El niño empezó a trepar por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en la butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del hijo una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, inmóviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.
―¡Papá, papá! ―llamó a punto de llorar.
Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la nieve, quería caminar y no podía.
―¡Papá, papá!
El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado pico de la montaña.
Enrique Anderson Imbert
Este microrrelato pertenece al libro El Gato de Cheshire (1965). Se llama así en homenaje al felino de Alicia en el país de las maravillas, que tenía la inquietante costumbre de corporizarse y descorporizarse, pero esto último, al revés: empezaba por la punta de la cola y dejaba flotando el fantasma de su sonrisa. Los textos de esta obra son como esa sonrisa.
En este cuento se juega con una imagen familiar, cotidiana: la de un padre medio dormido, tumbado en el sillón echando la siesta, y la del hijo que le reclama su tiempo de juego. La forma de hacerlo es subiéndose encima del padre, por lo que este se convierte automáticamente en una montaña que hay que escalar.
Y a partir de aquí comienza la magia de la literatura. Cada parte del cuerpo es un risco que hay que superar para coronar la cima nevada, la cabeza canosa del padre. Hacer cumbre, llegar al punto más alto, es el objetivo. Una vez logrado, el deseo se transforma en desilusión porque no se puede seguir escalando, no hay más camino que pisar.
El juego, igual que la vida, consiste en avanzar hacia adelante y hacia arriba, esquivando pruebas que hay que ir venciendo. Aunque la experiencia es prometedora, el final no proporciona satisfacción, sino todo lo contrario: aparece el viento frío, los pies se hunden en la nieve y, ante los ojos, solo el desolado pico de la montaña; justo en ese instante siente el peso de la inmensa soledad porque ha llegado al final. Y aquí es donde el título adquiere todo el sentido: es el momento justo en que se acaba el juego en la realidad y en la ficción.
Muy acertada imagen del niño escalando. Al principio el juego de padre e hijo transmite ternura. Y luego desolación. Pero qué es lo que quiere decirnos el autor???
: Muchas Gracias a ANA M. ANE M. Y MANU de O. por la oportunidad de expresar en este nuestro blog
favorito nuestras opiniones y otras yerbas con respeto y en libertad
Volviendo al hilo del Microrrelato, a parte de que su autor Enrique Anderson Imbert recree al Gato de Cheshire, en él,
tal vez ,y es una rumiación personal, el hijo ha perdido pie , la seguridad que le unía al padre
se ha roto y al darse cuenta que» No hay más camino que pisar» , tenga un miedo
como solo se siente cuando se pasa de la niñez a la adolescencia , (añado) con visos de esperanza puestos en la vida adulta.
Saludos
El cuento empieza con unas perspectivas emotivas que enganchan y empieza a producir una desazón progresiva que termina produciendo malestar. Me hubiera gustado que estuviera escrito desde un aspecto más emotivo y no tan intelectual. El escrito parece que nos quiere hacer reflexionar mucho.El análisis del relato me parece muy bueno.
El niño llora en la cima de la montaña, porque no puede resolver un dilema: la montaña que ha escalado no tiene nieve, a lo sumo una incipiente pista de aterrizaje; por contra, la montaña que sí tiene nieve no está ya para esos juegos y él llora y llora; llora porque el sino de sus dos montañas de juego no tiene arreglo y sí el mismo apellido.
Pues, la verdad, yo le había dado un final distinto al microrrelato y, a mi entender, más fuerte y poético. Esa imagen del padre sin abrir los ojos, con el cuerpo rígido como una montaña, esa cima nevada, ese viento frío en lo alto, esos lloros del niño (que suponemos no sería la primera vez que jugaba a escalador y, de repente, encontraba una desolación desconocida)…en fin, que había imaginado al padre muerto y al niño descubriéndolo. Le hubiera dado un giro de guion dramático a la imagen enternecedora de la entrada.
Manifiesto mi coincidencia con José Luis Iraola por cuanto, según avanzaba la lectura, veía muerta a la montaña; pero ha podido más en mi mente el color oscuro, rubio o pelirrojo que se le supone al pelo, poco o mucho, del padre de un niño , en contraposición al, normalmente blanco del abuelo… y con la intención de completar mi comentario anterior y cerrar este, añado: muy bueno el análisis que sorprendería, en positivo a mi entender, al mismísimo autor del microrrelato.
A mi me ha me ha sugerido algo más relacionado con el aprendizaje para la vida, que los objetivos que nos marcamos para satisfacer nuestros deseos nunca consiguen colmarlos en su totalidad.Una vez alcanzados se descubre el vacio.
Al leerlo lo he asociado con la idea expresada por Freud de que el placer, una vez alcanzado, mata el deseo que lo provocó.
Los padres contribuyen a qué el niño crezca, se desarrolle, conozca, pero una vez llegado a la cima, a la edad adulta, ya tiene que seguir el camino sólo, sin ayuda, y dá miedo.