Un canto a la tristeza

La estética de la tristeza nos enseña que la belleza y la pérdida son gemelas, que para crear primero debemos sentir (Ksenia Odintsova).

En más de una ocasión me ha pasado que a la hora de seleccionar las lecturas de una tertulia literaria me achacan que “siempre elijo libros tristes” y siempre me acuerdo de la frase que leí en la guía crítica de lectura de Luciérnagas de Ana María Matute: «Los niños tienen que conocer la vida como es, triste y cruel, como lo es también la buena literatura».

Hace poco me ha sucedido con la historia terrible de La niña a la que le gustaban demasiado las cerillas de Saetan Soucy, hasta el punto de que algunos lectores no la terminaron. Elegí esta novela por el tono en que está contada y por la forma curiosa de hablar de la protagonista. Es decir, no la seleccioné por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta.

Acabamos de plantear aquí dos de las grandes cuestiones que ocupan gran parte del tiempo de la crítica literaria: qué es buena literatura y qué importa más: el cómo o el qué.

Vivimos una época en la que se busca olvidar preocupaciones, salir de nuestras rutinas para entretenernos y airear la mente. Así que lo lógico sería elegir obras cómicas o fantásticas, pero una y otra vez elegimos obras donde los personajes sufren por amor o por la pérdida de algo o de alguien, o, incluso, por haber fracasado en la vida… ¿Por qué ese empeño? Pues porque en realidad la historia de la literatura es el intento de explicar el alma humana; y una de las emociones más íntimas del ser humano es la tristeza. Ya lo decía Aristóteles al hablar de la catarsis de la tragedia griega en su Poética: el ver a otros sintiendo y emocionándose ayuda a comprender y liberarse de las propias emociones.

La historia de la Literatura está llena de narraciones trágicas, así que no es disparatado pensar que la tristeza puede llegar a ser un gran disparador creativo:

  • Nos permite perfilar grandes personajes, llenos de aristas, vulnerables, que despiertan el interés de los lectores;
  • Ggeneralmente estas obras, aunque indagan en los aspectos más crudos de la vida, en el fondo están hablando del paso del tiempo, algo muy humano que nos interesa sobremanera;
  • El efecto de ver el sufrimiento y la angustia de los personajes del libro busca explicar lo que sienten a la vez que pone palabras a muchas de las emociones que nosotros mismos hemos sentido en algún momento, es decir universalizan esos dramas personales;
  • Y esos sentimientos son pasajeros, ocurren mientras leemos y cuando acaba el libro se quedan ahí, son sentimientos sin consecuencias porque están en nuestra imaginación.

 

Hagamos un breve repaso a algunas obras para concretar más el tema. Uno de los últimos libros que hemos leído es Casa ajena de Silvio D’Arzo, de la que alguien dijo que era una tragedia, pero teológica. Cuenta la historia de una anciana que vive una vida llena de penalidades en una aldea de los Apeninos. Pues bien, ese personaje parece llevar el peso de toda la existencia humana en sus hombros. Mientras leemos la obra sentimos esa angustia como algo individual, porque es ella la que tiene el “problema”, la que sufre el día a día, la que lamenta su existencia. Pero nada más lejos de la realidad: al llegar al final nos damos cuenta de que esa vida dura es extensible a los demás habitantes de la aldea por las condiciones geográficas en que se sitúa, y que ese dolor de la protagonista, esa tristeza, le sirve al autor para plantear una de las grandes cuestiones con valor universal: si somos dueños o no de nuestras vidas en pro de la búsqueda de su sentido.

En otra de nuestras lecturas ―Enero, de Sara Gallardo―, la adolescente protagonista guarda un secreto a los ojos de la comunidad en la que vive. En esta ocasión la autora utiliza la tristeza que la envuelve a lo largo de toda la novela para mostrar la presión que ejerce el entorno sobre ella. Gallardo echa mano de esa angustia del personaje para universalizar el sentimiento del individuo incapaz de vivir en una sociedad que no respeta sus derechos.

Si nos fijamos en novelas del siglo XIX, nos encontramos a personajes inolvidables como Ana Ozores en La regenta de Leopoldo Alas Clarín. Ana es una mujer atormentada que busca con desesperación la felicidad en una sociedad que la juzga constantemente. Su vida se mueve entre hombres como su marido ―frío, calculador y contenido en cuanto a sus deseos y sentimientos por ella―; el magistral Fermín de Pas ―hombre ambicioso cuyo propósito es dominar las conciencias de sus habitantes desde su cómoda posición de canónigo de la iglesia de Vetusta― y, por último, Álvaro Mesía, un joven abogado por el que siente una pasión desbordada.

Este letrado es un personaje redondo, lleno de aristas, que nos muestra el sufrimiento de una mujer culta, educada, que se debate entre su fe ―es una devota católica― y sus deseos. Pues bien, la sociedad de la Restauración española en que se contextualiza la obra la obliga a seguir una serie de convenciones que la limitan hasta tal punto que sus luchas internas entre la razón y la emoción marcan su forma de actuar, por la que es juzgada una y otra vez; hecho que constantemente pone ante los ojos de los lectores la hipocresía y doble moral de aquella sociedad del siglo XIX.

También viene a cuento recordar aquí el relato de Chejov, “La tristeza”, probablemente una de las lecturas más tristes porque expone abiertamente la soledad individual y también social. El protagonista, un cochero ruso, acaba de perder a su hijo y, con todo su dolor, tiene que salir a trabajar en una noche en la que arrecian el viento y la nieve. Durante el trayecto intenta compartir sus sentimientos con cada uno de los clientes que se montan, pero nadie le escucha, imbuidos como están en sus vidas. Así que al final, se decide a hablar con su caballo. El tono contenido del relato y la frialdad y poca empatía de los viajeros conforman una estampa de la enorme soledad y la incomprensión humanas.

Otra obra inolvidable desde el punto de vista que estamos analizando es el vacío y la terrible tristeza que se desprende de la historia de Gregorio Samsa, convertido en un monstruoso insecto en La metamorfosis de Kafka. Tiene que permanecer en su habitación, separado de su familia y también del resto del mundo. A lo largo de las páginas se deja ver la desesperación del personaje por ser aceptado. Ese aislamiento y también ese abandono en que se ve sumido le hace alejarse cada vez más de su humanidad. En esta obra, al igual que en las demás obras Kafkianas, siempre está patente la angustia existencial del hombre frente al mundo.

Analicemos ahora cómo se muestra esa tristeza en los textos literarios en tres momentos de la historia:

―En la Antigua Grecia

Aquí tenemos que hablar de un término que ya hemos mencionado: catarsis. Su origen está en la tragedia; el filósofo griego Aristóteles definió la tragedia como un medio para provocar la catarsis de las emociones en los espectadores. Los escritores pergeñaban tramas llenas de conflictos dolorosos que convertían la vida de los personajes en una tragedia; con esto buscaban provocar una respuesta emocional intensa en la audiencia. Si nos fijamos bien, se cumplen dos objetivos: la identificación del espectador con sus propios fantasmas personales y la vinculación social entre los asistentes a partir de esa experiencia comunitaria.

Este concepto ha trascendido la tragedia y ha dejado su impronta en la literatura. A lo largo de diferentes épocas se ha seguido explorando por el afán de entender los conflictos internos del ser humano. Incluso ha dado el salto al campo del psicoanálisis, en el cual se exploran las emociones reprimidas para lograr la sanación y la liberación de culpas.

―En el Romanticismo

Rima LII de Bécquer: «¡Por piedad!, tengo miedo de quedarme / con mi dolor a solas».

En esta época en que la pasión ganaba a la razón, el sentimiento de pérdida y soledad era inmanente al sentir romántico. Se buscaba luchar contra el sistema, incumplir las leyes, desobedecer. Los personajes del romanticismo eran rebeldes con causa: desafían las costumbres, las normas y la moral de la sociedad como expresión de la propia individualidad. En el Romanticismo, la tristeza no era un defecto, sino un signo de superioridad intelectual y sensibilidad artística. Se consideraba el único estado capaz de captar la belleza verdadera y la fugacidad de la vida.

―En el mundo contemporáneo

La estética de la tristeza no tiene que ver con la desesperación, sino con el reconocimiento: el momento en que la emoción se hace visible. A lo largo de los años ese sentimiento siempre ha fascinado a los artistas porque deja huella allí donde se expresa.

En el siglo XX, en el campo del arte, podemos ver una evolución en la manera de mostrar el sentimiento de tristeza y melancolía. Los expresionistas la gritaban en color, los surrealistas la deformaban y los del arte pop la enmascaraban bajo la ironía.

La literatura parece tener una evolución paralela. Hoy en día hay una tendencia a no nombrar directamente la crudeza. Se cuenta con un lector que lea entre líneas y que deduzca a partir de los silencios, las acciones de los personajes o la descripción de atmósferas y de objetos cotidianos. En este sentido podemos destacar algunas formas de abordar el tema:

  • Siguiendo la teoría de Hemingway: el autor solo debe mostrar la superficie de la trama o de la situación y el lector tiene que deducir toda la carga emocional que se esconde debajo. Exige mucha contención y seleccionar bien lo necesario para que el lector no se pierda y entienda la intención del autor. Si, por ejemplo, el protagonista de la historia sufre una pérdida terrible, se le puede mostrar cabizbajo, sin poner atención a nada ni a nadie, dejando pasar el tiempo muerto y desconectando del mundo que le rodea.
  • A través de la lo que se conoce como Correlato Objetivo. Este concepto fue descrito por el pintor Washington Allston en 1840 y luego popularizado por S. Eliot quien afirmó: La única manera de expresar la emoción en forma de arte es encontrando un ‘correlato objetivo’; en otras palabras, un conjunto de objetos, una situación, una cadena de acontecimientos que serán la fórmula de esa emoción particular.

Es decir, se trata de elegir objetos, combinar imágenes que narradas de forma secuencial logran una emoción universal en el lector. Esquemáticamente podemos plasmarlo así:

  • Creando símbolos: suma de objetos que representen una emoción.
  • Mostrando un escenario donde recrear una atmósfera que haga sentir al lector lo que siente el personaje.
  • Suceso-reacción: provocar acciones que definan lo que el personaje está sintiendo.
  • Mediante la falacia patética. Este término fue acuñado por John Ruskin para designar la atribución de cualidades humanas a la naturaleza. Él lo valoró negativamente porque chocaba con una representación objetiva de la realidad. De cualquier manera, afirmó que la misión de esa falacia es significar cualquier descripción de objetos naturales inanimados que les atribuya capacidades, sensaciones y emociones humanas.

Podríamos decir que es un tipo de personificación, pero centrada concretamente en las emociones del ser humano. De esta forma crea una atmósfera muy concreta que refuerza el estado de ánimo de los personajes de la historia.

Queremos terminar este canto a la tristeza con unas palabras de Ksenia Odintsova que justifican todo lo recogido en este artículo: La estética de la tristeza nos enseña que la belleza y la pérdida son gemelas, que para crear primero debemos sentir.

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