Lukács. Teoría de la novela

Categoría (El mundo del libro, El oficio de escribir, General) por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz el 26-11-2022

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Georg Lukács (1885-1971) escribió Teoría de la novela en el invierno de 1914-1915, cuando Europa estaba inmersa en una funesta guerra y su alma comenzaba a sentir el vértigo de la revolución. Es una obra ambigua, con fuerte olor a clasicismo esencial y nostalgia helénica, concebida bajo la influencia de sus recientes estudios en Berlín y Heidelberg y a la sombra de sus maestros Windelband, Rickert, Dilthey, Husserl y Simmel, que le inculcaron el concepto de “totalidad”, fundamento último de todo su pensamiento.

Podríamos definir “totalidad” como la unidad de lo múltiple o la multiplicidad de lo uno. Es decir, “totalidad» viene a expresar esa armonía de los opuestos de que habló por primera vez Heráclito. Los momentos particulares no pueden ser absorbidos por la totalidad; ésta, por el contrario, se afirma y se realiza justamente en todos y cada uno de los momentos particulares. Este equilibrio, armonía y relación de lo uno a lo múltiple y viceversa, es esencial para entender la categoría heraclitiana de totalidad.

Y esa totalidad la descubre Lukács en el mundo cerrado y perfecto, en “la polis” tal como la describe Homero. Allí el hombre se sentía cómodo porque era un mundo pequeño, hecho a su medida, sin grandes amenazas que turbaran su intimidad. En este mundo cerrado nace la epopeya: El mundo épico, dice Lukács, responde a la pregunta: ¿Cómo la vida puede volverse esencial? Y responde: mediante la adaptación del espíritu al mundo y viceversa, cuando existe una plena conformidad de los actos a las exigencias interiores del alma.

Los hombres no palpan todavía el desgarre interior, la soledad ante el mundo. Son hombres de una sola pieza sin dobleces o duplicidades subjetivas; sus acciones responden perfectamente a los imperativos del espíritu. Los héroes de la epopeya homérica son la hechura consumada de su propio destino, la perfecta actualización de su esencia. Nacen, aman, odian, matan y mueren sin remordimientos en los repliegues de su alma. No la angustia del no poder realizarse; ellos se realizan completamente y su vida es exactamente lo que debía ser.

Es un universo, por tanto, homogéneo y circular; en él no pueden darse ni acciones insospechadas, ni trampas imprevisibles; todo sucede dentro de los carriles del destino más perfecto y más implacable. Y nadie tiene la menor intención de romper ese círculo; todo es orden, forma, mundo platónico-aristotélico, perfección consumada. El griego se siente siempre acompañado. El destino no deja jamás de guarecerlo bajo sus alas, y todo, incluso la muerte, llega como algo esperado, sin violencias ni estridencias: todo está planificado.

Este cosmos homogéneo vuelve a darse en la Edad Media: En Giotto y Dante, en Wolfram de Eschenbach y Pisano, en Santo Tomás y San Francisco, el mundo vuelve a ser una circunferencia cerrada, una totalidad captada de una sola mirada. El hombre medieval se siente seguro, porque camina de la mano de La Providencia; carece de interioridad, pero el terror de la soledad no ahoga su garganta… hasta que la divinidad se aleja de él y ese mundo se desvanece con el Renacimiento. El mundo deja de ser cosmos, para devenir enigma, misterio impenetrable.

La soledad llega en el momento en que el hombre reclama la libertad para buscar la verdad y el conocimiento, lo que implica la necesidad de elegir y, por tanto, genera inseguridad. El mundo ya no está ordenado; yo tengo que darle forma, yo debo hacer mi vida. Se abre un horizonte nuevo, abierto a numerosas posibilidades, en el que cada uno, sin ayuda de nadie, ha de elegir un camino, aún a sabiendas de que será torcido. El hombre del Renacimiento es esencialmente solitario en medio de un universo amenazante.

Y lo grave es que, rota la unidad homogénea del orbe medieval, no hay lugar para ninguna otra totalidad espontánea del ser. Al correr de los siglos, la inseguridad existencial aumentará en la proporción en que la divinidad se va ocultando. El hombre jamás podrá ver claro, pues su vida se ha llenado de oscuridad tenebrosa. Al desaparecer la seguridad humana —dice Lukács—, desaparece también la epopeya, para dar paso a la novela, que plantea el conflicto que se produce entre la realidad que rodea al hombre y el mundo ideal al que aspira.

El novelista acepta la estructura social que ya existe, pero, apoyándose en ese ideal, pretende que su héroe se involucre para inculcar sus valores y, al mismo tiempo, descubrir su propia esencia. El mundo es imperfección y hay que cambiarlo, aunque, en el plano subjetivo de la experiencia, nada se consigue y el héroe gustará el amargor del fracaso; Aquiles y Ulises darán paso al generoso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

El pensamiento de Lukács en este libro es marcadamente idealista. La nostalgia de un mundo griego perdido y el dolor de una totalidad rota asaltan al escritor en toda su obra. Marx todavía no ha logrado cautivarlo y él, como hombre moderno, se siente solo, angustiosamente solo. La única forma organizadora y unificadora de la vida es el tiempo. La temporalidad suprime el carácter aislado de los acontecimientos para ser el hilo que enlaza todas las existencias solitarias del hombre.

El libro se publicó por primera vez en 1916, cuando el autor todavía añora la totalidad perdida. Pero en 1918, parece que la encuentra. La totalidad del mundo griego y medieval aparece de nuevo con Hegel y Marx; Lukács abandona su soledad y se sumerge en la defensa de una nueva totalidad: la dominación del todo sobre las partes constituye la esencia del método que Marx pidió prestado a Hegel, en oposición a la filosofía burguesa-empirista, de que el todo no es más que la suma mecánica de las partes que lo integran.

Se inscribe en el Partido Comunista Húngaro y, en 1919, es nombrado ministro de Cultura en el gobierno revolucionario de Bela Kun. Un año más tarde, cayó el gobierno soviético de Hungría y Lukács huyó a Viena, donde fue encarcelado por las autoridades austríacas.  Gracias a la presión que ejerció la comunidad intelectual europea, conocedora de su obra, fue liberado y pudo dedicarse de nuevo a sus trabajos de filosofía y crítica literaria.

En 1923, publica Historia y conciencia de clase, considerado como uno de los textos más importantes de la literatura marxista. El libro no fue bien acogido por la mayor parte de los dirigentes comunistas. Es expulsado del partido, pero vuelto a ser aceptado en 1929, tras publicar una Autocrítica a sus textos —que, años más tarde, consideró como una mentira necesaria— y abandonar toda actividad política.

En 1956, jugó un papel importante en la revolución contra el gobierno de la República de Hungría, por sus políticas impuestas desde Moscú. En octubre de ese año, ingresó en el gobierno de Imre Nagy como ministro de Cultura Popular. Cuando los tanques rusos entraron en Budapest, fue encarcelado por los soviéticos y luego deportado a Rumania hasta 1957, año en que regresa a Budapest, para —alejado del poder y marginado— repensar el marxismo, que definitivamente había abrazado, no siempre al gusto de los dirigentes comunistas que le acusaban de revisionista. Lukács nunca fue un marxista ortodoxo.

Dice el autor que la razón que le impulsó a escribir Teoría de la novela fue el estallido de la Primera Guerra Mundial y el efecto que produjo en la izquierda europea la aceptación de la misma por los partidos social-demócratas. Su postura era de completo rechazo a la contienda y, sobre todo, al entusiasmo que despertaba. Él suponía que las Potencias Centrales probablemente derrotarían a Rusia, lo que podía acarrear la caída del zarismo: en eso, estaba de acuerdo. Pero existía también la posibilidad de que Occidente derrotara a Alemania, con la consiguiente caída de los Hohenzollern y los Habsburgo: en eso, también estaba de acuerdo. Pero luego surgía la gran pregunta: ¿Quién nos salvaría de la civilización occidental?

“Mi rechazo a la guerra y la sociedad burguesa de la época eran puramente utópicos; ni siquiera en el plano del pensamiento más abstracto, concebía yo mediaciones entre la toma de posición subjetiva y la realidad objetiva. Por eso, no sentía necesidad alguna de replantear mi concepción del mundo, ni la forma de mi trabajo científico. Me encontraba entonces en proceso de transición de Kant a Hegel, pero sin cambiar por ello mi relación con los métodos de las “ciencias del espíritu.”

Ya hemos dicho que, en aquella época, el autor húngaro estaba en plena evolución hacia las teorías de Hegel. Los demás defensores de “las ciencias del espíritu” se situaban en un terreno “kantiano”, no exento de influencias positivistas. Y los intentos de superar ese racionalismo conducían siempre al irracionalismo, como le ocurrió a Simmel e incluso a Dilthey. Pero él ya había dado un paso; fue el primero en aplicar resultados de la filosofía hegeliana a problemas estéticos de un modo concreto.

Pero él no fue un hegeliano ortodoxo. Para Hegel, el desarrollo histórico desemboca en una especie de superación de los principios estéticos; el arte se hace problemático precisamente porque la realidad ha dejado de ser problemática. La postura de Lukács es la contraria: la problemática de la forma novelística refleja un mundo salido de quicio. La prosa de la vida no es más que un síntoma, entre otros muchos, de que la realidad ha dejado de suministrar motivos para el desarrollo del arte. El problema central de la forma novelística es la de conseguir que el arte abandone las formas cerradas, porque ya no existe una totalidad entitativa espontánea de la realidad presente.

Tras la primera publicación de Teoría de la novela en 1916, Luckács no permitió la reimpresión hasta 1962. La nueva edición sumó un prefacio del propio autor, en el cual critica su obra con un desapego que no deja de sorprender: “Si alguien lee hoy el libro para conocer la prehistoria de las ideologías que marcaron la década de los años 20, sacará provecho. Pero si el lector pretende utilizarlo como manual, solo logrará desorientarse aún más”. La guerra lo despertó de su sueño para sumergirlo en la realidad convulsa del siglo XX.

Si en Teoría de la novela, la totalidad se realiza dentro de un mundo pequeño, cercano y acogedor, a partir de Historia y conciencia de clase, esa totalidad se vuelve inmanente y dinámica. Lukács abandona su soledad, y se une al movimiento hegeliano-marxista, a su filosofía de pueblos y de clases. El hombre se siente nuevamente acompañado e incorporado a un pueblo o a una clase, y de esta manera se siente otra vez partícipe y guiado de la mano de la divinidad.

Es un libro abstruso, de difícil comprensión. Cada uno de sus párrafos exige una profunda y repetida lectura para entender su significado o , al menos, para hacerse una idea de lo que el autor quiere decir. Eso, en el mejor de los casos, porque, casi siempre, el intento terminará en fracaso. Si usted, amigo lector, es audaz y quiere probar fortuna, le sugerimos que eche un vistazo al texto del libro que se incluye en este enlace y nos dé su opinión. Si aguanta más de una hora con la lectura sin levantar la cabeza, es porque tiene usted madera de héroe. ¡Ánimo!

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