Durante todos estos años nos hemos preguntado
qué aspecto tendría lo Nuevo. Aquí está lo Nuevo
Ingeborg Bachmann
Hemos llegado a la conclusión de que entiendes la literatura de Thomas Bernhard cuando, ante el aturullamiento de su prosa, te ves sonriendo. Entonces comprendes que es un humorista y un provocador nato. Por eso, la actitud ante la obra escrita tiene que ser muy distinta a la que tendríamos si estuviéramos delante de cualquier otro autor.
De repente te sientes indefenso ante la avalancha de palabras insertas en oraciones repletas de incisos y subordinadas dirigidas por un narrador que rompe la narración cada dos por tres para indicar que él es el que está narrando la historia que él conoce o que alguien le contó. Te ves envuelto en una espiral y llevado en volandas hasta un final igual de azaroso que el inicio. Tienes que apartar tu egocentrismo, ser dócil y dejarte llevar por la marea narrativa hasta quedar varado en una orilla a la que no esperabas llegar. En realidad, empezamos leyendo lo que dice, pero de manera casi mágica nos damos cuenta de que estamos inmersos en una especie de melodía, de forma que el texto parece quedar en segundo plano y solo escuchamos la música.
A nada que entremos en su lectura, y siguiendo con el símil musical, el lector atento se dará cuenta de que ese estilo repetitivo y machacón podría estar simulando las variaciones en la música ―algo claramente buscado por el autor―; mantiene la esencia del tema original, pero introduciendo modificaciones en el tiempo, el ritmo, el tono… También nos puede llegar a recordar un poco esa antigua proclama marxista de un paso adelante, dos pasos atrás; sus frases reiterativas y encadenadas avanzan un paso para volver dos sobre lo mismo, describiendo el detalle de forma obsesiva, lo que muchas veces deriva en locura, característica de gran parte de sus personajes. Es su manera de ahondar en lo profundo del ser humano, en lo más oscuro y reprochable.
Lo dicho hasta ahora se explica si entendemos lo que él considera crucial en Literatura y cuál es su objetivo al escribir: Pretendo omitir por completo las cosas que todo el mundo sabe. Sólo estorban, carecen de interés. Los procesos interiores, que nadie ve, son lo único interesante en la literatura en general. Todo lo exterior se conoce. Lo que nadie ve es lo que tiene sentido escribir. Y la mejor forma de sacar a la luz y de hacer evidente lo que no parece tanto es mediante la hipérbole, la exageración. El uso de esta técnica es clave en la escritura de Bernhard.
Lo dicho hasta ahora nos puede llevar a creer que es un autor difícil, lo es, pero también es un ineludible. Hasta el punto de que ha dejado una estela fabulosa de escritores que han imitado con más o menos acierto su estilo: Juan José Saer, Ricardo Piglia, Juan Benet, Javier Marías… Por cierto, gracias a este último tenemos la obra de Bernhard traducida al castellano.
Thomas Bernhard (1931-1989) nació en los Países Bajos por avatares de la vida, pero es más austríaco que la ópera de Viena. Desde pequeño tuvo una infancia dura y en general una vida complicada en lo que a salud se refiere. Hijo ilegítimo de un carpintero, vivió bastante tiempo en Salzburgo, con sus abuelos, hasta que su madre se casó con un hombre que no llegó a adoptarle, solo se dedicó a ser su tutor.
Realizó sus estudios elementales en la escuela de Seekirchen; más tarde, y debido al contexto histórico social de la época, asistió al internado Nacional Socialista ―estuvo allí tres años― y luego católico Johanneum. Aquí vivió momentos duros que le traumatizaron por lo que, asqueado, lo abandonó en 1947. Su saga autobiográfica ―El origen (1975), El sótano (1976), El aliento (1978), El frío (1981) y Un niño (1982)― es una buena muestra de la infancia y juventud del autor. Hay que matizar que en un primer momento se entendió como experiencia de vida real, pero lo cierto es que la crítica afirmó que también hay una parte de ficción. Fijémonos hasta qué punto salió tocado de aquellos inicios escolares que empieza a hablar de su vida de esta manera:
Dos mil personas intentan todos los años en el land federal de Salzburgo poner fin a su vida, y una décima parte de esos intentos de suicidio tienen desenlace fatal.
A pesar de esa carencia afectiva que se puede deducir de sus primeros años, hubo una persona que lo marcó: su abuelo, el escritor Johannes Freumbichler. Fue fundamental en su educación porque le enseñó a amar el arte y más concretamente la música. Empezó a estudiarla hacia 1952, incluido canto, y luego lo amplió con estudios de dirección teatral e interpretación; todo ello en el Mozarteum de Salzburgo. Respecto a esta ciudad, nos dejó este fragmento como muestra de ese amor-odio por ella:
Con mucha frecuencia he podido reconocer y amar la especial forma de ser y la peculiaridad absoluta de ese paisaje materno y paterno mío, hecho de una naturaleza (famosa) y de una arquitectura (famosa) (…). Mi ciudad de origen es en realidad una enfermedad mortal, con la que sus habitantes nacen o a la que son arrastrados y, si en el momento decisivo no se van, se suicidan súbitamente, directa o indirectamente, antes o después, en esas condiciones espantosas, o perecen directa o indirectamente, lenta y miserablemente, en ese suelo de muerte, arquitectónico-arzobispal-embrutecido-nacionalsocialista-católico y en el fondo totalmente enemigo del ser humano.
Además de su educación, a Bernhard le marcó la precaria salud que siempre tuvo. Después de abandonar los internados, se puso a trabajar de aprendiz en un almacén de comestibles y fue aquí donde contrajo una enfermedad pulmonar que derivó en una tuberculosis que arrastraría toda su vida y que le llevó a estar ingresado tres años en un sanatorio, tiempo en el que comenzó a escribir. Esto le cambió la vida y así lo expresó en El aliento:
Quería vivir, y todo lo demás no significaba nada. Vivir y vivir mi vida, como quisiera y tanto tiempo como quisiera. Entre dos caminos posibles, me había decidió esa noche en el instante decisivo por el camino de la vida. Si hubiera cedido un solo instante en esa voluntad mía, no hubiera vivido ni una hora. De mí dependía seguir respirando o no.
Durante su estancia en el sanatorio conoció a otra de las personas que le dejó huella: Hedwig Stavianicek, una mujer mucho más mayor que él con la que llegó a viajar y convivir. Afirma que fue decisiva en su vida hasta el punto de que cuando estaba solo, fuese donde fuese, siempre sentía que ella le protegía. En una entrevista que le hace Asta Scheib, en 1987, comentó: No tenía más que pensar en ella y todo se arreglaba. Incluso ahora sigo viviendo con esa persona. Cuando estoy preocupado pregunto: ¿Qué harías tú? Leamos un ejemplo espléndido de la prosa bernhardiana hablándonos sobre el final de esa persona maravillosa; al inicio la anécdota tiene cierto peso sentimental pero poco a poco evoluciona hacia un tono frívolo y cómico:
Lo más extraordinario que he vivido nunca ha sido tener la mano de ese ser en mi mano, sentir su pulso, y luego un latido más lento, otro lento latido y luego se acabó. Es algo tan inmenso. Se tiene en la mano todavía su mano, y entra el enfermero con la etiqueta numerada para el cadáver. La monja lo echa y le dice: Vuelva más tarde. Entonces uno se enfrenta otra vez con la vida. Se levanta muy tranquilo, recoge las cosas, y entre tanto vuelve el enfermero y cuelga el número del dedo gordo del cadáver. Se limpia la mesilla y la monja dice: Tiene que llevarse también el yogur. Fuera graznan arriba los cuervos… realmente como en una obra de teatro.
La extensa producción de Bernhard se puede dividir en 3 etapas: una fase religiosa, una fase intermedia más patética y una tercera, que se deriva de la anterior, en la que lo patético se expresa preferentemente a través de la ironía. Después de una primera etapa lírica con un tono todavía conciliador con el mundo, no revestido del negativismo que más tarde se impondría en toda su producción, escribe Helada (1964): aquí la locura se presenta como la respuesta posible a un mundo sin sentido y falto de espiritualidad y para ello sitúa la acción en un pueblecito rodeado de montañas. Este idílico lugar en manos de Bernhard se convierte en un lugar terrible donde la muerte y la locura campan a sus anchas. Posteriormente vendrían Trastorno (1967) y La calera (1970): un lugar que está fuera de servicio y por tanto perfecto para aislarse con el único fin de llevar a cabo un estudio sobre el oído. Estudio completo que Konrad, el protagonista, tiene en la cabeza desde hace tiempo, pero que ha sido incapaz de poner por escrito. Su mujer impedida le acompaña y opina que todo ese estudio es una quimera, lo que no le ayudará en absoluto y acentuará todavía más su obsesión por el tema. El final se puede intuir. En esta onda, en cuanto a destino solitario y aislado y personalidad de los personajes, llega la obra probablemente más celebrada por la crítica: Corrección (1975). Luego escribiría El malogrado (1983) y Maestros antiguos (1985): Reger ―musicólogo de 82 años que escribe críticas en un periódico― pasa más de cuarenta años, cada dos semanas, sentado delante del mismo cuadro, el Retrato de un hombre de Barba Blanca, pintado por Tintoretto. Un trabajador del Museo de Historia del Arte de Viena le ayuda evitando que otros visitantes utilicen el banco cuando el protagonista lo solicita:
Si contemplamos un cuadro bastante tiempo, aunque sea el más serio, tenemos que caricaturizarlo, dijo, para soportarlo, y así tenemos también que convertir a nuestros padres en caricaturas, a nuestros superiores. si los tenemos, en caricaturas, al mundo entero en caricatura, dijo. Mire usted bastante tiempo un autorretrato de Rembrandt, cualquiera, y se le convertirá a la larga, con toda seguridad, en caricatura, y se apartará de él. Mire usted bastante tiempo el rostro de su padre, y se le convertirá en caricatura y se apartará de él […]. Al fin y al cabo todo original es ya en realidad, en sí, una falsificación, dijo, ya comprende lo que quiero decir.
No podemos olvidarnos de la faceta dramática de este autor. Algunas de sus obras más célebres son: El ignorante y el demente (1972), La partida de caza (1974), La fuerza de la costumbre (1974) y El reformador del mundo (1979). Es curioso, porque muchas de ellas son dramas escritos para actores admirados por él. El estreno de casi todas vino siempre rodeado de polémica. La característica fundamental de toda su obra dramática es el escaso papel de la acción en la trama. En este sentido parecen más unos largos monólogos llenos de ironía donde los personajes monologan uno al lado del otro a partir de la réplica que se dan. Esta forma de teatro ha terminado por crear un estilo conocido como Teatro de la Nueva Subjetividad, en el que también podemos encuadrar a Peter Handke.
Respecto a los temas que trata, en toda sus obras teatrales o narrativas suelen ser los mismos: la patria como algo inhóspito, la enfermedad y la muerte consustancial al ser humano, la locura, la dificultad de comunicación entre lo seres humanos, el lenguaje como muro que muchas veces nos separa de la realidad, el mundo como lugar insoportable…
Y en cuanto a los personajes, muy a menudo mantienen un mismo perfil; suelen ser solitarios, muy inteligentes, con una sensibilidad extrema que les hace tener un carácter insoportable, lo que les impide integrarse de manera natural en una sociedad que ya de por sí está bastante enferma; ese carácter les consume y les vuelve locos y obsesivos hasta límites insospechados.
En este sentido, después de leer algunas de las entrevistas que le han hecho, nos ha llamado la atención el parecido que él mismo tiene con muchos de los personajes de sus novelas en cuanto a las respuestas que da: extremadamente sinceras a las que añade un punto de comicidad, al final: Aprendí, del ser que se me ha ido, que uno se agarra a la vida hasta el final. En el fondo, todos estamos contentos de vivir. La vida no puede ser tan mala hasta el punto de no aferrarse a ella. La curiosidad es el estímulo. Uno desea saber: ¿qué más falta aún? Es más interesante saber lo que ocurrirá mañana, que lo que está pasando hoy. Cuanto mayor se hace uno, más interesante se vuelve la vida. Tras la destrucción del cuerpo, la mente se desarrolla sorprendentemente bien.
Precisamente, su comportamiento y sus opiniones le granjearon muchos enemigos. Todo es ridículo cuando se piensa en la muerte fue el comentario que hizo cuando recibió un premio nacional menor de Austria en 1968. Su novela Tala (1984), por ejemplo, no pudo publicarse durante años debido a una denuncia por difamación presentada por un compositor austríaco que creyó reconocerse en la figura de uno de los personajes de la novela. La última obra teatral que escribió, La plaza de los héroes (1988), desató un gran escándalo; una de las líneas más controvertidas se refería a Austria como una nación brutal y estúpida… una cloaca sin sentido y sin cultura que esparce su penetrante hedor por toda Europa. Incluso muerto resultó molesto, ya que dejó escrito en su testamento que, en Austria, no se publicara ni se llevara a escena ninguna obra suya.
¿Por dónde comenzar a leer a este gran autor?
Por sus Relatos, por ejemplo, escritos entre 1967 y 1971 durante una de sus etapas más fructíferas y editados por Alianza en 2009; nos muestran con claridad el tipo de personajes y tramas que marcan su narrativa. Después Andar, una novela de escasas 100 páginas que la editorial Contraseña publicó en 2025; ocupa un espacio de transición en la obra de este autor. El título de esta novelita también podría ser “el pensar” porque como dice su traductora, Virginia Maza, en esa edición: El relato disparatado de un paseo en el que lo único que se cuenta es la visita de dos hombres a una tienda de pantalones acaba convertido, por ejemplo, en un pensar propio sobre vidas que de pronto descubren que terminan y que han estado siempre en el repetir, sobre un andar que debería ser un irse que nunca sucedió, sobre exilios, sobre nombrar, sobre el así llamado pensamiento racional. Y por último podéis asomaros a sus novelas más extensas. En nuestro caso optamos por La calera, novela que muestra el camino a la que, como ya hemos dicho, será su novela más celebrada.
Vamos a terminar este acercamiento a la obra de Thomas Bernhard con un consejo que a nosotros nos ha funcionado: para leer a Bernhard no hay nada mejor que dejarse llevar, lo que implica casi un acto de fe. Es como meterse en un río y abandonarse a la corriente; para salir airoso no debes luchar contra ella pensando dónde te llevará, sino disfrutar de la aventura mientras dure. Hay que vivir el viaje, en el que encontraremos remolinos, momentos donde la historia se pone pesada, pero también, balsas de agua donde hay cabida para reflexiones de una gran lucidez. En cualquier caso, no dejéis de acercaros a este autor exigente, sarcástico, adictivo, vehemente, provocador, humorista y el más importante autor de la literatura en lengua alemana después de la Segunda Guerra Mundial.