Literatura erótica. Primera parte

Categoría (General, Taller literario) por Ana Merino y Ane Mayoz el 04-04-2019

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Vamos a comenzar con una cita de Gregorio Morales, extraída de la Antología de la literatura erótica, para entender de qué hablamos:

“Mientras la literatura erótica es —como la novela policíaca, la novela del oeste o la novela rosa— un subgénero literario (digno de todo respeto) con sus reglas correspondientes —las cuales resultan insoslayables—, el erotismo en la literatura está libre de constricciones y normas, no tiene sujeciones de ningún tipo. Es producto de la atmósfera o de un momento o momentos determinados de la acción… A menudo surge, no es buscado. O se encuentra tan íntimamente entrelazado al resto de la obra que, en lo afrodisíaco, siempre reverberan otras dimensiones. Por todo ello, el erotismo literario consigue unos efectos de mucho más largo alcance que la denominada literatura erótica.

No obstante, las fronteras entre uno y otro son difusas. Hay obras literarias que se amoldan, enteras o en parte, a los requisitos de la literatura erótica (por ejemplo, El decamerón, de Boccaccio; Las mil y una noches; el Don Juan de Byron; El monje, de Lewis…). Hay textos puramente eróticos que, por su genialidad, originalidad o tratamiento inusual de algún aspecto, pueden considerarse con todos los honores dentro de lo literario (Los dijes indiscretos, de Diderot; Las once mil vergas, de Apollinaire; Delta de Venus, de Anaïs Nin; Teleny, de Oscar Wilde…).”

Como les ha sucedido durante tanto tiempo a otros géneros, la literatura erótica ha sido considerada como arte menor, o subliteratura, por parte de críticos e historiadores hasta hace bien poco.

Lo difícil es clasificar una novela dentro de este género. En ese momento surge el primer problema: qué criterios tener en cuenta y a partir de qué momento puede considerarse como erótica una novela. Y esto se debe a la infinita variedad de niveles que comporta el erotismo literario, desde la emoción estética y sensual hasta la pornografía, pasando por la chocarrería, el libertinaje y la obscenidad.

Si nos retrotraemos, comprobamos que la Grecia clásica tuvo la ventaja de no tener que poner límites a una literatura erótica: el erotismo se hallaba en todas partes y se desarrollaba en la espontaneidad y la evidencia. La Edad Media conserva todavía el privilegio de una cuasi-libertad de escritura: la chocarrería nunca deparó una buena obra. Tras las guerras de religión, el cristianismo procedió a una distinción ideológica rigurosa y estableció el punto de partida entre lo decente y lo que no era tal; así nace la literatura erótica, que toma consciencia de sí misma justamente cuando se la condena como pecadora.

La máxima expresión de literatura erótica se dio a comienzos del siglo XVIII. París era la capital del mundo: en sus salones se cocinaban las ideas que estaban a punto de cambiar la Historia y en sus calles recién iluminadas el filósofo convivía con el libertino, dos categorías que muchas veces terminaban confundiéndose en una sola. El mejor ejemplo lo tenemos en uno de sus gobernantes: Felipe de Orleáns —consciente de que entre las responsabilidades de un mandatario está la de dar ejemplo— se dedicó a organizar en el Palacio Real algunas de las francachelas más salvajes que vio el siglo.

Durante el siglo XVII, el concepto de erotismo se enriqueció con un alcance nuevo: al libertinaje de las costumbres, se asocia el libertinaje de pensamiento. En este siglo, el término se reservaba para ateos y librepensadores, en cambio en el siglo XVIII se emparenta con la sensualidad. El libertino ilustrado es un hedonista que no reconoce más moral que la natural: un caballero elegante, cínico y materialista que colecciona engaños y amoríos y trata de no desaprovechar ninguno de los placeres que el mundo oferta a su alrededor. Para él no hay normas, ni tampoco un cielo o un infierno en el que pasar la eternidad. Así, en lugar de controlar sus pasiones, las satisface. Esto se nota en la producción literaria; si en la literatura francesa del XVI y del XVII hubo algunos cancioneros burlones y subidos de tono, en el XVIII triunfó la narrativa realista y libertina.

La literatura erótica no debe parecernos una forma bastarda de literatura, sino literatura simplemente. Eso sí, puede ser buena o mala; o lo que es lo mismo la posible distinción entre novela pornográfica (donde solo cuenta la obscenidad y no la forma ni la presentación) y novela erótica (sin que se llegue a endulzar el libertinaje, prima el deseo de hacer algo estético).

La novela erótica puede perseguir diferentes finalidades. Hay novelas donde aparece la parodia; otras presentan la reflexión sobre la necesidad y la expresión del erotismo vivido a diario, esto es, son novelas eróticas edificantes; otra es la de carácter educativo, es pedagógica; y por último, la finalidad poética, donde las imágenes suscitan deseos tanto más alocados cuanto más imprecisos.

El erotismo está más vivo en la literatura de lo que se piensa; y, en última instancia, cabría encontrarlo en textos donde ningún síntoma parece revelarlo, donde se hallaría implícito, entre líneas, en el espíritu del libro y no en su escritura.

Por tanto, un relato erótico lo es no por lo que dice o cuenta o explica, sino por lo que insinúa (es decir, por lo que calla y cómo lo calla). El arte de narrar es el arte de decir, pero sobre todo el arte de saber callar a tiempo. He ahí la escena de Madame Bovary en la que Emma se entrega por primera vez a León Dupuis en un carruaje que, con las cortinas bajadas, recorre una y otra vez las calles de Rouen. En ningún momento Flaubert nos dice lo que ocurre dentro del carruaje, pero ese silencio dota de toda su eficacia al episodio.

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