Joyce. Sobre la escritura

Categoría (El libro y la lectura, El oficio de escribir, General) por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz el 26-02-2022

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James Joyce (Dublín, 1882-Zurich, 1941) es uno de los grandes escritores del siglo XX, representante destacado de la corriente literaria de vanguardia conocida como modernismo anglosajón. Aunque pasó la mayor parte de su vida adulta fuera de Irlanda, sus novelas se desarrollan en su ciudad natal. Casi todas son de carácter autobiográfico y en ellas, con una minuciosa atención a los detalles, muestra cómo trasladar el proceso de pensamiento a la palabra escrita, haciendo que su literatura sea a la vez realista y simbólica, subjetiva y objetiva, personal y universal.

Su obra maestra, el Ulises —publicada por primera vez ahora hace cien años— es una de las obras más influyentes de la literatura universal, por su particular retrato de la naturaleza humana, la maestría en el uso del lenguaje y la aplicación de técnicas narrativas diferentes en cada capítulo. Una de ellas es el monólogo interior, cuyo inventor fue Èdouard Dujardin, aunque Joyce lo desarrolló hasta sus máximas consecuencias. Consiste en dejar que los pensamientos de los personajes fluyan sin ningún control externo, como ocurre en el capítulo final de la novela, en el que Molly Bloom divaga en ocho frases larguísimas que carecen por completo de puntuación.

Es una novela llena de simbolismo. Ocurre en un solo día y explora con meticulosidad la vida de tres dublineses de la clase media baja: el judío Leopold Bloom, que vaga por las calles de Dublín para evitar volver a casa, en la que sabe que su mujer, Molly (segundo personaje), le está siendo infiel; y el joven poeta, Stephen Dedalus, cuyos ataques a la Iglesia Católica dejan entrever su condición de  alter ego del autor. Desde muy joven —seguramente como efecto de la rigidez y de la disciplina férrea de haber estudiado con los jesuitas—, Joyce perdió la fe en la religión.

Esto explicaría por qué el libro fue acusado de obsceno y blasfemo y permaneciera diez años prohibido, antes de convertirse en una de las novelas más célebres y, al mismo tiempo, más discutidas. En los cien años transcurridos desde su aparición, el libro ha logrado despertar el interés de todo tipo de adeptos en el mundo de la cultura, con un influjo notable en músicos, cineastas y creadores en todas las disciplinas, incluida la ciencia.

No deja de sorprender la fascinación que todavía produce Joyce en la comunidad intelectual, habida cuenta de la dificultad de su lectura. El aparente hermetismo de sus obras —sobre todo, las dos últimas— no es argumento a su favor; y tampoco lo es la utilización de un lenguaje propio que desdeña las reglas gramaticales, el orden sintáctico y la puntuación, para crear palabras nuevas combinando diferentes unidades etimológicas y semánticas en construcciones que encierran infinitos significados.

En su obra póstuma, Finnegans Wake, abandona toda convención de argumento, trama y diseño de los personajes, apoyado en un lenguaje oscuro e inextricable, basado sobre todo en complejos juegos de palabras expuestos en distintos niveles significativos y tomados de varias lenguas. ¿Por qué escribió Joyce una obra que muy pocos s son capaces de leer? No hay una respuesta o se pueden aventurar muchas, entre ellas, la de que su objetivo era superar las dificultades de interpretación que ofrecía el Ulises. Lo único cierto es que leer Finnegans Wake es un ejercicio para gente valerosa.

El pensamiento artístico y literario de Joyce

A lo largo de su obra, Joyce ha dejado constancia de su pensamiento io en boca de sus personajes o mediante comentarios del narrador. Son reflexiones sobre el proceso creativo, las técnicas narrativas y el papel del escritor, así como una serie de observaciones muy agudas sobre las críticas a su propia obra, que Federico Sabatini (1973) —profesor de Lengua y Literatura inglesa en la Universidad de Turín— se ha encargado de recoger en un libro titulado Sobre la escritura (editorial Alba 2011), una pequeña joya para los apasionados a la literatura.

La primera parte del libro reúne las frases más certeras de Joyce en torno a la obra de arte: sus peculiaridades y fines y su relación con la fantasía y realidad. Ofrece, además, varias especulaciones sobre la naturaleza del lenguaje y del estilo y concluye con un capítulo dedicado al proceso de escritura; de toda esa información, hemos seleccionado una perla sobre cada una der las materias tratadas:

¿Qué es el arte? El arte consiste en organizar la materia sensible y la inteligible con una finalidad estética. No es un “modo de huir de la vida”; no tiene nada que ver con la idea romántica de un mundo ajeno al nuestro, sino que surge de la vida misma, de la que es “expresión suprema”. Debe enfrentarse a la realidad y plasmar las múltiples vidas que vivimos, incluso las más ocultas. De ahí, que no exista una sola forma de arte, sino muchas, tantas como formas de vida. Dicho de otro modo, el arte no ha de imitar la vida, sino “recrearla”, por lo que no puede haber un único modo de crear “buen arte”.

Estética y epifanía. La epifanía ocupa un lugar central en la poética de Joyce. La define como “una súbita manifestación espiritual” que el escritor ha de registrar meticulosamente. Es un instante de extraordinaria clarividencia que permite acceder a un significado profundo y que se prolonga paradójicamente en la conciencia: contiene el pasado, el presente y el futuro; al experimentarlo, el sujeto se sume en un estado de autoconciencia que impulsa la creación artística. La verdad es el objeto del apetito intelectual; la belleza es el objeto del apetito estético. La posesión espiritual de lo verdadero se alcanza a través de la intelección; la de lo bello, mediante la aprehensión: los apetitos intelectuales y estéticos son, pues, apetitos espirituales.

El proceso de la escritura. Escribir una novela requiere un esfuerzo sostenido. La búsqueda de la precisión extrema hace de la escritura una tarea agotadora, pues obliga a proceder “no palabra por palabra” sino letra por letra. Lo que importa no es lo que uno escribe, sino cómo lo escribe: la forma es inseparable del contenido, ya que el contenido lleva siempre aparejado su propia forma o estilo, y a la inversa. Por lo demás, el escritor moderno debe ser, ante todo, un aventurero y estar dispuesto a correr cualquier riesgo y a fracasar en su empeño, si hace falta.

Estilos literarios. En el caso de Joyce, hay que hablar de estilos en plural. Tras la minuciosa sobriedad de Dublineses, los experimentos verbales de Retrato del artista adolescente y la tosca originalidad propugnada por Stephen Dedalus, Joyce llega a las variaciones estilísticas de Ulises, que son la única manera de condensar todos estos vagabundeos de Leopold Bloom por la ciudad de Dublín en el espacio de un día y amoldarlos a la forma de ese día. Se trata de reflejar con palabras el color y el sonido de la ciudad: su aspecto gris y, sin embargo, reluciente; sus alucinadoras neblinas; su destartalado caos; el ambiente de sus bares y su estancamiento social. Estos conceptos no se podían transmitir más que a través de la textura de las palabras con las que toda obra de arte busca comunicar emociones, restando así importancia a las ideas y al argumento de las tramas.

Imaginación e inspiración. La imaginación no es sino la reelaboración de lo recordado. El artista es el sacerdote de la imaginación imperecedera capaz de transmutar el pan cotidiano de la experiencia en materia que vive eternamente. Pero Joyce es consciente de la fragilidad que caracteriza el proceso imaginativo en que se funda la inspiración. Al carácter etéreo de la imaginación se opone la necesidad de concretarla, de darle una forma precisa mediante la inspiración y la creación estética. Parafraseando a Giambattista Vico: “La imaginación es memoria, puesto que las dos entrañan facultades cognitivas similares y la capacidad de visualizar algo inaprensible”.

La lengua. “Toda palabra es extraordinariamente profunda”. Esta frase, extraída de un fragmento de Ulises, revela la idea joyceana del lenguaje. Alaba las expresiones concisas que ofrece el latín y hace hincapié en la necesidad de manejar debidamente la sintaxis: la importancia decisiva del lenguaje se obtiene mediante el conocimiento de la gramática, la ortografía y la etimología. Pero reconoce que la sintaxis y el estilo son inciertos y caprichosos: van por otro camino. Detrás está la meticulosidad y el afán de precisión, hasta lograr la expresión correcta, regida por normas relativas unas veces a las cosas y otras a las ideas.

Editores contumaces. El capítulo final de la primera parte se centra en el combate entre Joyce y sus editores y las dificultades que tuvo el escritor irlandés para publicar sus libros. Según él, si un escritor cree en su obra, no debe hacer concesiones hasta el punto de mutilarla por motivos comerciales: “Estoy dispuesto a creer que, cuando mi editor me aconsejó que no insistiera en publicar los relatos que me ha devuelto, lo hizo con buena intención; me acusa de obstinado por negarme a modificar ciertos detalles. Esos detalles pueden parecer triviales, pero, si los suprimiera, Dublineses sería para mí como un huevo sin sal.

La opinión de los críticos. A los críticos les gusta más atacar a los escritores que a los editores. Si me atacaran a mí, eso no aceleraría mi muerte. Y si atendemos al éxito comercial, es muy probable que un ataque, incluso feroz y organizado por parte de la prensa, hiciera al público interesarse por el libro, más que el cansino coro aprobatorio con que la crítica acoge todo libro que no supone un peligro para la fe o para la moral.

La segunda parte del libro se centra en la figura del “artista-escritor” y consta a su vez de tres apartados:

  • Retrato joyceano del artista escritor. Recoge una serie de pasajes sobre la naturaleza de la inspiración, las cualidades que ha de poseer el verdadero artista y su condición ideal de “intermediario” entre la realidad y los sueños (entre el mundo interior y exterior).
  • Autorretrato del artista Joyce. Aglutina fragmentos autobiográficos en los que Joyce se describe a sí mismo como escritor.
  • Retrato de Joyce como crítico. Presenta la faceta de Joyce como crítico literario, con una relación de sus opiniones sobre los escritores más conocidos de la época, tanto de los que admiraba como de los que no.

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