad temporal que implica la escritura en el diario respecto a los hechos que se cuentan conduce a un énfasis de los sentimientos. El presente es el tiempo utilizado porque ayuda a una mejor descripción de las sensaciones, pero el autor puede recurrir  a recuerdos o perspectivas sobre el futuro que ayuden a matizar mejor su sentir.

Los primeros diarios aparecieron en el siglo XVIII como una necesidad de la naciente burguesía de encontrar un lugar en la sociedad; fueron crónicas familiares llevadas por las cabezas de familia que consignaban acontecimientos tanto de la familia como particularidades sociales, políticas y hasta meteorológicas. Los reyes y nobles antiguos tenían por costumbre escribirlos. Gracias a estos diarios, contamos con valiosa información de su manera de ser y  de su pensamiento.

El diario, si por algo se caracteriza, es por su carácter de intimidad. Resulta el mejor soporte para extraer ese territorio subjetivo, interior. Al escribir surge como una interacción del “yo” con el mundo, como una división entre lo público y lo privado. Por este motivo, muchos se refugiaron en la privacidad que aporta el diario para expresar su verdad ante la vida y su tiempo. De ahí que, de los primeros que aparecieron ya como obra literaria, podríamos afirmar que son autobiográficos. Servían tanto para descargar la memoria como para servir de instrumento de autocontrol y conocimiento de sí mismo, asumiendo con su práctica una especie de examen de conciencia. Desgraciadamente, cuando el diario está destinado a su publicación existe la posible identificación del público con el autor y esto puede quitarle sinceridad y espontaneidad. No debemos olvidar que el autor y el narrador, quien cuenta la historia ficticia, no siempre son la misma persona.

En muchos momentos, el diario ha demostrado ser una forma muy atractiva para los novelistas. Daniel Defoe lo empleó en su novela titulada Diario del año de la peste (1722) para dotar de inmediatez y autenticidad a una narración construida a partir de crónicas históricas.

Sin embargo, un diario no tiene por qué ser solamente un texto en prosa. Diario de un poeta recién casado (1917) es la obra en verso del poeta español Juan Ramón Jiménez donde expone sus impresiones sobre su viaje a Nueva York, donde conoció y se casó con Zenobia.

Al hablar de diarios no podemos omitir el ejemplo más famoso: el Diario de Ana Frank. Se trata de un pequeño diario que narra los horrores que vivió ella, una adolescente judía,  junto a su familia mientras estaban escondidos en la Segunda Guerra Mundial. Esta obra ha sido traducida a muchos idiomas y es una buena muestra del refugio que puede encontrar el autor en las páginas de un cuaderno.

Un escritor, a la hora de contar una historia, en infinidad de ocasiones parte de lo que conoce, de lo que ha sentido, de lo que ha vivido. Es decir, la literatura parte de la biografía, lo cual es lógico, pues escribir puede ser desde una catarsis o un exorcismo hasta una excusa. Pero, en este momento, tenemos que hablar del peligro que supone que esa relación entre vida y literatura resulte  “amañada”.

Hay escritores  que han hecho de su  vida literatura y de la literatura su vida; la biografía como fuente constante de motivos literarios. La pregunta que se plantean estos escritores, e incluso sus lectores, es si están viviendo de una forma determinada para narrarlo después, si están forzando sus vidas para que sean adecuadas para una buena   novela o un diario.

Anaïs Nin comenzó a escribir en un cuaderno durante su viaje a Nueva York en 1914, cuando ella tenía once años. Su madre, Rosa Culmell  tras ser abandonada por el padre —el compositor español Joaquín J. Nin y Castellanos— se embarcó junto a sus tres hijos para cruzar el Atlántico. Cuando años después Anaïs Nin regresó a París, casada, poco a poco fue descubriendo su diario de infancia (The Early Diary) al círculo de artistas, editores y demás personajes que la rodeaban, despertó la pasión de muchos, el interés por el resto de sus diarios y las primeras intenciones de publicación. He aquí un extracto:

Nunca me he tomado la molestia de describirme en el Diario, tiene gracia hablar con alguien sin decirle quién se es. Ahora voy a cumplir ese pequeño deber. Soy Ángeles, Anaïs, Juana, Antolina, Rosa, Edelmira Nin y Culmell. Tengo doce años y estoy bastante alta para mi edad, todo el mundo lo dice. Soy delgada, tengo los pies grandes y las manos también, con los dedos largos, que suelo crispar por nerviosismo. Tengo la cara muy pálida, unos grandes ojos castaños, perdidos, y temo que revelen mis insensatos pensamientos. La boca grande, me río muy mal, y sonrío regular. Cuando me enfado, hago una mueca con los labios. En general estoy seria, un poco distraída. Mi nariz es un poco Culmell, quiero decir, un poco larga, como la de la abuela. Tengo el pelo castaño, no muy claro, que me llega un poco por debajo del hombro. Mamá dice que son mechas, y yo siempre las oculto en una trenza o recogiéndomelas con una cinta. Mi carácter: me enfado con facilidad, no puedo soportar la menor broma, pero me gusta hacerlas. Me gusta el trabajo; adoro a mamá y a papá y por encima de todo a mis tías y a todo el resto de mi familia, sin contar a mamá, papá, Thorvald y Joaquinito, quiero mucho a mi abuela. Me encanta leer, y escribir es una pasión. Creo firmemente en Dios y en todo lo que Dios me dice a través de la Santa Iglesia. Siempre recurro a la oración. Me cuesta tomar afecto, y sólo consigo querer a la gente que me parece igual que yo. Soy francesa, una francesa que ama, admira y respeta su país, una verdadera francesa. Siento admiración, aunque no tan fuerte, claro, hacia España y sobre todo hacia Bélgica. Mis pensamientos, el Diario los conoce tan bien como yo, incluso mi retrato (Diario, 20 de mayo de 1915).

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