Realismo y naturalismo en la novela galdosiana

Categoría (El libro y la lectura, El mundo del libro, General) por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz el 26-02-2019

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El realismo es un movimiento literario que nace en Francia, a mediados del siglo XIX, como respuesta al sentimentalismo romántico de la época anterior y con la pretensión de representar fielmente la realidad. Las transformaciones sociales que siguieron a la Revolución Francesa y el desarrollo industrial que vino después propiciaron la aparición de dos nuevas clases sociales enfrentadas entre sí: un proletariado que vendía su fuerza de trabajo a cambio de un salario irrisorio, y una burguesía, dueña de los medios de producción, que se esforzaba por acrecentar su capital; cada una de ellas dotada de nuevas formas de vida que nunca antes habían existido. Stendhal (1783-1842) y Balzac (1799-1850) fueron los precursores de este movimiento, al que siguieron Dumas hijo (1824-1895), Flaubert (1821-1880) y Maupassant (1850-1893) en Francia, Dickens (1812-1870) en Inglaterra y Tolstoi (1828-1910) y Dostoievski (1821-1881) en Rusia, entre otros muchos.

A partir de 1880, el realismo evoluciona hacia el naturalismo, añadiendo a aquél un componente psicológico: el contexto en que se desenvuelve un personaje condiciona inexorablemente su comportamiento, anticipando lo que, más tarde, diría Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mis circunstancias”. Zola (1840-1902) fue el principal representante de esta escuela, cuyo propósito era describir los males sociales y las causas que los provocan, para propiciar su acabamiento. De ahí que la novela naturalista se ocupe sobre todo de las clases más desfavorecidas —jornaleros, delincuentes, prostitutas…—, con la consiguiente alarma de la sociedad puritana de la época.

Cuando Benito Pérez Galdós (Las Palmas, 1843-Madrid, 1920) aterrizó en Madrid en 1862 para estudiar derecho, encontró una sociedad convulsa, asfixiada por la inestabilidad política, la debilidad de la Corona y la presencia del estamento militar en el gobierno de la nación. Ensimismado en sus problemas internos, el país vivía aislado; la desconfianza y el miedo a lo extranjero alentaba el proteccionismo económico. La decadencia proseguía sin que nadie lo advirtiera. Larra se había suicidado en 1837.

La vida intelectual seguía la misma pauta. El público lector había crecido notablemente, gracias al desarrollo de la prensa, que ofrecía en entregas coleccionables literatura folletinesca, propia de un Romanticismo que, en España, fue breve y tardío. Pero ya se atisbaba el cambio. En los círculos más progresistas, se empezó a hablar de una ola de escritores europeos que habían adoptado el realismo literario para describir la vida y costumbres de una clase media acomodada, con la infidelidad conyugal como motivo central del relato. Galdós se apuntó en el Ateneo a su lectura y gustó del estilo que utilizaban: la reproducción exacta de la realidad, la descripción minuciosa de la gente, su indumentaria, el hablar de cada personaje. Tenía 19 años y su afición a escribir superaba a la de asistir a clase.

Asiduo a los teatros, pronto hizo amistad con la élite intelectual del momento. Conoció al fundador de la Institución Libre de Enseñanza, Francisco Giner de los Ríos, que le imbuyó el espíritu del krausismo y le alentó a desarrollar su vocación literaria. Comenzó a escribir artículos en periódicos como La Nación y El Debate, y en la Revista del Movimiento Intelectual de Europa, además de “invertir parte de las noches en emborronar dramas y comedias”, como él mismo explica en Memorias de un desmemoriado, su autobiografía publicada en 1915.

En su primer viaje al extranjero (1867), acudió a París como enviado especial para cubrir la Exposición Universal. Allí quedó fascinado con algunos de los inventos que se presentaban (entre ellos, un ascensor), lo que le hizo comprender el enorme atraso que padecía España en materia de tecnología.Observaciones sobre la novela contemporánea en España pdf

Y allí también descubrió las nuevas tendencias literarias que estaban de moda en la capital francesa. A su regreso, leyó con fruición la obra de Balzac y tradujo de su versión francesa Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Carlos Dickens, que se publicó en La Nación. Su adhesión a la nueva corriente le empujó a difundir sus méritos, con el artículo Observaciones sobre la novela contemporánea en España, publicado en 1870 por la Revista de España y cuyo texto ha sido recogido en el libro Ensayos de Crítica Literaria (Península, 1972), del cual hemos extraído una síntesis.

Se queja Galdós de la poca calidad que posee la novela que se hacía en España a mediados del siglo XIX, en contraposición a la brillante producción poética y al esplendor de la obra dramática:

Hay que buscar la causa del abatimiento de las letras y de la pobreza de nuestra novela en las condiciones externas con que nos vemos afectados, en el modo de ser de esta sociedad, tal vez en el decaimiento del espíritu nacional o en las continuas crisis que atravesamos, y que no nos han dado punto de reposo. La novela es producto legítimo de la paz; al contrario de la literatura heroica y patriotera, no se cría sino en los períodos de serenidad, y en nuestros tiempos rara es la pluma que no se ejercita en las contiendas políticas. No se espere hoy de los grandes ingenios otra cosa que diatribas muy bellas.

Existe además el inconveniente de la cultura literaria de un público poco exigente que demanda historias convencionales y sin carácter. El escritor lo sabe y no se molesta en hacer otra cosa mejor, si quiere vivir de la literatura, tarea ímproba que a duras penas consigue, aun con el complemento de alguna colaboración periodística que le ofrecen de vez en cuando. Y está más pendiente de presentar su expediente a un cargo público que de ensayar nuevas formas narrativas.

La novela popular es la que únicamente ha sido cultivada con algún provecho, sin duda por las tradiciones de nuestra novela picaresca. Pero se limita a retratar al pueblo llano, lo que no resulta difícil, porque su colorido es más vivo, su carácter más acentuado, sus costumbres más singulares, y su habla más propia para dar gracia y variedad al estilo. Cosa diferente es describir al pueblo urbano, muy modificado por la influencia de una clase que ha emergido, sobre todo, en las grandes ciudades.

Es la clase media, la más olvidada por nuestros novelistas, el gran modelo, la fuente inagotable. Ella es hoy la base del orden social, la que representa a la sociedad: ella asume por su iniciativa y por su inteligencia la soberanía de las naciones y en ella está el hombre del siglo XIX con sus virtudes y sus vicios, su noble e insaciable aspiración, su afán de reformas, su actividad pasmosa. La novela moderna ha de ser la expresión de cuanto de bueno y malo existe en el fondo de esa clase social.

Al mismo tiempo, en la vida doméstica, qué vasto cuadro ofrece esta clase, constantemente preocupada por la organización de la familia, empezando por el problema religioso, que afloja o rompe los lazos que forman los hogares, bien sea por la falta de creencias, bien sea por el fanatismo y las costumbres devotas, sin olvidar los estragos que causa el adulterio, vicio esencialmente desorganizador de la familia. No ha de ser el novelista quien ponga remedio a este problema, pero sí quien exponga esa honda turbación, esta lucha incesante de principios y hechos que constituyen el maravilloso drama de la vida actual.

No ha aparecido aún en España la gran novela de costumbres, la obra vasta y compleja que ha de venir necesariamente como expresión artística de aquella vida. Las circunstancias de estos días no son favorables, por ser un producto inherente a tiempos serenos; pero es inevitable su aparición, y en plazo no muy lejano. Así se inician los grandes períodos de la literatura novelesca, que solo llega a producir sus más preciados frutos tras una lenta y laboriosa prueba.

Cuando esto escribió Galdós, tenía 28 años. Es una radiografía completa de la situación en que se encontraba la literatura española en aquella época y una exposición de los principios de su credo realista, que le guiaría a lo largo de su carrera literaria que entonces empezaba. Tras realizar el diagnóstico, el autor propone el requisito que habría de cumplir la novela nacional: ser un fiel exponente de la realidad circunstante, basada en la observación de una clase media emergida tras los cambios sociales que la revolución industrial trajo consigo.

Poco después, Galdós escribió su primera novela, La Fontana de Oro, a la que sigue La Sombra en 1871, publicadas las dos en la Revista de España. Además, para sobrevivir, se dedicaba a escribir artículos para la prensa madrileña, siendo colaborador habitual del periódico político Las Cortes, hasta que, en el año 1873, como si se le hubiera revelado su misión, decidió abandonar esa actividad, su afición por el teatro y las tertulias, para dedicarse de lleno a escribir novelas. Ese mismo año, apareció la primera serie de sus Episodios Nacionales, la obra magna que le catapultó a la fama, para llegar a ser uno de los escritores más prolíficos de la literatura española, con cerca de 100 novelas, 26 obras de teatro, y una colección importante de cuentos, artículos y ensayos.

En marzo de 1876, antes de iniciar el cuarto episodio, apareció Doña Perfecta, una de sus mejores novelas, en la que ya adopta el código realista. La historia se desarrolla en una ciudad imaginaria, intransigente y belicosa, en la que perduran resabios feudales y es norma dirimir los problemas por la fuerza bruta y degollar a todo aquel que piensa de forma diferente. A ella arriba un joven ingeniero madrileño que viene a casarse con su prima, hija de doña Perfecta y heredera de una notable fortuna. Desde el primer momento, las ideas avanzadas del advenedizo chocan con el pensamiento de los habitantes que defienden con fanatismo su ancestral forma de vida y sus creencias de profunda tradición cristiana, lo que provoca un enfrentamiento que termina en tragedia.

Pero la obra cumbre de Galdós es Fortunata y Jacinta, publicada en cuatro volúmenes entre 1886 y 1887, considerada por algunos como la narración más importante en lengua castellana después del Quijote. La novela encaja ya totalmente en los presupuestos realistas y relata los amoríos de un burguesito adinerado con una mujer de clase social inferior, que interfiere en su matrimonio para reclamar su primacía, al parir un hijo que su legítima no había podido darle. La trama sirve al autor para presentar con gran maestría algunos escenarios geográficos e históricos de la ciudad de Madrid y los rasgos sociológicos de los ciudadanos que la habitan, queriendo demostrar que la mímesis naturalista ha de ser respaldada por la habilidad narrativa si quiere cumplir la función pedagógica que se le asigna.

Diez años más tarde, Galdós publicó Misericordia, la tercera de sus mejores novelas. La acción acontece en Madrid y narra la vida penosa de dos mendigos: “En Misericordia me propuse descender a las capas ínfimas de la sociedad matritense, describiendo y presentando los tipos más humildes, la suma pobreza, la mendicidad profesional, la vagancia viciosa, la miseria, dolorosa casi siempre, en algunos casos picaresca o criminal”, dice el autor en el prólogo. Esta incursión de Galdós en la vida de los bajos fondos es una prueba de su adhesión al naturalismo —presente en su obra desde que escribió La desheredada en 1881—, aunque su pesimismo nunca llega a la amargura que rodea la obra de Zola.

Galdós fue elegido miembro de la Real Academia Española en 1897. Su elección no fue fácil, a pesar de que ya había escrito la mayor parte de su producción literaria. Requirió dos intentos y el decidido apoyo de su amigo, Marcelino Menéndez Pelayo. El día de su ingreso pronunció su discurso con el título La sociedad presente como materia novelable, al que respondió Menéndez Pelayo con otro de bienvenida que fue más largo que el del recipiendario. En él reiteraba el carácter pictórico de la novela y la belleza narrativa como envoltura obligatoria: “Imagen de la vida es la novela y el arte de componerla estriba en reproducir los caracteres humanos, las pasiones, las debilidades, lo grande y lo pequeño, las almas y la fisonomía, todo lo espiritual y lo físico que nos constituye y nos rodea, y el lenguaje, que es la marca de la raza, y las viviendas, que son el signo de familia, y la vestidura, que diseña los últimos trazos externos de la personalidad: todo esto sin olvidar que debe existir perfecto fiel de balanza entre la exactitud y la belleza de la reproducción.

​En 1912, Galdós fue propuesto para el Nobel de literatura. La solicitud contó con el apoyo de medio millar de miembros del Ateneo madrileño, encabezada por Ramón Pérez de Ayala, quien redactó el escrito de petición, pero no el de la Real Academia Española: tan solo 4 de los 36 miembros votaron a su favor. La candidatura no prosperó, ni ese año ni los siguientes, en los que también se postuló. Su ideología liberal y anticlerical le había creado un buen número de enemigos en la España católica y tradicional, que supo impulsar una campaña para desvirtuar sus méritos y frustrar su designación. Era amigo de Pablo Iglesias, fundador del Partido Socialista Obrero Español…

En su adultez, Galdós se interesó por la cosa pública. Su amistad con Sagasta, presidente del Partido Liberal, le sirvió para ser elegido diputado (1886-1990). Y ya en el siglo XX, se afilió al partido Republicano y fue elegido diputado en tres ocasiones: dos, por Madrid (1907 y 1910) y una, por Gran Canaria (1914). Es posible que su adscripción a la política influyera también en el ánimo conservador de la Academia Sueca para privarle de un galardón para el que reunía sobradas condiciones.

Benito Pérez Galdós murió en su casa de Madrid, el 4 de enero de 1920. El día de su entierro, decenas de miles de ciudadanos acompañaron su cadáver hasta el cementerio de la Almudena, en homenaje al que fuera cronista minucioso del Madrid decimonónico y, al mismo tiempo, pintor literario de la sociedad de su época, a través de una producción novelística extensa y variada, cuya lectura nos permite hoy comprender los convulsos hechos históricos que sacudieron el siglo quizá más aciago de la Historia de España.

Para muchos especialistas, Galdós es uno de los mejores novelistas en lengua castellana, después de Cervantes. Fue además un reformador que introdujo el realismo en España, junto a Leopoldo Alas Clarín (1852-1901) ─que fue un excelente amigo─ y Emilia Pardo Bazán ─con la que mantuvo una agitada relación sentimental─. Aunque son muchos y notables sus defensores, no le han faltado detractores. El uso y el abuso del lenguaje popular le valió la incomprensión de algunos críticos literarios y el menosprecio de sus propios colegas ─Valle Inclán le llamaba “Don Benito el garbancero”, porque cocinaba sus novelas en el puchero casticista─, que cuestionaban su valía literaria.

El año que viene se celebra el primer centenario de su muerte. Sería una buena oportunidad para reivindicar el talento de un hombre honesto y recibir el agradecimiento de la ciudadanía por el valor que tuvo al denunciar el grave problema que aquejaba a la sociedad española de su tiempo, que todavía hoy pervive: “el enfrentamiento entre la ilustración y el oscurantismo, entre la razón y el fanatismo, entre la ciencia y la religión”.

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