La familia Baroja

Categoría (El libro y la lectura, El mundo del libro, Estafeta literaria, General) por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz el 26-09-2020

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Difícilmente el apellido Baroja se puede despegar del calificativo de artistas. A lo largo de estas líneas queremos adentrarnos en el perfil de cada miembro, saber qué tipo de personas fueron y sobre todo indagar cómo se relacionaron entre sí.

Estamos ante una singular familia formada por unos padres, Serafín Baroja (1840-1912) y Carmen Nessi (1849-1935), que les transmitieron a sus cuatro hijos, Darío (1870-1894), Ricardo (1871-1953), Pío (1872-1956) y Carmen (1883-1950), junto a una fuerte conciencia de clan, la ideología liberal-anticarlista. La hija fue la única que tuvo descendientes, lo que ayudó a prolongar la saga: Julio y Pío Caro Baroja.

En este grupo familiar no todos brillaron por igual. De ahí que focalicemos nuestra atención en dos nombres: el de Pío Baroja, por ser el más afamado, y el de Carmen, por representar a la persona que aglutinaba a todos.

Tanto Pío como Carmen dejaron escrita su conciencia del recuerdo. Por un lado, tenemos las Memorias de Pío, publicadas a partir de 1944 y por otro, las escritas entre 1945 y 1946 por Carmen pero que no salieron a la luz hasta 1998, gracias a la filóloga y traductora Amparo Hurtado quien se preocupó de desempolvar su figura y su obra.

Y sobre Pío y sobre su extensa obra se ha escrito tanto que entre la infinidad de libros que hay en el mercado, destacamos los firmados por sus sobrinos Julio y Pío Caro Baroja. Según Julio todos, aunque desarraigados a causa de las andanzas de su abuelo —Serafín era ingeniero de minas y cambiaba de destino laboral—, vivían formando un núcleo compacto, bastante al margen de la vida corriente de la capital. Era una familia en que se amalgamaban de modo extraño la bohemia y el puritanismo.

Comencemos por analizar el perfil de Serafín Baroja. Sin lugar a dudas, un fuera de serie. A sus setenta años, en 1910, todavía se entretenía en componer versos en euskera, en traducir poesía clásica castellana y en escribir disquisiciones lingüísticas que, incluso, publicaba. Y, por si esto fuera poco, en aprender japonés para ver si era verdad que se parecía al euskera. Hombre versátil, risueño, afable, bondadoso y muy alegre; había sido corresponsal de un periódico de Madrid y su pasión por la música le llevó a tocar el violonchelo y a componer, junto con un amigo, la primera ópera en euskera.

Su mujer, Carmen Nessi, fue religiosa pero poco clerical. Si bien nació en Madrid, fue vasca en esencia. Mujer de personalidad y de indudable bondad. Su nieto, Julio, la califica como una mujer sin inquietudes intelectuales y de un rigor moral que hoy parecería absurdo. A pesar de haber una diferencia de nueve años entre ellos y de que se casó muy jovencita, a los diecisiete, vivió en muy buena armonía con su marido. Su hijo Pío con el que convivió durante muchos años dice de ella que tenía un fondo de renunciación, de fatalismo, que le hacía tomarse la vida como algo serio, por eso trabajaba sin cansarse y hacía trabajar a los demás.

Darío fue el hijo mayor al que la tuberculosis no le dejó cumplir más de veintitrés años. Su hermano Pío lo caracteriza como un poco romántico, creyente en la amistad, galanteador y aficionado a la literatura, lo que le llevó a escribir un diario, que desgraciadamente se perdió.

Aunque también escribía en la prensa, Ricardo tuvo fama como pintor y grabador. Físicamente muy alto y huesudo, era muy severo consigo mismo; pensaba que todo lo que hacía era despreciable, y como consecuencia de ello no podía ser benévolo con los demás. Por eso una de sus especialidades era decir cosas despectivas sobre los críticos de su época. Se casó cerca de los cincuenta, con Carmen Monné, a quien doblaba la edad. Resultó un matrimonio muy bien avenido, hasta en el absurdo. Ella era caprichosa, voluntariosa. Ricardo fue el único de la familia que tocó la política, en la campaña a favor de la República, y no le trajo nada bueno. Al volver de dar un mitin el taxista se durmió y a consecuencia del accidente perdió el ojo derecho. Fue quien heredó la alegría exterior, la despreocupación de su padre, hasta la muerte de su hermana. Entonces le invadió una tristeza muy honda, que se acrecentó con el temor de quedarse ciego, pues cada día sentía la pérdida de visión.

Calvo, zarco o rubio cobrizo, con un aire nórdico, pero de nórdico oriental —en París le tomaron por ruso varias veces—. Así describe a Pío su sobrino Julio. Y añade que era un tipo poco común entre meridionales, pero a su vez, un vasco típico, muy poco aficionado a razonamientos largos. Esto es así y el que quiera saber por qué es así que haga el esfuerzo necesario para saberlo.

De muchos dijo que era “un tío lata”, y es que no decía más que la verdad, a pesar de que no gustaran sus afirmaciones. Buscó refugio en la soledad, pero a su vez agradecía las visitas; y estas marchaban sorprendidas por haber estado con un hombre famoso que, al mismo tiempo, se había mostrado sencillo, llano y con ganas de escuchar. Esto afianza la idea de que para él lo principal eran las personas, los individuos, hombres o mujeres como tales. Lo mismo le daba que fueran ricas, pobres, cultas, incultas… apreciaba que tuvieran algún rasgo enérgico o característico.

Permaneció soltero toda su vida, quizá por eso se habló mucho de su misoginia. Sin embargo, Julio nos dice que siempre gustó del trato con las mujeres. Y que así lo demuestra su literatura, llena de encantadoras y enigmáticas siluetas femeninas. Y también sus palabras al calificar a los dos sexos de forma parecida. El hombre de nuestro tiempo más que inmortal es bruto. Le gustan las diversiones estúpidas y un poco infantiles, quiere comer, beber y lucir. Lo mismo les pasa a las mujeres. Este lucimiento no lo buscan en la gracia o en el espíritu, ya saben que no lo tiene ni lo necesitan, sino en el físico, en el dinero y en el traje.

De los cincuenta en adelante se hizo mucho más sociable, puesto que de joven había sido áspero, huraño y hostil. Su sobrino menciona que durante muchas horas de su vida fue jovial, que participaba con los amigos y que tenía conversaciones largas con ellos. Y fue en su vejez cuando tuvo la sensación de que la vida no tiene objeto, ni fin concreto, que el hombre es como un barco mal gobernado en un mar tempestuoso. Él, a diferencia de su padre, no vivió contento con su época: Pienso que mi tío había venido muy tarde al mundo, por la mayoría de sus gustos y sus ideas era un “prerromántico”, un hombre que hubiera vivido a gusto desde la época napoleónica hasta 1840.

Y llegamos a la única mujer, a Carmen. Su hijo Julio la describe como una mujer alta, delgada, rubia, con un color de pelo más bien veneciano que nórdico. Ella, en sus memorias, se autorretrata con las siguientes palabras: Recuerdo a una chicuela inconsciente y saltarina (…) con sus piernas largas y su trenza rubia; una jovencita romántica y un poco preciosista de principios de siglo que reproducía arquetas esmaltadas y puntos de aguja copiados de los museos; una casada defraudada por el romanticismo, egoísta, sin duda, por haber pedido a la vida más de lo que en general suele otorgar (…) ; y queda la viuda, madre de dos hijos admirables a los que supeditó todo y con el cariño de los cuales me siento recompensada y feliz como no lo fui nunca

Aquí hace balance de lo que ha sido su trayectoria vital. De sus palabras se desprende no el rencor y sí la tristeza, la nostalgia y el aburrimiento que, como bien dice, le acompañaron durante toda su vida. Sin duda, fue una mujer excepcional en su tiempo, inteligente y emprendedora. Tocaba el piano y sabía francés e inglés. Con veinte años, tras sobrevivir a las fiebres tifoideas, comenzó a repujar cuero, plata y otros metales en el taller de Ricardo. Dos años más tarde viajó a París con Pío, allí vivió feliz. Y se mantuvo alegre al participar en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, al ganar medallas y formar parte del jurado. Pero el no poder seguir con eso la hunde. Muchos años más tarde le vuelve la ilusión a su vida con las comedias que organizaban en casa. Y después, en 1926, gracias a su participación en la creación y desarrollo del Lyceum; el club femenino en el que ella tenía la labor de organizar exposiciones y conferencias enmarcadas en la sección de arte y cuya impulsora fue María de Maeztu, quien tuvo el apoyo incondicional de su hermano, Ramiro de Maeztu, que hubiera deseado su amiga Carmen.

Se casó al borde de la treintena. Su marido, Rafael Caro Raggio, pintó de adolescente, lo que sirvió para conocer a Ricardo y frecuentar su taller donde coincidió con Carmen. Ella lo describe como un muchacho rubio, guapo, muy pulcro. La infelicidad marcó la infancia y juventud de este editor y quizá ayudó a crear su desigual carácter. Aunque los dos se querían más de lo que parecía, resultó una vida conyugal triste por estar llena de dificultades económicas y porque a él ni le gustaba recibir visitas ni soportaba que su mujer no estuviera en casa a la hora de cenar. Tuvieron cuatro hijos, pero sufrieron la inmensa pérdida de dos: Ricardo muere a los cuatro años y Carmen a los dieciocho meses. Antes que ellos, había nacido Julio quien se llevaría catorce años con el último, Pío. Este la convertirá en abuela de Carmen y Pío Caro Jaureguialzo.

Durante los años que median entre 1902 y 1936, toda la familia convive en el mismo edificio: la casa de la calle Mendizábal de Madrid, un referente en la familia y donde perderán casi todas las pertenencias familiares al ser destruida durante la contienda. En la planta baja a un lado estaba la vivienda de la familia de Carmen y Rafael y al otro, este tenía su negocio: la editorial Caro Raggio. En la planta principal, la casa de Ricardo y Carmen, en la que los domingos se formó una tertulia de escritores y artistas, a los que Ricardo, en 1925, les propuso montar un teatro amateur: “El Mirlo Blanco”. En este proyecto artístico participó toda la familia escribiendo obras, actuando, montando luces… Y arriba se acomodaron la madre y Pío.

Una vez dibujados los componentes de esta familia, sabiendo cómo eran, podemos adentrarnos en el tipo de relaciones que tuvieron. Se puede afirmar que madre e hija, compartieron el nombre, pero nada más. Para la hija fue su antagonista, puesto que le imponía el mundo de las mujeres y ella se identificaba con el de los hombres. La madre era una mujer tradicional, interesada por las cosas de la casa. La hija odiaba la cocina y todo lo relacionado con ella, consideraba que era un trabajo ingente e ingrato que nadie agradecía. Además, aunque fue una buena madre, hacía distinciones: trató a su hija con menos cariño, porque para ella los hombres eran siempre más que las mujeres. Carmen Baroja, al sufrimiento por la pérdida de sus dos hijos, le sumó la indiferencia que sobre todo le mostró su madre. Esta injusticia que padeció en casa le impulsó a manifestar su forma de pensar: Yo era francamente feminista, veía la poca diferencia que había entre los dos sexos. Yo creía que si las mujeres, empezando por mí, no éramos más inteligentes era por nuestra falta de preparación, de conocimientos. Encontraba a muchos hombres tan estúpidos o más que las mujeres y que sin embargo gozaban de un sinfín de prerrogativas. En cambio, para su padre, su hija era la favorita. Ofrecían conciertos en casa, y se preocupó de que recibiera clases particulares.

Los hermanos discutían, pero no reñían. Iban juntos al teatro, a la ópera, a los conciertos. En la juventud y más en la niñez, la relación fue cordial y de unión, pero las cosas empezaron a cambiar cuando Ricardo para su boda necesitó dinero y tuvo que vender la panadería de su abuela. Pío no le perdonó la venta, ni le gustaron la boda ni la novia.

Carmen para ellos fue su arreba maitia (hermana querida). Pero era distinta, iba por libre. Era la más equilibrada, y muy independiente en sus juicios. Discutían y ella no daba su brazo a torcer; reconocían el valor de sus argumentos y a veces les regañaba o les decía cosas que a nadie hubieran tolerado. Defendía a Galdós o a Valle-Inclán de las críticas de Pío. Y a Ricardo le criticó su intromisión en la política, alentado por su mujer. Aunque les sermoneaba a los hermanos, tachándoles de arbitrarios y apasionados, por encima de todo ellos la tenían por una persona querida y respetada.

Tras convivir durante sesenta años, ella se reafirma en el egoísmo de los dos: Mis hermanos nunca se han ocupado más que de ellos mismos. Habla de roñosería, sobre todo de Ricardo, porque no han sido conscientes de todo lo que se les ha dado. Achaca a su familia el no haberse ocupado de sus aficiones y la indiferencia que le mostraron cuando las abandonó.

Tal y como hemos visto, facetas como la lectura y la escritura caracterizaron a toda la familia. Para Carmen, la lectura se convirtió en la mayor y casi única diversión de su vida, además de en algo primordial durante la guerra; la pasó en Navarra, y gracias a la lectura de la “literatura enciclopédica”, como la llamaba, aprendió a labrar la tierra y a criar animales.

En cuanto a la escritura: yo, al escribir, naturalmente no pretendo engañar a nadie y menos a mí misma, pero, como soy mujer que cree tener bastante buena idea de su persona, podría suceder que sin proponérmelo me adjudique cualidades que no tengo, suavice defectos y me coloque en un plano más vistoso e interesante del que en realidad me corresponde. Sinceridad y humildad se desprenden de estas palabras que caracterizan su obra. En 1917 comenzó a publicar con seudónimo: Vera de Alzate, extraído de la casa que en 1912 Pío compró, Itzea, situada en el barrio de Alzate del pueblo navarro de Vera. Colaboró en prensa, desde 1941, con artículos muy documentados que han sido recopilados por su nieta, Carmen Caro Jaureguialzo. Además, escribió varios cuentos, una farsa estrenada en “El Mirlo Blanco”, un libro sobre el encaje de nuestro país, otro sobre amuletos y talismanes, dos guiones de cine basados en novelas de Pío y sus memorias.

Muchas veces he sentido ganas de anotar los recuerdos; generalmente cuando me hallo en casa sola y sin tener trabajo, se me ocurre escribir. Comienzan así, y se refieren a los años posteriores a la guerra, época en la que se queda viuda. Las titula, Recuerdos de una mujer de la Generación del 98: pienso que los gustos, las ideas y el carácter todo mío lleva el sello de lo que yo supongo que era esta época, aun cuando yo no tenía más que trece años. Pío ha dicho que esta generación no ha existido jamás, pero en mí coincide con el despertar de las aficiones a la lectura, a las cosas artísticas.

 

 

Si Carmen tuvo necesidad de escribir sus recuerdos, Pío redactó sus memorias a regañadientes, solo porque una revista se las pidió. Julio nos dice que el escribir para él no era una especie de delirio ni tampoco un trabajo de fotógrafo o de notario, sino una labor paciente, de pintor antiguo, que requería una vida muy regular y ordenada. Durante cincuenta años escribió, no copió, más de cien volúmenes: no he partido nunca de la lectura de un libro para escribir otro, a diferencia de escritores ilustres, como Shakespeare, Lope de Vega y Goethe, que componían sus obras leyendo otras anteriores de distintos autores imitándolas y modificándolas.

Como gran lector que era afirmó que la novela de su época le interesaba poco, porque creía que la novela la hace tanto un tipo de sociedad como el novelista y que la sociedad del siglo XIX en sí era más novelesca o novelable que la del XX: Que hay una necesidad para el hombre actual de leerla, no cabe duda. Para unos es como un abrigo necesario para preservarse de las inclemencias de la vida; para otros, es una puerta abierta al mundo de lo irreal; para otros, es un calmante. Hasta el final de su vida siguió fiel a su admiración por Dickens y a su entusiasmo por Dostoyevski y por El Lazarillo.

Su valía como escritor también es reconocida por su hermana, pero no deja de desconcertarle su actitud: ha sido un hombre que no ha tenido más preocupación en su vida que sus escritos y la manera de hacerlos. (…) nunca vio ni le interesó lo que había a su lado. Gran desacierto para un escritor (…) creo que, en el caso de querer describir a unas gentes, personajes o a sí propio, hay que desentrañar primero su verdadera manera de ser y de sentir. (…) No sabía cómo era su madre, ni su padre, ni sus hermanos, ni él mismo. Por esto Carmen no entiende el afán de la gente por conocer personalmente a los escritores, puesto que para ella la mayoría de las veces, lo único interesante son sus obras, las considera muy superiores a la persona. En este aspecto también tienen opiniones opuestas: a Pío le gusta más oír hablar a un autor que leer su obra. Así como en el modo de vivir: Pío fue fiel a una monotonía que Carmen no soportaba.

Ella, al vivir entre artistas, conoce a la perfección la poquísima cordialidad que reina entre ellos, así como la falta absoluta de amistad. El caso de Pío y Azorín es rarísimo. Y más si añadimos a Ramiro de Maeztu y a Camilo José Cela.

Cela sintió veneración por Baroja, hasta el punto de reconocerse como su discípulo y de reclamar su reconocimiento internacional. Cuando le concedieron el Premio Nobel de Literatura, sinceramente dijo que se lo cedería con gusto. Admiraba que Baroja no hubiera sido esclavo de su propia prosa, la gramática era para él letra muerta en cualquier idioma. Pío reivindicaba que el escritor tiene que saber únicamente el significado de las palabras en su idioma y en su tiempo.

Por todo lo referido, compartimos las palabras de Julio: Pío no es un escritor que se lee más o menos, sino un mito. Mi tío no necesita apología como no la necesita mi madre. Y con los últimos versos del poema que Carmen escribió en 1945 titulado “Tres Barojas” corroboramos que es Carmen quien agrupa a los tres hermanos como tres miembros de una misma familia que estuvieron a la misma altura:

De nuestras juventudes ¡tan lejanas!,
vividas en dulce y fraternal amor,
solo quedan tres ruinas, ya pasadas,
que dejarán la vida sin temor.
Y mis dos hijos, en su fiel memoria,
de nuestro viejo tronco, verdes hojas,
al referirse a una lejana historia
recordarán por siempre a tres Barojas.

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