Leopoldo Alas “Clarín”. El naturalismo de La Regenta

Categoría (El mundo del libro, El oficio de escribir, General) por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz el 26-10-2019

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La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles, que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina, revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles[…]. Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana del coro, que retumbaba en lo alto de la esbelta torre en la Santa basílica.

Son las primeras líneas de La Regenta (1884), una de las mejores novelas españolas del siglo XIX y la más representativa de su autor, Leopoldo Alas «Clarín» (1852-1901) . Vamos a   intentar trazar las claves de su escritura y de su filosofía narrativa y de paso demostrar que, aunque en muchas ocasiones ha estado ensombrecida por Madame Bovary (1857), “la Regenta es Leopoldo Alas “Clarín” y esto le aporta un peso específico dentro del universo literario.

Como en todo buen inicio, ya se nos plantea el asunto, el tema central de la historia. Ya se entrevé detrás de esas mariposas que revolotean buscándose y separándose a los personajes principales de esta novela; ya se palpa el corrosivo ambiente sociocultural de Vetusta detrás del denso y pesado, agobiante y caluroso, viento Sur, marco perfecto en el que sus habitantes van a dormir la siesta; ya se ve cómo digieren unos contundentes platos de legumbre, platos corrientes que más que comida parecen vicios de una ciudad a la que Clarín adjetiva de forma aristocrática dotándola de una clase que brilla por su ausencia; y ya, por último, tras el solemne tañer de las campanas de la basílica que todo lo ve, intuimos el peso de la religión que vela los sueños de sus habitantes. Ya tenemos, pues, conflicto amoroso, sociedad opresiva, cultura dirigida y religión dominadora. Y todo esto impregnado de un tono irónico a partir del oxímoron de la primera frase (dormir la siesta es de todo menos heroico).

La base de su literatura

Clarín, con este arrebatador inicio, nos está mostrando los cimientos de su literatura y, generalizando un poco más, los del arte. Para él la base del arte es la vida, es concretamente aquella España de la Restauración, a la que ya se refirió su contemporáneo, Galdós, cuando afirmaba que la novela debía reflejar los grandes problemas de la sociedad. Pues bien, en aquel momento eran dos: la religión y otro —más vicio que problema— el adulterio que causaba estragos en el núcleo de la familia. Si a ese caldo de cultivo añadimos la experiencia vital de Clarín ya tenemos la materia prima, su inspiración directa, que luego transformaba en arte.

Este principio suyo, además, le sirve para defenderse entre otros del crítico Luis Bonafoux, que le acusa de plagiar la novela de Flaubert:

Cuando escribí este capítulo del teatro, no pensaba en Madame Bovary […]. Pero, aunque me hubiera acordado de ella, sin el menor escrúpulo hubiera escrito todo lo escrito; pues, en efecto, no hay parecido ni remoto en lo que Bonafoux llama plagio. Ni por el propósito, ni por el asunto, ni por la forma, ni por la importancia en la economía de la obra, hay analogías de ninguna clase. Léanse ambos episodios, y se podrá ver más claro lo que digo. Siempre me encontrará Bonafoux copiando… lo que veo, pero no lo que leo.»

El tema de la educación

Este punto es fundamental no solo en La Regenta sino en toda su obra. Leopoldo Alas Clarín era un intelectual, ávido de conocimientos, que estaba al día de las distintas corrientes filosóficas, políticas y literarias que se daban en Europa. De hecho, junto con Emilia Pardo Bazán, era de las pocas personas que entonces seguían tan puntualmente aquellos cambios socioculturales de dentro y fuera de nuestras fronteras.

Sin embargo, no podemos adscribirle a un movimiento o tendencia concreta. Cogió de cada uno lo que le interesó y fue famoso, por su mordacidad y por sus críticas literarias despiadadas. Esto probablemente se debe a su formación: estudió Derecho en Madrid y después de doctorarse consiguió una cátedra de Derecho Canónigo en Oviedo. Gran analista y perfeccionista, se preocupaba por los detalles y destacaba por su constancia en el trabajo. Se tomaba muy en serio su función como docente porque perseguía un fin: elevar el nivel cultural de la gente y de paso censurar el mal gusto y la vulgaridad.

Como buen naturalista, pretendía explicar los comportamientos del ser humano y mostrar las leyes que rigen su conducta. Por eso, en la descripción de los personajes, otorgaba mucha importancia a la educación, tanta que la consideraba responsable de sus pensamientos y sentimientos. En el caso de La Regenta, se palpa una crítica feroz a la educación religiosa (dogmática, autoritaria y muy cerrada), clara influencia del krausismo, una línea educativa que proponía una enseñanza liberal, plural y abierta que permitiera el desarrollo de las potencialidades innatas al individuo.

Aunque Clarín nunca confirmó su militancia dentro de esa línea de pensamiento, sí que le influyó; el carácter ejemplar de la personalidad de Leopoldo Alas es el de asumir los elementos dominantes del pensamiento del último tercio del siglo XIX y el krausismo era uno de ellos. En este sentido era un ciudadano que vivía bajo los mismos parámetros que sus lectores, por eso la empatía entre estos y los personajes de su novela, en donde vierte todos sus conocimientos, es automática y por tanto fructífera.

Esta crítica a la religión le acarreó bastantes problemas, hasta el punto de que La Regenta fue objeto de varios expedientes y se la consideró altamente peligrosa: En esta obra, Clarín parece que tiene una cuestión personal con el clero. Las Dignidades eclesiásticas lo ponen fuera de sí. La obra, meritoria en diversos aspectos, es, en general, peligrosa para personas que no estén suficientemente formadas en el orden moral y religioso […] en ocasiones roza la herejía.

Un narrador aparentemente neutral

En contra de lo que preconizaba Zola —creador del Naturalismo— en sus artículos de crítica literaria, Clarín no se mantuvo neutral ni distanciado con respecto a lo que contaba, no podía ocultar sus simpatías y, mucho menos, sus antipatías. Era un naturalista con matices.

Clarín tenía lo que aquellos llamaban “sentido de lo real”: ver todo lo que sucede y además intentar captar lo que los personajes piensan y sienten y hasta introducirse dentro de algunos de ellos a través del estilo indirecto libre para escuchar su voz interior y calar en su conciencia. Con esta técnica narrativa conseguía tres objetivos: 1) compensar las intervenciones del narrador en la búsqueda de esa objetividad que preconizaba el naturalismo; 2) dar la impresión de vida real y 3) plasmar su idea de que la Literatura es un arte al servicio de la sociedad, no en vano cada uno de los 150 personajes que pululan por la novela y cada una de sus acciones busca criticar o ensalzar la realidad.

El narrador de La Regenta tenía una táctica infalible: poner ante los ojos del lector a los personajes actuando, ofrecer su cara más social, su comportamiento en sociedad, pero… también les hacía a hablar. Era entonces cuando Leopoldo Alas Clarín se afilaba la lengua y dejaba que el personaje mismo se delatara revelando así sus verdaderas intenciones. Dos formas contrastadas de mostrar a los personajes, doble personalidad del punto de vista clariniano o como explicaba Germán Gullón de una forma más literaria, dos narradores: quien cuenta los sucesos y quien los colorea.

El lenguaje

El lenguaje de La Regenta es una muestra de la riqueza lingüística de aquella comunidad de hablantes de la España de finales del XIX y también de la de su creador. Domina varios niveles de lengua y lo plasma en la novela mezclando rasgos verbales inherentes a las clases bajas con extranjerismos, latinismos y cultismos, estos últimos en boca de una minoría ilustrada. Y todo ello aderezado con un maravilloso tono irónico que planea por cada uno de los rincones de Vetusta y que ya se palpa desde la primera línea.

Clarín utilizaba el léxico culto para atacar mediante el sarcasmo y la parodia, como se ve en esta divertida escena:

En fin, una palabra para concluir: ¿niega usted que si a un borracho se le priva por completo del alcohol, es lo más fácil que se presente un decaimiento alarmante, un verdadero colapso…?
Mire usted, señor pedantón, si sigue usted rompiéndome el tímpano con esas palabrotas, le cito yo a usted cincuenta mil versos y sentencias en latín y le dejo bizco; y si no, oiga usted: Ordine confectu, quisque libellus habet: quis, quid, coram quo, quo jure petatur et a quo. Cultus disparitas, vis, ordo, ligamen, honestas…
Ripamilán se retorcía de risa. Somoza, furioso, gritaba; y se oía: colapso, flegmasía…cardiopatía…y el ex–alcalde, sin atender, continuaba mezclando latines: Masculino es fustis, axis, turris, caulis, sanguis, collis, piscis, vermis, callis, follis.

Pero también se valía de frases hechas, incorrecciones y expresiones coloquiales en boca de personajes humildes con el fin de aportar frescura y espontaneidad a los diálogos; esta es una característica por la que probablemente hoy en día leemos con deleite esta obra.

Con esta utilización total del espectro lingüístico de entonces (de 1877 a 1880, épocas internas de la obra), Clarín lograba no solo caracterizar los ambientes y situaciones en que se desenvuelve la trama sino retratar verbal y psicológicamente a los personajes de su novela. Esto último lo consigue hasta el punto de que ha habido críticos que han visto, detrás de varios personajes, cualidades simbólicas representativas de la sociedad de la época: la Iglesia restaurada con ambición de poder (Fermín de Pas); el materialismo degradado (Álvaro Mesía); la tradición del honor al estilo de Calderón (Víctor Quintanar) y, por supuesto, Ana Ozores como representante de la España contemporánea con sus virtudes y sus vicios.

También ha habido estudiosos que han propuesto a algún personaje secundario como portavoz del verdadero pensamiento del autor (Frígilis, el obispo Fortunato Camoirán, el médico Benítez). Es cierto que cada uno de ellos refleja alguna característica de la personalidad y forma de entender el mundo de Clarín, pero el único que lo cumple a la perfección es la Regenta: Anita. Entre otras cosas porque comparte con el autor educación, sentimiento religioso, sensibilidad moral y sentido ético.

Pero es que además Ana —en esa escena final que adjuntamos a continuación— le ofrece a Clarín la posibilidad de quitarles la razón a todos los que ponen en tela de juicio el valor de su novela como naturalista:

Celedonio sintió un deseo miserable, una perversión de la perversión de su lascivia: y por gozar un placer extraño, o por probar si lo   gozaba, inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le besó los labios.
Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas.
Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.

Con este grotesco y demoledor final, Leopoldo Alas Clarín cumple uno de los grandes preceptos de ese movimiento literario: sacar a la luz la fealdad humana, social y moral de una Vetusta murmuradora y provinciana que rodea al personaje principal, la Regenta, una mujer que al igual que su creador luchaba por mantener sus principios a salvo.

Ya lo hemos dicho al inicio de este artículo, y lo suscribe Gonzalo Sobejano: El alma de Alas es el alma de Ana y ésta, el foco de la obra entera.

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