La ambientación literaria. Segunda parte

Categoría (General, Taller literario) por Ana Merino y Ane Mayoz el 06-01-2021

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Continuamos fijándonos en cómo los autores nos meten en sus historias y cómo logran atraparnos en esa ambientación literaria que crean.

Leamos atentamente este párrafo:

“Durante todo un día de otoño, triste, oscuro, silencioso, cuando las nubes se cernían bajas y pesadas en el cielo, crucé solo, a caballo, una región singularmente lúgubre del país; y, al fin, al acercarse las sombras de la noche, me encontré a la vista de la melancólica Casa Usher”.

En él se alude al tiempo, a un momento concreto descrito profusamente gracias a la cantidad de adjetivos que aparecen. Dichos adjetivos también aluden al estado de ánimo del narrador. Además, según se acerca a la casa, se menciona otro sentimiento más del personaje, la melancolía.

En otro momento del mismo texto, leemos lo siguiente:

“Miré el escenario que tenía delante ―la casa y el sencillo paisaje del dominio, las paredes desnudas, las ventanas como ojos vacíos, los ralos y siniestros juncos, y los escasos troncos de árboles agostados―…”.

Comprobamos cómo los sustantivos que aparecen están bien acompañados con uno o más adjetivos que marcan otro aspecto en la ambientación de la trama. En este caso, entra en acción lo inquietante, otro elemento que consigue que el lector continúe leyendo con gran expectación.

Ha llegado el momento de desvelar el texto de donde hemos extraído estos fragmentos y a su autor. Nos referimos, cómo no, al gran Edgar Allan Poe, quien sabe manejar como nadie las atmósferas y, en concreto, a su cuento titulado La caída de la Casa Usher.

Sigamos leyendo otro fragmento de esta obra:

“Una atmósfera sin afinidad con el aire del cielo, exhalada por los árboles marchitos, por los muros grises, por el estanque silencioso, un vapor pestilente y místico, opaco, pesado, apenas perceptible, de color plomizo”.

En este relato, la ambientación se hace eco del estado emocional del narrador. Como se puede comprobar en este párrafo, cobra verdadero protagonismo la atmósfera densa e irrespirable de la Casa Usher, de tal manera que los tres personajes de la historia pasan a ser tres simples figuras que habitan ese estado de ánimo en forma de casa, muebles, penumbra, y muchos otros elementos siniestros.

La atmósfera de este cuento es una gran y elaborada premonición. Poe deja caer constantemente esos adjetivos cargados de decrepitud y tristeza, y también de misterio e inquietud, y, a través de ellos, va creando el final ante nuestros ojos antes de que éste llegue, como una premonición. Los propios personajes hablan de esa atmósfera como algo que palpan, como si de otro personaje invisible se tratara.

En el siguiente fragmento aparece el narrador:

“Su evidencia —la evidencia de esa sensibilidad— podía comprobarse, dijo (y al oírlo me estremecí), en la gradual pero segura condensación de una atmósfera propia en torno a las aguas y a los muros. El resultado era discernible, añadió, en esa silenciosa, más importuna y terrible influencia que durante siglos había modelado los destinos de la familia, haciendo de él eso que ahora estaba yo viendo, eso que él era”.

En este momento de la historia, Roderik Usher llega todavía más lejos dando por sentado que la atmósfera es el elemento desencadenante de la tragedia que se vislumbra.

Y de tal manera está unido el destino de los Usher a esa casa, que la grieta que observa el narrador antes de entrar en ella (“esa grieta casi imperceptible que, en el frente del edificio, se extendía desde el techo, pared abajo, abriéndose camino en zigzag hasta perderse en las hoscas aguas de la laguna…”) coincide con el inicio del derrumbamiento del propio Roderick Usher, y la muerte de los dos hermanos, con el hundimiento de la casa cuando la grieta se abre:

“El resplandor venía de la luna llena, roja como la sangre, que brillaba ahora a través de aquella fisura casi imperceptible dibujada en zigzag desde el tejado del edificio hasta la base. Mientras la contemplaba, la figura se ensanchó rápidamente, pasó un furioso soplo del torbellino, todo el disco del satélite irrumpió de pronto ante mis ojos y mi espíritu vaciló al ver desmoronarse los poderosos muros, y hubo un largo y tumultuoso clamor como la voz de mil torrentes, y a mis pies el profundo y corrompido estanque se cerró sombrío, silencioso, sobre los restos de la Casa Usher”.

Así finaliza el relato. Aludiendo a todos los sentidos, al de la vista, al del oído… Para envolvernos en este ambiente se sirve de adjetivos que aluden a colores muy potentes, de adjetivos con gran fuerza.

Podemos notar aquí que frente a la penumbra de todo el relato hay en esta descripción resplandor y brillo; frente a la falta de colores, el rojo como la sangre; frente a los sonidos apagados y tenues se abre un largo y tumultuoso clamor como la voz de mil torrentes; y, frente a la inmovilidad que envuelve toda la Casa Usher, se agolpan expresiones como rápidamente, torbellino, de pronto; adjetivos como furioso o poderoso en contraste con la decrepitud y la debilidad del mundo que interviene a lo largo del cuento.

Ha quedado claro cómo Poe va creando esa ambientación, cada vez mayor, a través del contraste de sensaciones que conduce hasta el clímax, y de esta manera nos arrastra al final. Además, por si fuera poco, no solo une todo el relato con esa atmósfera, sino que también une el inicio con el final con la repetición de los mismos adjetivos.

Tras el análisis de varios fragmentos de este cuento, hemos podido comprobar la importancia en la elección de las palabras, de los adjetivos que han contribuido a elaborar una ambientación determinada. Nos hemos dado cuenta de que el vocabulario es uno de los aspectos fundamentales para la creación de atmósferas, puesto que impregna el texto entero de un aliento propio.

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