La ambientación literaria. Primera parte

Categoría (General, Taller literario) por Ana Merino y Ane Mayoz el 07-12-2020

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En ocasiones, a la hora de escribir, puede resultar complicado insertarle al lector en una determinada ambientación. En cambio, leyendo, fácilmente nos adentramos en la historia de un libro cuando el escritor sabe envolvernos en un espacio determinado (habitación, ciudad) porque olemos, vemos y oímos todo lo que contiene ese lugar.

A continuación, os mostramos un ejemplo en el que se ve cómo el ambiente que rodea al personaje le lleva a sentir un terrible aburrimiento:

“El invierno fue frío. Todas las mañanas los cristales estaban llenos de escarcha, y la luz, blanquecina a través de ellos, como a través de cristales esmerilados, a veces no variaba en todo el día. Desde las cuatro de la tarde había que encender la lámpara. Los días que hacía bueno bajaba a la huerta. El rocío había dejado sobre las coles encajes de plata con largos hilos claros que se extendían de una a otra. No se oían los pájaros, todo parecía dormir, la espaldera cubierta de paja y la parra como una gran serpiente enferma bajo la albardilla de la pared, donde acercándose se veían arrastrarse cochinillas de numerosas patas. En las píceas cerca del seto, el cura del tricornio, que leía su breviario, había perdido el pie derecho y hasta el yeso, desconchándose con la helada, le había puesto en la cara una sarna blanca. Después volvía a subir, cerraba la puerta, esparcía las brasas y, desfalleciendo al calor del fuego, sentía venírsele encima un aburrimiento mayor”.

La protagonista es Emma Bovary; tras asistir a un baile, su vida le parece aún más tediosa e insoportable que antes. Pero Flaubert no nos dice “se sentía hastiada”; no emplea una expresión resumida, directa, simplificada, sino que crea a su alrededor un aire enfermizo de decadencia y dejadez, a través de cuya descripción representa el estado de ánimo de Emma. En este ejemplo podemos sentir ese rocío, verlo; escuchamos esa quietud, ese silencio… El escritor ha sabido hacernos partícipes de todo ello describiendo minuciosamente y aludiendo a los sentidos.

Veamos otro ejemplo:

“Los bocinazos, entonces, anoche. No, no iba a misa. No estaba para aguantar impertinencias en la calle. Hacía demasiado frío. Dios la perdonaría esta vez. Se iba a resfriar. A su edad, mejor acostarse. Sí. Acostarse. Olvidarse del vestido de española. Acostarse si la Japonesita no le decía que hiciera algo, qué sé yo, algún trabajo de esos que a veces le gritaba que hiciera. El año pasado Pancho Vega le retorció el brazo y casi se lo quebró”.

En este ejemplo, tomado de El lugar sin límites de José Donoso, abundan las frases cortas que contribuyen a crear una atmósfera de viveza, tal vez de alegría, tal vez de violencia, o hasta de pasión. Llama la atención, en tan pocas líneas, la multitud de puntos ortográficos que aparecen. Esto nos lleva a una lectura rápida; un ritmo trepidante que se forma al abusar de verbos y dejar de lado los adjetivos.

En definitiva, este ritmo ágil, a través de la voz del narrador y mediante la puntuación, refleja perfectamente el pensamiento desbocado del personaje, rápido y fraccionado. Por el contrario, cuando un texto está plagado de oraciones subordinadas y de adjetivos, contiene en sí mismo una lectura lenta, una atmósfera de rutina, de espera, un aire que deja oír hasta el ruido del reloj, se puede decir que estamos ante una ambientación propia para la creación de un ritmo lento.

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