Los secretos de Thomas Wolfe para escribir novelas

Categoría (Consejos para escritores, General) por administradorweb el 14-05-2021

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“Uno jamás escribe una novela para recordarla, sino para olvidarse de ella”, afirma Thomas Wolfe en Historia de una novela que publica estos días la editorial Periférica. El autor comparte en esta pequeña obra reflexiones e intimidades de su proceso creativo que pueden resultar muy útiles para cualquier aprendiz de escritor. “Todo cuanto tenga que decir sobre mis andanzas como escritor a la larga podría ser de ayuda para otras personas”, con este espíritu constructivo relata su experiencia personal y profesional.

Destaca la importancia de utilizar “el material y la experiencia” propias para “crear algo que posea un valor sustancial”. “Tengo la convicción de que todo trabajo creativo serio debe ser en el fondo autobiográfico”. Silvia Colomé recoge en un artículo publicado el 2 de mayo de 2021 en La Vanguardia algunos de sus secretos:

Experiencias autobiográficas. Y esta es precisamente una de las principales características de su obra. El casi “basado en hechos reales” que llevó al extremo en su primera novela, El ángel que nos mira (1929), hasta el punto de que la alabada ópera prima fuera profundamente rechazada por los vecinos de su población natal, que se vieron retratados, incluso desenmascarados. Wolfe extrajo de esta experiencia una lección para cualquiera que quiera dedicarse a la creación literaria: “El joven escritor suele confundir lo factual y lo real. Inconscientemente, tiende a describir tal o cual hecho de cierta manera porque las cosas, en efecto, sucedieron así, y ahora considero que, desde un punto de vista artístico, se trata de un error”.

La importancia del trabajo. Otra clave del éxito: “El artista no solo debe vivir, padecer, amar, sufrir y disfrutar como los demás seres humanos, sino que también debe trabajar como el que más”. Por tanto, trabajo y trabajo. Y mucho trabajó el joven de Asheville en su siguiente novela, cuyo proceso creativo también describe en este breve ensayo titulado Del tiempo y el río, que el inexperto Wolfe tardó cinco años en escribir. Marchó a París para iniciar la novela: No hace falta ir muy lejos para inspirarse, puesto que como él bien dice: “¡Un lugar ideal para trabajar!”, es “dondequiera que uno estuviera, siempre que en ese momento albergáramos el deseo de trabajar”.

Aprender a recortar. Cuando llevaba tres años y medio de trabajo ya había escrito un millón y medio de palabras. Al final, tocó recortar y renunciar. “Tuve que afrontar la amarga elección que todo escritor debe aprender: algo que en sí mismo está bien escrito no necesariamente tiene por qué encontrar un lugar en el manuscrito final”. Y añade: “Mi espíritu se estremecía ante aquella cruel ejecución. Mi alma se encogía ante el destrozo de tantas cosas queridas, en las que había puesto mi corazón, y que ahora estaban siendo suprimidas. Pero así tenía que ser y así lo hicimos”.

Poner el punto y final. Habla en plural porque en el ensayo también expone la importancia de un buen editor como el que tuvo, Maxwell Perkins, descubridor de Scott Fitzgerald o de Hemingway. De él extrajo otra lección: la necesidad de dar por terminada una obra. “Me dijo que dentro de mí había veinte, treinta, incontables libros, y que lo importante era escribirlos todos en lugar de pasarme el resto de la vida perfeccionando uno solo”.

Al final Wolfe solo acabó publicando cuatro novelas debido a su prematura muerte, 38 años, por tuberculosis. Aun así, escribió lo suficiente para ser considerado uno de los narradores norteamericanos más relevantes de la primera mitad del siglo XX. Y dejó este pequeño legado que explica cómo lo logró.

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