Palabras, palabras, palabras

Palabras que acarician el corazón, enternecen el alma, abrazan la vida. “Las palabras son para mí cuerpos tocables, sirenas visibles, sensualidades incorporadas” (Pessoa).

Palabreemos; no con palabrejas, no con palabrería. Las palabras, los útiles del escritor, del poeta, del ser humano, nos sirven para comunicarnos; qué necesarias son, cuánto nos hacen sentir… Palabras que acarician el corazón, enternecen el alma, abrazan la vida. “Las palabras son para mí cuerpos tocables, sirenas visibles, sensualidades incorporadas”, nos recuerda Pessoa.

Y para vibrar con la sonoridad de las palabras que nos envuelven, hemos optado por tres personas que viven de entrelazarlas: un escritor y dos poetas; tanto sus artículos como sus obras designan nuestro objetivo.

Iniciaremos nuestro recorrido de la mano del escritor venezolano que nos remite a los que tuvieron que ir a su país. A continuación, aprenderemos del poeta que a los noventa años hablaba del aliento vivificador que hay en las palabras y de que la poesía era una manera de despertar la palabra. Y seguiremos con la poeta que se muestra convencida de que la poesía, lo poético, ensancha nuestra manera de pensar, sentir, recordar, aunque cree que es difícil escribir sobre poesía “porque no es solo pensamiento, lo que promueve es sentimiento y lo cruza la sensación”.

Comencemos este periplo con el escritor y con su artículo, lleno de narrativa, titulado “Las palabras de los que huyen”. Él es Juan Carlos Méndez Guédez (Venezuela, 1967) y expresa cómo las desesperadas personas que tuvieron que escapar en los “veleros del hambre” a Venezuela debido a la miseria franquista “compartían la fatiga de sus palabras y sus miedos”; cómo se sirvieron de “la sonoridad de sus frases”; cómo sus palabras pequeñas, humildes, llenas de incertidumbre y nostalgia, de curiosidad y torpeza fueron sus anclas y sus raíces. Debido a que el escritor ahora vive en España, duda del recorrido de esas palabras: quizá sobrevivieron, quizá fueron mutando, quizá su rastro permaneció allí. Pero sí tiene la convicción de que contenían, tanto en su humildad, como en su esplendor, la fuerza de la añoranza, la temblorosa esperanza de quien resucitaba en un mundo que era incapaz de nombrar del todo.

Las sencillas palabras, las pequeñas palabras han sido el punto de partida para continuar con la amplia sabiduría del poeta francés cuya vida fue muy extensa. De esta manera nos adentramos en el territorio de Yves Bonnefoy (Tours, 1923-1916) y con él en el artículo “El despertar de las palabras”.

Este poeta, ensayista, traductor y crítico rememoró, a los noventa años, su descubrimiento del lenguaje como creador de la realidad; cuando empezó a leer, al ver la palabra junto a su dibujo, fue golpeado por “la relación que aparecía entre la palabra y la cosa. Tenía la sensación de que la palabra era la embajadora de la cosa, su representante entre nosotros. En ese momento comprendí que la poesía ejercía esta relación con la palabra”. Para él la palabra tiene vida: es un mundo y crea un universo. Y su encadenamiento con otras palabras, su combinación para crear frases transforma y altera su esencia, su significado. Cree que las palabras cotidianas se usan sin darles el valor que merecen.

Este también filósofo nos hace ver que, si en una conversación cotidiana únicamente las palabras sirven para que nos entendamos, en la poesía esas mismas palabras reaparecen en su verdadera realidad y señalan o designan las cosas como son para mostrarnos la realidad. “La palabra, las palabras, están en el centro de todo. Son el embrión que no solo describe, señala y nombra el mundo sino que lo ordena y puede salvarlo, reordenarlo. La palabra es nuestra principal conexión con la realidad y la poesía su mejor vía. Por eso es necesario que las liberemos de ese yugo en el cual las hemos metido”.

Asegura que “la sociedad sucumbirá si la poesía se extingue”. Todo esto se lo contó a su entrevistador, Winston Manrique Sabogal, a raíz de la presentación de su libro El territorio interior (2014), cuya traducción es de Ernesto Kavi. En él viaja, sueña, siente y hace que el lector vaya saboreando cada palabra paso a paso. Muestra de lo que decimos son estas frases entresacadas del libro:

“Amo la tierra, lo que veo me colma y en ocasiones llego a creer que la línea pura de las cimas, la majestuosidad de los árboles, la vivacidad del movimiento del agua en el fondo del cauce, la gracia de la fachada de una iglesia… (…); …como un nadador que se sumergiese en el porvenir para emerger luego cubierto de algas; (…) La existencia se eleva alta como el humo que ningún viento modifica; (…) Pero quizá al atardecer y al anochecer había observado demasiado, en la popa, la espuma anudarse y desanudarse, los golfos abrirse y cerrarse, las islas dispersarse, el cielo hacer girar sus nubes, o quizá era el efecto del ruido del motor y del agua envolviendo la cabina; (…) Pero no, ella suscita el florecer más allá de las palabras”.

Nuestro poeta estudió Filosofía e Historia de la Ciencia en la Sorbona con Jean Wahl y Gaston Bachelard, y, casualmente, este último también está relacionado con la poeta.

Ha llegado el momento de bucear en la poeta valenciana, “hojeadora y borroneadora de palabras” Berta García Faet (1988). Teniendo ya varios poemarios en su poder, publicó en 2023 el singular ensayo El arte de encender las palabras. Lo hemos calificado así por su estructura, porque contiene un capítulo inicial anterior a la introducción, porque los capítulos van acortándose, porque la forma de las notas que introduce aparece al costado de la página… y porque como ella misma afirma, la sensación final tras leerlo será la de confusión. Pero propone un remedio: para quien “necesite” salir de ese embrollo, sugiere leer El odio a la poesía (2017) del “novelista y fabuloso poeta Ben Lener, al que leo y traduzco con devoción”.

A lo largo del libro, queda demostrado su profuso bagaje literario con ejemplos de poemas y de novelas de autores muy diversos. Es una poeta y todo lo lleva a su mundo, por esta simple razón denomina “verso” a cualquier fragmento que incluye.

Se da a conocer en el epílogo del libro, al indicarnos que escribir y leer son para ella actividades comadres o cónyuges. “Desde que escribo poesía, algo que suelo hacer bastante sola, he pensado sobre poesía. Lo mismo desde que leo libros de poesía y sobre poesía. Pero eso es algo que sí hago en profusa y riente compañía, desde las personas amigas o esposas con las que he tenido la felicidad de pensar en común hasta las artistas y teóricas cuyo trabajo sigo y me inspira”.

Ha deseado escribir un ensayo poético sobre sus convicciones íntimas y no un ensayo académico sobre sus posturas teóricas. Ha llegado a la conclusión de que la poesía es movimiento y de que el conocimiento tiene mucho que ver con los tropos. “Con tropo me refiero a ese tipo de figuras retóricas (la metáfora, la metonimia…) que conectan un punto A con un punto B en virtud de lo que apreciamos como sus puntos en común, C. De esas coincidencias va este ensayo.”

Nos indica que etimológicamente, “tropo” viene de “dirección”. Es decir, ya hay un tropo en la propia palabra que lo connota hacia la noción de movimiento. La razón estriba en que se considera que lo que hace un tropo es trasladar los significados de sitio en sitio, desde “lo literal” hasta “lo figurado”.  Interroga muchos conceptos, definiciones. “Los interrogo porque me interrogo e interrogo mi proceso creativo, los pongo entre signos de exclamación en mi mente y carne: pareciera que no pueden evitar dejarse caer por entre los versos, no paran quietos. Pareciera que no pueden quedarse con la boca cerrada”.

También nos habla de cómo la poesía nos invita a disfrutar de ciertos significados que van más allá de las “definiciones oficiales” de las palabras; las de los diccionarios y las que más pesan en el imaginario colectivo. La poesía, a su vez, es: “encajes entre palabras y palabras, entre palabras y cosas, entre cosas y cosas. Y entre las palabras de las escritoras y sus vidas. Y entre las palabras de las escritoras y las vidas de las lectoras. Intersección, acierto, tropiezos accidentales que devienen sentidos de la vida”.  En cuanto al poder de la poesía para la autora no es infinito, pero sí inmenso. “Escribo y leo admitiendo de antemano y comprobando en mí cada día que el lenguaje o de la poesía hace filosofía y hace política: nos transforma”.

Además, señala que la poesía nos presta conocimientos fantasiosos y lo logra haciéndonos viajar. Y esos conocimientos comienzan con una impresión de sorpresa, mutan en una de reconocimiento y terminan en un fenómeno inusitado que no sabe cómo llamar. Pero sí tiene claro que la poesía energiza nuestras facultades cognoscitivas y que ella escribe desde el convencimiento de que la poesía “sucede cuando se tocan las vidas de quien escribe y quien lee, que quedan así amistadas, enamoriscadas; y desde la convicción íntima de que el modo particular de pensar que acoge la poesía se involucra en todas las preguntas relevantes de la filosofía y la política”.  Añade que también las respuestas, y junto a esto nos ofrece otra definición de la poesía: el periplo de un pensamiento intrépido.

Una poeta que está continuamente pensando en palabras es lógico que quiera que su ensayo sobre poesía sea poesía: “Soy una de las muchas novias de la poesía. Pretendo escribir un ensayo que dé cuenta de mis amores con la poesía, entrándole al asunto por una puerta en concreto, la que me lleva a preguntarme por la relación entre poesía y cognición, poesía y ensanchamiento del “pensamiento”. Escribo como escritora y como lectora, por eso citaré poemas propios y ajenos. Ajenos con los que me he casado y propios con los que estoy feliz”.

Su poema propio que recogemos es este: “Escribo lo que puedo, no lo que quiero. / Escribo dentro de lo que quiero, lo que puedo. / Escribo, dentro de lo que puedo, lo que quiero. / Escribo en la intersección (pero no sé qué mundo es más grande) de lo que quiero con lo que puedo. / Y no sé si puedo mucho. Pero querer, quiero. / Quiero muchísimo”.

Y entre las ajenas que tiene “chifladas ganas” de compartir, hemos preferido estas: Lisa Robertson: “El poema es una hormona”; Félix grande: “tu piel contra mi piel, eso es lenguaje”; Almudena Guzmán: “una pantera translúcida con la piel de diamante / que morderá la nuca cuando menos lo espere. / Es el deseo”; Alfonsina Storni: “y el sol le pone al día un lindo ex-libris”; Flaubert en Madame Bovary: “El aburrimiento, araña silenciosa”; Sylvia Plath: “La luna no es ninguna puerta. Es una cara por derecho propio”; Santiago Ramón y Cajal llamó a las neuronas “mariposas del alma”.

A nuestra “soñadora de palabras” —tal como llama a las poetas Gastón Bachelard— en la entrevista dirigida por el también poeta, Sergio C. Fanjul (además de periodista y escritor) nos revela que no conecta con los poetas que se toman demasiado en serio a sí mismos. Lo entendemos al comprobar la ironía en su ensayo.

En este nuestro pequeño recorrido, en la concatenación de palabras que nos hemos propuesto, somos conscientes de que hemos dejado en el tintero a muchos escritores y poetas. Sigamos palabreando. Y así algo nos lleva a aludir ―quizá la relación entre palabras y poesía― los versos de la poeta alemana Hilde Domin (1909-2006), que dicen: “Prefiero un cuchillo a una palabra/ un cuchillo puede estar romo/ un cuchillo no acierta muchas veces con el corazón/ la palabra, sí”. Y cómo ignorar los de Ida Vitale (Montevideo, 1923): “Las palabras son nómadas. La mala poesía las vuelve sedentarias”.

Y como no podemos eternizarnos y debemos ir con las palabras a otra parte, nos hemos propuesto insertar estas como concluyentes: las de Rosa Montero en su novela La hija del caníbal (1997): “Somos sólo palabras, palabras que retumban en el éter. Palabras musitadas, gritadas, escupidas, palabras repetidas millones de veces o palabras apenas formuladas por bocas titubeantes. Yo no creo en el más allá, pero creo en las palabras. Todas las palabras que las personas hemos dicho desde el principio de los tiempos se han quedado dando vueltas por ahí, suspendidas en el magma del universo. Esa es la eternidad: un estruendo inaudible de palabras”.

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