Quim Monzó. La bella durmiente

Este relato que pertenece al libro El porqué de las cosas (1994) plasma muy bien el estilo de Monzó: una prosa que fluye de forma natural, austera en las formas ―quiere llegar sin dificultad a los lectores― y que cuenta la historia a la vez que la cuestiona.

En medio de un claro, el caballero ve el cuerpo de la muchacha, que duerme sobre una litera hecha con ramas de roble y rodeada de flores de todos los colores. Desmonta rápidamente y se arrodilla a su lado. Le coge una mano. Está fría. Tiene el rostro blanco como el de una muerta. Y los labios finos y amoratados. Consciente de su papel en la historia, el caballero la besa con dulzura. De inmediato la muchacha abre los ojos, unos ojos grandes, almendrados y oscuros, y lo mira: con una mirada de sorpresa que enseguida (una vez ha meditado quién es y dónde está y por qué está allí y quién será ese hombre que tiene al lado y que, supone, acaba de besarla) se tiñe de ternura. Los labios van perdiendo el tono morado y, una vez recobrado el rojo de la vida, se abren en una sonrisa. Tiene unos dientes bellísimos. El caballero no lamenta nada tener que casarse con ella, como estipula la tradición. Es más: ya se ve casado, siempre junto a ella, compartiéndolo todo, teniendo un primer hijo, luego una nena y por fin otro niño. Vivirán una vida feliz y envejecerán juntos.

Las mejillas de la muchacha han perdido la blancura de la muerte y ya son rosadas, sensuales, para morderlas. Él se incorpora y le alarga las manos, las dos, para que se coja a ellas y pueda levantarse. Y entonces, mientras (sin dejar de mirarlo a los ojos, enamorado) la muchacha (débil por todo el tiempo que ha pasado acostada) se incorpora gracias a la fuerza de los brazos masculinos, el caballero se da cuenta de que (unos 20 o 30 metros más allá, antes de que el claro dé paso al bosque) hay otra muchacha dormida, tan bella como la que acaba de despertar, igualmente acostada en una litera de ramas de roble y rodeada de flores de todos los colores.

Quim Monzó

Este relato que pertenece al libro El porqué de las cosas (1994) plasma muy bien el estilo de Monzó: una prosa que fluye de forma natural, austera en las formas ―quiere llegar sin dificultad a los lectores― y que cuenta la historia a la vez que la cuestiona.

Analicémoslo más a fondo. Lo primero que llama la atención es la estructura externa: un inicio y un final que nos ofrece la ambientación del relato en los mismos términos ―estructura circular, por tanto― y, además, el desarrollo de la trama en dos párrafos donde se nos narra el cuento clásico conocido por todos (en el primero) y la versión de Monzó, su particular punto de vista, en el segundo.  El hecho de utilizar un cuento muy conocido es una táctica para escribir microrrelatos: lo que conocemos como marco intertextual; el escritor cuenta con el bagaje cultural del lector para completar las elipsis que intencionadamente utiliza y así se evita dar largas explicaciones.

Un elemento importantísimo en la escritura de este escritor de cuentos catalán es la utilización del lenguaje. En sus manos resulta fresco y chocante y, muchas veces, lo moldea a su antojo. No hay más que analizar en este minicuento, por ejemplo, los adjetivos. Los primeros siempre están relacionados con el elemento temático al que se refieren: en cuanto a la muerte se habla de mano fría, rostro blanco, labios finos, amoratados…; respecto a la vida: ojos grandes, almendrados, oscuros; labios con el rojo de la vida y dientes bellísimos; vida feliz… En el segundo párrafo esos adjetivos, además, adquieren cierta gradación llena de intención: mejillas rosadas, sensuales.

El uso de los paréntesis es otro elemento característico en su obra porque los utiliza para exagerar lo que está fuera de ellos y también ironizar respecto a las acciones que realiza el personaje. Este recurso es especialmente llamativo en el segundo párrafo cuando el narrador nos prepara para el final de la historia con esa última oración “Y entonces…”: tenemos tres paréntesis que remarcan y amplían cada una de las palabras o conceptos a que se refieren y además retardan la acción y detienen el tiempo, que es otra forma de jugar con el lector.

Y unido a esto, debemos hablar del ritmo que imprimen los paréntesis, un poco machacón y perfecto para acompaña a ese final que se nos impone; ritmo que ya antes había logrado intercalando oraciones largas con otras muy breves al inicio y cuyo efecto multiplica ahora mediante esa oración final, interminable, que se plasma en esa visión eterna de muchachas dormidas.

Estas características que resaltamos no tendrían el valor que tienen si no añadiéramos la importancia del tono, entre ácido e irónico, muy marcado por la estudiada intercalación de frases que aluden al papel del hombre y la mujer en este cuento y fuera de él. En definitiva, Monzó hace una parodia de los cuentos de hadas poniendo en tela de juicio el papel de la tradición y, de paso, riéndose de los finales felices.

Por si os quedáis con ganas de más Quim Monzó, os recomendamos su libro: Ochenta y seis cuentos. ¡A disfrutar de la lectura!

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