Las caras de Concepción Arenal

Categoría (El libro y la lectura, El mundo del libro, General) por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz el 08-03-2019

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Todas las cosas son imposibles mientras lo parecen. Esta máxima representa muy bien el carácter de Concepción Arenal y por eso no podía faltar en la película La visitadora de cárceles (2012), que recrea la labor realizada por esta escritora y abogada en un presidio femenino durante 1864. El ambiente desolador que se respiraba por la falta de humanidad de los carceleros y las terribles y humillantes condiciones de las reclusas —mujeres analfabetas cuya vida transcurría sin sentido— podía haberla desanimado en su empeño, pero su amor por la verdad, la justicia y la fraternidad lo impidieron. Probablemente estos fueron los valores por los que, en 1860, la Academia de Ciencias Morales y Políticas le concedió un premio a su obra La Beneficencia, la Filantropía, la Caridad y también los que la hicieron merecedora de ese puesto de Visitadora oficial otorgado por el ministro de Gobernación, a instancias de la reina Isabel II.

La actriz Blanca Portillo, espléndida en ese papel, representa a una Arenal llena de amor hacia los que sufren y de determinación en su empeño de lograr lo que es justo. Ese amor se erigirá en su guía de vida en cuanto a la forma de entender el mundo en general.

Mujer luchadora y reformista

Comprometida con la sociedad en la que nació y enraizada en el tiempo histórico que le tocó vivir, poseía la personalidad de una reformadora nata y se veía empujada a mantener en todo momento una voz crítica. Por eso sufrió mucho cuando la destituyeron por intentar mejorar la vida de las mujeres encarceladas: Era yo una rueda que no engranaba con ninguna otra de la maquinaria penitenciaria y debía suprimirse.

Aunque muchas veces sentía que clamaba en el desierto, su gran inteligencia y su inquebrantable moral la empujaban a luchar por una convivencia social en paz. Para eso mantenía la postura de que había que legislar para el pueblo y no al margen de él. Una ley, cuando es obra de un jurisconsulto ilustrado o de unos pocos, puede ser justa y estar bien formulada; pero será letra muerta si no se ha engendrado en las entrañas de la sociedad. El pueblo por su naturaleza social tiende a relacionarse, por eso necesita leyes y el debido respeto hacia ellas.

Ante la carencia de una regla común entre todos los países, aspiraba a crear una ley internacional penal, conjugada con una cooperación judicial entre los distintos países en la lucha contra el crimen. Afirmaba: La ley internacional, difícil de establecer porque tiene que ser voluntariamente aceptada por las colectividades soberanas, es fácil de hacer cumplir una vez que se proclama, por ser moralmente necesario que quien la admita la cumpla; para ser obedecida no necesita ejércitos; su fuerza no está en la bayoneta, sino en la conciencia humana. En aquella época, Concepción Arenal abogaba por un Tribunal Internacional.

Nacida en Ferrol, en 1820, tuvo una madre noble y un padre militar del cual aprendió a pensar. Su herencia ideológica paterna era la de un ferviente liberal que luchó hasta la muerte —pues murió enfermo y solo en una cárcel— contra el absolutismo de Fernando VII. Después de esto, la familia abandonó Ferrol y se trasladó a Cantabria. Allí se instaló en Armaño, una aldea pequeña en el valle de Liébana que la marcaría durante su adolescencia y a la que volvería muy a menudo huyendo de un Madrid que la asfixiaba, porque Concepción Arenal vivió en una España débil, en cuanto a su industrialización, y muy conservadora. Y no digamos en lo referente al tema de la mujer; la escasa fuerza de la ilustración creó un marco sociopolítico en el que era casi impensable una polémica real sobre cuestiones feministas y mucho menos la creación de grupos organizados que plantearan reformas.

Mujer feminista

Hacia mediados del XIX se consideraba al feminismo como elemento opuesto a la tradición, que defendía que la mujer estaba mejor recluida en el seno del hogar por su capacidad para consolidar los valores de la familia. Las opiniones de entonces acerca de este tema se dividían en dos: la consideración de la inferioridad biológica de las mujeres en relación a los hombres y la no conveniencia de desarrollar tareas de gran profundidad y relevancia.

Pues bien, pocas mujeres escapaban a este rol y una de ellas fue Arenal, quien con su primera obra feminista La mujer del porvenir — aglutina diferentes artículos de conferencias celebradas en la universidad de Madrid— intentó rebatir la supuesta inferioridad fisiológica de la mujer y demostrar su superioridad moral.

En “La educación de la mujer” —ponencia que preparó para el Congreso Pedagógico Hispano-Portugués-Americano celebrado en Madrid, quinta sección del congreso dedicada al Concepto y límites de la educación de la mujer y de la aptitud profesional de ésta, cuya vicepresidenta no era otra que Emilia Pardo Bazán — afirmaba cosas como esta: …la más apremiante necesidad de hoy, para el hombre como para la mujer, es la educación, que forma su carácter, que los convierte en persona. La persona no tiene sexo: es el cumplimiento del deber, sea el que quiera; la reclamación de un derecho, sea el que fuere; la dignidad, que puede tenerse en todas las situaciones; la benevolencia, que, si está en el ánimo, halla siempre medio de manifestarse de algún modo. La educación; de nuevo a vueltas con ese tema. Pues ese “hoy” es el de 1882, aunque parezca el nuestro.

Ya entonces hablaba de que la mujer tenía que afirmar su personalidad (nuestro empoderamiento), cumpliendo sus deberes dentro de casa, sí, pero también reclamando sus derechos fuera de ella, ganándose la vida, por ejemplo —como dejó patente en 1891 con un ensayo sobre “El trabajo de las mujeres”.

Una de las críticas que se le hace a Arenal respecto a su feminismo es la aceptación, en muchos de sus escritos, de que los papeles de madre y esposa eran fundamentales en la vida de las mujeres. Esto es cierto, pero también que ella siempre subrayó que la experiencia de la vida femenina no podía centrarse en el ejercicio exclusivo de ese rol y que mientras la mujer no tiene otra carrera más allá del matrimonio, los hombres aprenden un oficio y las mujeres no.

Y sobre todos estos temas escribía Concepción Arenal con un estilo directo, sencillo, divulgativo y sin lirismos; siempre hablando abiertamente de la mujer y su mundo, dosificando perfectamente la información para promover a la reflexión.

Mujer transgresora

Con quince años y una gran curiosidad, la madre de Arenal decide matricularla en un colegio cuyo plan de estudios era muy sencillo: enseñar a las niñas a comportarse en sociedad. Mientras asiste con desgana, aprende por su cuenta francés e italiano y va germinando en ella la idea de ir a la universidad. Pero tiene un problema: su madre no la apoya y por tanto no dispone de dinero para costearse los estudios. Así que cuando muere su abuela y recibe la herencia familiar puede ver cumplido su sueño, aunque no de la manera que ella se había imaginado.

Como en aquella época el acceso a las aulas estaba vetado a las mujeres, tuvo que idear algo para pasar por hombre, y no se le ocurrió otra cosa que asistir, travestida, a clases de Derecho Penal y Jurídico. Durante un tiempo esta treta le sirvió, pero finalmente la descubrieron. A partir de entonces,  según cuenta Amelia Valcárcel en Feminismo en un mundo global, tuvo que seguir este rito:

Acompañada por un familiar, doña Concepción se presentaba en la puerta del claustro, donde era recogida por un bedel que la trasladaba a un cuarto en el que se mantenía sola hasta que el profesor de la materia que iba a impartirse la recogía para las clases. Sentada en un lugar diferente del de sus aparentes compañeros, seguía las explicaciones hasta que la clase concluía y de nuevo era recogida por el profesor, que la depositaba en dicho cuarto hasta la clase siguiente.

Con veintiocho años se casó con un hombre cuyo comportamiento ante la sociedad, al igual que el de su padre, la ayudaría ideológicamente: el abogado y escritor Fernando García Carrasco. Un hombre avanzado para la época que vio en Arenal a una mujer capaz de valerse y de actuar por ella misma. Así que la apoyó en sus inquietudes feministas, animándola a asistir juntos a tertulias literarias —aun cuando para eso ella tuviera que seguir vistiendo ropa masculina— y a participar en certámenes para los que debía utilizar nombre de varón y que en su caso fue el de uno de sus tres hijos, Fernando. La relación con su marido era de tanta complicidad que cuando este enfermó gravemente y tuvo que dejar de escribir los editoriales del diario La Iberia, ella cogió el testigo y siguió cumpliendo fielmente con el trabajo del redactor. De allí a poco murió, y Arenal continuó encargándose de escribirlos, pero sin firmar. Primero le redujeron sus honorarios a la mitad, hasta que en 1857 tuvo que desistir, pues salió una ley que imponía la obligatoriedad de firmar cualquier artículo versado en política, filosofía y religión. Al poco tiempo, la cesaron como redactora.

Mujer literata

Esta última experiencia con el periódico la desilusionó y la llevó a tomar conciencia de su condición de inferioridad como mujer. Como quería seguir escribiendo, decidió dedicarse a la literatura. Así publicó libros de poesía y ensayo: Cartas a los delincuentes (donde ya abordaba cuestiones tan delicadas como la necesidad de reformar el código penal), Oda a la esclavitud; teatro: La medalla de oro, Dolor y misterio, Un poeta; zarzuela: Los hijos de Pelayo; una novela: Historia de un corazón, y un libro de Fábulas en verso. Este último merece una mención aparte porque se declaró de lectura obligatoria en la enseñanza primaria. Al ser fáciles las fábulas, por extensión y sencillez de lenguaje, y con enseñanzas morales mostradas con sensatez y gran sentido de la justicia, recomendaban su lectura. Dejamos aquí un ejemplo de los últimos versos de “El sobrio y el glotón”, en los que queda patente su clara finalidad didáctica:

Haga de esto aplicación
el pedante presumido
si porque mucho ha leído
cree tener instrucción,
y siempre que a juzgar fuere
la regla para sí tome:
No nutre lo que se come,
sino lo que se digiere.

Hacia 1870, la salud de Arenal se resiente, pero a pesar de todo seguirá cumpliendo con sus hondas preocupaciones sociales. En 1872 fundará la Constructora Benéfica, una sociedad dedicada a la construcción de casas baratas para obreros y, durante las guerras carlistas, se pondrá al frente de un hospital de campaña en Miranda de Ebro. Todavía le quedará tiempo, y fuerzas, para colaborar con innumerables periódicos de la época y seguir escribiendo con mano firme. En 1890 le llega la noticia de que la Pardo Bazán defiende su candidatura para la RAE y dos años más tarde muere en Vigo donde será enterrada con el epitafio “A la virtud, a una vida, a la ciencia”.

Hoy es 8 de marzo, día internacional de la Mujer, y por eso hemos querido recordar a Concepción Arenal, cuyo papel en la emancipación de las mujeres en España fue incuestionable. Igual que lo fue el pulso que echaron a su sociedad, en plena revolución industrial, las trabajadoras textiles neoyorquinas de aquel lejano 8 de marzo de 1857 cuando organizaron una huelga para luchar contra los salarios bajos y las inhumanas condiciones laborales. Hoy, en 2019, seguimos en la brecha. La lucha contra la discriminación, la violencia y la desigualdad continúa. Y no acabará hasta que lo imposible deje de parecerlo.

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