Narrador externo: omnisciente

Categoría (General, Taller literario) por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz el 06-01-2023

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Ejemplo 1

A una señora silenciosa, que suele sentarse al fondo, conforme se sube a los billares, se le murió un hijo, aún no hace un mes. El joven, se llamaba Paco, y estaba preparándose para correos. Al principio dijeron que le había dado un paralís, pero después se vio que no, que lo que le dio fue la meningitis. Duró poco y además perdió el sentido en seguida. Se sabía ya todos los pueblos de León, Castilla la Vieja, Castilla la Nueva y parte de Valencia (Castellón, y la mitad, sobre poco más o menos, de Alicante); fue una pena grande que se muriese. Paco había andado siempre medio malo desde una mojadura que se dio un invierno, siendo niño. Su madre se había quedado sola, porque su otro hijo, el mayor, andaba por el mundo, no se sabía bien dónde. Por las tardes se iba al café de doña Rosa, se sentaba al pie de la escalera y allí se estaba las horas muertas, cogiendo calor. Desde la muerte del hijo, doña Rosa estaba muy cariñosa con ella. Hay personas a quienes les gusta estar atentas con los que van de luto. Aprovechan para dar consejos o pedir resignación o presencia de ánimo y lo pasan muy bien. Doña Rosa, para consolar a la madre de Paco, le suele decir que, para haberse quedado tonto, más valió que Dios se lo llevara. La madre la miraba con una sonrisa de conformidad y le decía que claro que, bien mirado, tenía razón. La madre de Paco se llama Isabel, doña Isabel Montes, viuda de Sanz. Es una señora aún de cierto buen ver, que lleva una capita algo raída. Tiene aire de ser de buena familia. En el café suelen respetar su silencio y sólo muy de tarde en tarde alguna persona conocida, generalmente una mujer, de vuelta de los lavabos, se apoya en su mesa para preguntarle: ¿qué?, ¿ya se va levantando ese espíritu? Doña Isabel sonríe y no contesta casi nunca; cuando está algo más animada, levanta la cabeza, mira para la amiga y dice: ¡guapetona está usted, Fulanita! Lo más frecuente, sin embargo, es que no diga nunca nada: un gesto con la mano, al despedirse, y en paz. Doña Isabel sabe que ella es de otra clase, de otra manera de ser distinta, por lo menos.

Este fragmento de la conocida novela de Camilo José Cela, La colmena, es un buen ejemplo de la utilización del narrador omnisciente. Un tipo de narrador muy habitual: puede decirlo todo, puede comentar, permite añadir datos en cualquier momento… Por todo esto resulta muy cómodo a la hora de contar una historia, pero tiene el peligro de convertir a los personajes en títeres.

En el texto, se puede comprobar perfectamente la manipulación del narrador; las voces de los personajes no aparecen entrecomilladas: «[…] ¿qué, ya se va levantando ese espíritu?«. Tampoco cuando se presentan en estilo indirecto, lo que no deja de ser otra forma de manipulación porque esas frases resultan ambiguas, no se sabe con seguridad si son solo de los personajes o también del narrador. Estamos ante una perspectiva que es totalmente subjetiva respecto de lo que cuenta; no se limita a narrar la historia, sino que también juzga, opina sobre el pasado de los personajes…

Fíjate que este punto de vista utiliza la tercera persona, porque está fuera del relato. Su característica principal es que lo ve y lo sabe todo, que amplía la información con datos que solo él posee por ser omnipresente.

Ejemplo 2

El señor Nickleby cerró un libro de cuentas que estaba en el escritorio y, arrellanándose en su asiento, miró con aire distraído por la sucia ventana. Algunas casas de Londres tienen una melancólica parcelita de tierra en la parte de atrás, por lo general rodeada por cuatro altos muros encalados y por los amenazantes cañones de las chimeneas, y en la que se marchita, año tras año, un pobre árbol que, en un auténtico alarde, echa unas cuantas hojas a finales de otoño, cuando los demás árboles se despojan de las suyas y, agostándose con el esfuerzo, sobrevive, todo agrietado y ennegrecido hasta la siguiente estación… Hay quienes llaman “jardines” a estos oscuros patios. No se supone que los plantaran, sino que son terrenos que nadie reclama, con la vegetación marchita de la cantera de arcilla original. A nadie se le ocurre entrar en ese desolado lugar, ni darle la menor importancia. Tal vez se tiren unas cuantas cestas, media docena de botellas rotas y otros desperdicios por el estilo, cuando se muda el inquilino, pero nada más; y allí se queda todo hasta que el inquilino vuelve a marcharse: la paja húmeda tarda en consumirse lo que le parece conveniente, y en entremezclarse con el exiguo boj, los raquíticos árboles de hoja caduca y las macetas rotas, lúgubremente desperdigadas por todas partes: presa de los “negros” y la mugre.

Un lugar como ese contemplaba don Ralph Nickleby… Clavó la mirada en un abeto deformado, que un inquilino anterior había plantado en una cuba que en sus tiempos fue verde y allí se quedó, años antes, pudriéndose poco a poco… Por último, su mirada se posó en una ventanita sucia a la izquierda, por la que se veía borrosamente la cara del empleado, dio la casualidad de que el hombre alzó la vista, y el señor Nickleby le hizo señas de que acudiera.

Este es un fragmento que pertenece al libro Nicholas Nickleby (1838) de Charles Dickens. En este caso comprobamos cómo el narrador omnisciente abandona al personaje y se centra en describir algunas casas de Londres de una forma muy particular y subjetiva; es una descripción repleta de comentarios: “en un auténtico alarde”, “no se supone que”, “hay quienes llaman”… Con adjetivos subjetivos también: “aire distraído, melancólica parcelita, raquíticos árboles” y a esto añadimos las figuras retóricas como comparaciones, personificaciones…

En definitiva, lo bueno de este narrador es que permite abreviar el material narrativo, al ser capaz de saltar de un lugar a otro y de un tiempo a otro, y que ayuda a la hora de contar lo más absurdo como si fuera lo más natural del mundo. En cambio, lo controla todo, por eso hay que evitar que manipule en exceso —con el fin de que los personajes no se queden al margen— y coarte la imaginación del lector.

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