El estilo de una obra literaria es la forma particular en que un autor utiliza el lenguaje para expresar sus ideas, emociones o historias. Es decir, no se trata solo de qué se dice, sino de cómo se dice. Es la marca personal del autor, lo que hace que su manera de escribir sea propia y diferente de la de los demás. Esto es lo que conocemos como estilo y tiene que respetar una serie de normas básicas para que la obra resulte leíble. Escribir claro y conciso es una de ellas; afecta más a la forma que al fondo, pero es condición indispensable.
Con el fin de ilustrar la exposición, vamos a analizar los elementos narrativos que componen una obra literaria. En cada uno de ellos, ofreceremos una serie de pautas que sirvan para lograr un producto digno que encuentre un hueco en un mercado tan competido.
1.- La trama
Es la secuencia de acontecimientos que forman la historia, desde el principio hasta el final. Ha de ser simple y clara con el fin de que el lector no se pierda. Por lo tanto, lo mejor es seguir el esquema tradicional:
- Planteamiento: presenta los personajes y el conflicto.
- Desarrollo: los problemas que encuentra el protagonista y la búsqueda de soluciones.
- Desenlace: la resolución del caso.
Aunque es un ardid bien conocido en el oficio, vamos a recordar la importancia de la primera página. Es la puerta de entrada a la historia y conviene causar buena impresión al lector. Si es de su gusto, habremos dado un buen paso para que siga leyendo hasta terminarla. En ese inicio del libro conviene explicar sucintamente de qué va el asunto, presentar al protagonista y formular el conflicto de forma que transmita interés, atracción o curiosidad. Sin duda, es un trabajo arduo que exige reflexión profunda, pero que tiene recompensa.
2.- Los personajes
Son los seres que participan en la historia. Pueden ser personas, animales o incluso entidades simbólicas. Trata de que no haya muchos y de que sean coherentes a lo largo del relato. Si esconden algún misterio, mejor; así se abre la curiosidad del lector. Pueden ser inventados, aunque resultarán más creíbles si son tomados de la vida real. El escritor debe crear universos imaginarios, pero los personajes han de ser verosímiles.
En cuanto a los nombres, es preferible que no sean largos o complicados; conviene que el lector los recuerde cada vez que el personaje aparece. Mejor prescindir de los ingleses, a no ser que la historia lo justifique, y no abusar de los corrientes usados en castellano como Juan, José o Javi. Ten en cuenta que un nombre que sea sonoro y no muy largo se recuerda con facilidad y no confunde.
La descripción de los tipos sirve para pintar la figura de los personajes relevantes. No es una labor sencilla. No ha de ser muy extensa; solo recoger lo justo, puntualizando quizá alguna cualidad propia del personaje, algo que ayude al lector a identificarlo y conocerlo mejor. Es muy común en muchas novelas toparse con descripciones o retratos extremadamente prolijas que no aportan ningún conocimiento sobre el personaje. No cometas ese error que suele costar caro; un lector exigente puede dejar un libro en las primeras páginas por esa causa.
3.- El narrador
Es la voz mediante la que el autor transmite la historia.
- Narrador en primera persona: el narrador participa en la historia y cuenta su propia historia, es decir, un narrador protagonista; en cambio, si narra lo que le ocurre al personaje protagonista será un narrador testigo.
- Narrador en tercera persona: cuenta lo que sucede desde fuera. Este puede mostrarse como un narrador omnisciente, el que conoce pensamientos y emociones de todos los personajes, puesto que puede insertarse en la mente de ellos y saber todo su pasado y futuro.
- Narrador cámara: el que observa los hechos, el que solo cuenta lo que en ese momento está sucediendo.
El tipo de narrador escogido no influye en la faceta que nos ocupa. Se puede obtener el mismo resultado con cualquiera de los cuatro tipos habituales de narrador. Muchos autores sienten predilección por el narrador en primera persona; eso les permite ir al grano en seguida y evitar así explicaciones innecesarias, además de conectar más fácilmente con el lector.
5.- Los diálogos
El diálogo desvela el carácter del que habla y permite conocer su personalidad, sin necesidad de dar explicaciones. Un diálogo bien organizado enriquece la calidad de una novela y facilita su lectura. En infinidad de novelas escasean y, en su lugar, abundan largas descripciones. Tampoco son adecuados los diálogos extensos que, salvo raras ocasiones, resultan lentos y aburridos. Hay que combinar diálogos y descripciones de forma armónica para hacer amena la lectura.
Procura, además, que parezcan naturales. Es importantísimo dotar a cada personaje de un habla peculiar que lo identifique cuando interviene, de forma que puedas prescindir de los incisos. Evita las coletillas y las frases irrelevantes, a pesar de que se escuchen a menudo en la vida real. Una que molesta mucho es terminar con la oración «¿me entiendes?».
También te puedes servir de otra técnica como es el monólogo interno; ayuda a penetrar en el pensamiento más profundo del personaje que, de otra forma, sería difícil de transmitir. A diferencia del diálogo tradicional, el monólogo interior refleja su conciencia y permite acceder a su vertiente más íntima. Es una herramienta útil para afrontar problemas filosóficos, morales y sociales y enriquecer el relato. La han utilizado todos los grandes escritores de la literatura universal, pero los grandes maestros son: James Joyce, Virginia Woolf y William Faulkner.
5.- El uso de metáforas
La metáfora es un tropo que hace referencia a un objeto mencionando otro diferente que tiene alguna característica similar. Proviene del griego y literalmente significa «transferencia de significado”. Es una de las figuras retóricas más potentes y ayuda a expresar conceptos de una forma clara y comprensible. Además, aportan profundidad y riqueza a la comunicación. Sin ellas, el lenguaje sería plano y menos expresivo.
Pero hay que seleccionar bien su uso para que puedan ser entendidas. Las metáforas se basan en analogías conocidas; si son muy abstractas o carecen de vínculos con la realidad, confunden y aburren. En general, no hace falta que el lenguaje sea siempre explícito. Hemingway no solía emplear la metáfora, prefería insinuar más que explicar. La única literatura buena es la que uno inventa, la que uno imagina; eso hace que todo sea real. Todo lo bueno que él escribió lo había inventado; nada había sucedido. En su prosa, no hay metáforas, ni comparaciones ni oraciones subordinadas, Hemingway evita las técnicas tradicionales y puede ser leído como una versión personal, consiguiendo así la renovación de la literatura moderna.
Es posible omitir cualquier parte de una historia ─incluso su final─ si se sabe qué omitir. Y, es más, la parte omitida incluso refuerza la historia hasta hacerle sentir al lector algo más de lo que ha comprendido.
6.- Extensión de la obra
Este es un tema controvertido que cada escritor entiende a su manera. Es cierto que cada obra exige una extensión mínima para transmitir el mensaje. Hay muchas novelas que se hacen tan largas que, al final, terminan por aburrir al lector, sobre todo, si, además, son intrincadas y confusas.
En el extremo opuesto está el microrrelato. Se trata de un texto breve en prosa, de naturaleza narrativa y ficcional que usa un lenguaje preciso para contar una historia sorprendente. Su rasgo principal es la brevedad y su primera herramienta, la elipsis, como mecanismo de ahorro de palabras.
7.- El lenguaje
Para conseguir un texto claro y conciso, conviene usar palabras sencillas que se entiendan fácilmente. Por eso te sugerimos que no te bases en cómo escriben los periodistas. A algunos les encanta consumir palabras raras, en contra de una de las primeras reglas de la comunicación activa: primar la claridad a la hora de redactar un texto.
Lo mejor es utilizar palabras comunes en lugar de términos complicados o truculentos. Echa mano de ellos solo cuando no encuentres un vocablo equivalente que te satisfaga. Puedes emplear términos cultos, siempre que sean precisos, pero elude los culteranismos que solo añaden pomposidad. Recuerda siempre que el fin último de un relato es deleitar y no epatar, por no decir espantar.
Escribe oraciones cortas y procura que cada una de ellas exprese una sola idea. Las frases largas suelen generar confusión. “El profesor explicó la lección y después de haber terminado pidió a los alumnos que realizaran el ejercicio que estaba relacionado con la explicación que había dado”. “El profesor explicó la lección. Después pidió a los alumnos que hicieran el ejercicio”. Si una frase puede ser más corta sin perder sentido, no la alargues.
Es preferible emplear el verbo en voz activa: es más claro y hace el texto más corto, aunque hay veces en que la voz pasiva puede ser más fuerte (“para no ser eliminado” parece más atractivo que “para que no te eliminen”). Mejor utilizar los verbos directos (analizar y no realizar un análisis). Huye de los gerundios y elude las palabras repetidas. La simplicidad facilita la comprensión y no afecta a la riqueza léxica.
Y ahora solo esperamos que este artículo posea las cualidades que en él se propugnan.