Panorama del libro en España

Categoría (El mundo del libro, General) por Manu de Ordoñana el 27-06-2013

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El laboratorio de ideas sobre el libro publicó el mes pasado el informe “Primera oleada sobre el panorama del libro en España 2013”, un diagnóstico basado en las respuestas que han dado 113 especialistas para conocer el posicionamiento de la industria editorial española en el marco de una sociedad globalizada en la que el avance de la tecnología ha dejado atrás antiguos esquemas que, en su momento, sirvieron para dar esplendor a un sector que consiguió éxitos  notable, pero que hoy está sumido en una profunda crisis de la que nadie sabe cómo salir. He aquí algunas de sus conclusiones y algunas posibles soluciones:

perplejidad-mundo-editorial

Perplejidad en el mundo editorial. Existe una actitud de desconcierto y cierto desasosiego ante el nuevo y cambiante panorama socio-comercial en el mundo editorial, cuyas consecuencias no se identifican con claridad, aunque se sabe que las prácticas y los hábitos ya no responden al modelo tradicional que ha servido al sector para alcanzar la importancia que tuvo en su momento. El libro y la lectura electrónicos parecen escapar al conocimiento de los encuestados.

Confusión sobre el papel a jugar. Se percibe una cierta desorientación sobre el rol que deben desempeñar los agentes del libro, y especialmente las editoriales, en un entorno que se está transformando profundamente. Algunas voces la atribuyen a la dificultad que la nueva generación de directivos encuentra para comprender la revolución que se ha producido con la irrupción del e-book y afrontar los cambios que el negocio precisa.

Apuesta tibia por el escenario digital. Aunque la intención es clara y decidida, la adaptación al nuevo escenario es lenta, expectante, en contraste con los veloces cambios que se producen en Internet. No hay una voluntad firme de transformar las organizaciones para priorizar el libro electrónico, sólo esperar a ver qué pasa y adaptarse al modelo que se imponga. El uso de las redes sociales para su promoción y difusión es todavía un proyecto que muy pocos han puesto en marcha.

Falta de recursos para reformular el modelo de negocio. Como consecuencia de esta actitud confusa, se detecta cierta limitación técnica para posicionarse en la red. Sólo los grandes grupos editoriales han prestado atención a este mercado ─aunque con suspicacias notables, no exentas de conservadurismo─,  a pesar de que la oferta de contenidos de descarga inmediata podría suponer una ventaja competitiva para las empresas pequeñas y medianas.

Información incompleta sobre el sector. Aunque son muchos los informes que las distintas instituciones y gremios producen, no hay una puesta en común de las fuentes que permita hacer un análisis crítico de la situación y disponer de datos transparentes. La opacidad dificulta el análisis sobre las nuevas prácticas de lectura, los modelos de gestión empresarial adecuados o su vinculación con la financiación pública. En España se publican más de 60.000 títulos nuevos (sin contar la autopublicación, un fenómeno en alza), una cantidad excesiva que podría tener su explicación en la subvención pública.

Una legislación impropia. La actual legislación sobre el libro supone una desventaja competitiva respecto a otros países, tanto por los problemas derivados de la obligatoriedad de un precio fijo ─aun a sabiendas de que su liberalización beneficiaría a las grandes superficies en detrimento de las librerías─, como por el tipo de IVA que soporta el libro digital (21%) frente al libro impreso (4%), además de la escasa protección ante la piratería y la penetración de multinacionales con sedes en países de fiscalidad atenuada.

Formación reglada de especialistas. Al no existir en el mercado profesionales especializados en el sector editorial que respondan a las nuevas exigencias tecnológicas, los expertos consultados creen que una formación reglada sobre la materia (edición digital, marketing editorial, visibilidad en redes sociales, comercio electrónico, plataformas de distribución virtual y de agregación de contenidos, negociación con intermediarios o propiedad intelectual y nuevas modalidades de contrato) sería la fórmula más adecuada para solucionar el problema. Tal sentir parece vincularse a la casi inexistente existencia de unos saberes académicos que acrediten la capacitación de los agentes vinculados al ámbito del libro.

Fomentar el hábito de lectura. Los expertos reclaman dirigir la mirada hacia el elemento final y fundamental de la cadena del libro: el lector. El desconocimiento de los hábitos de lectura, poco analizados, al menos de forma directa ─cosa que a mí me sorprende enormemente─, hace que la oferta no esté adecuada a la demanda. A este respecto, se apunta la importancia que tienen las bibliotecas públicas en la creación de nuevos clientes ─aunque algunos cuestionan su sistema de préstamos electrónicos─, así como el interés de poner en marcha campañas de educación social para promocionar las prácticas culturales en general y la lectura en particular.

Potenciar el mercado iberoamericano. La presencia en los mercados de habla hispana es pequeña (incluso de las grandes editoriales). No se ha explotado debidamente ese activo que, por otra parte,  contribuiría a la defensa del patrimonio lingüístico y cultural de la lengua castellana. Se propone la creación de una institución que represente a todas las empresas del sector, una especie de Academia del Libro Iberoamericano, como motor para dinamizar la formación tecnológica y generar proyectos innovadores a nivel internacional, que debería contar con la colaboración de las instituciones públicas, a condición de garantizar su independencia.

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Categoría (General) por Manu de Ordoñana el 20-06-2013

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Internet se ha convertido en el principal motor de la economía mundial, un tercio de los habitantes de este planeta lo utilizan habitualmente y las ventas a través de la red siguen creciendo de forma exponencial. Desde la invención de la imprenta primero y del teléfono más tarde, ningún descubrimiento ha contribuido tanto a incrementar las relaciones entre personas y a mejorar el bienestar del ser humano… eso dicen.

De quien es Internet

La pregunta que surge a continuación es: ¿y de quién es Internet? En principio, la respuesta es sencilla: es de todos y no es de nadie. Es un procomún del que se benefician los internautas, aparentemente sin pagar un céntimo, sólo el coste de la conexión para financiar las inversiones multimillonarias que han realizado las compañías privadas para poner la web al servicio del usuario. Con ese acceso y el registro de un dominio en la ICANN, una organización sin fines de lucro que se dedica a preservar la estabilidad de la red por medio de procesos basados en el consenso, basta para empezar a navegar. Todo muy sencillito, nadie cuestiona el principio de neutralidad de la ICANN ─sujeta a las leyes del estado de California, donde está su sede─, nadie se da cuenta que detrás están los intereses de las grandes compañías de telecomunicación… y los gobiernos.

Porque, a partir de ahí, son los gobiernos los que controlan la información que circula por la red, muchos de los cuales hacen caso omiso de la libertad de expresión que proporciona Internet para poner filtros y censurar contenidos. Son países en los que la libertad está restringida, todos sabemos cuáles son.

Lo que nadie podía suponer es que, en un país que se considera adalid en la defensa de las libertades individuales y de los derechos humanos como EE.UU, se hayan producido episodios de espionaje masivo perpetrados por la Agencia de Seguridad Nacional ─NSA─, un organismo dependiente de la Casa Blanca, usando la información que sobre nosotros poseen los gigantes de Internet ─durante el segundo semestre de 2012, Facebook recibió peticiones de información sobre 18.000 cuentas y Microsoft, sobre 31.000─, que se han prestado de forma más o menos voluntaria a colaborar con el gobierno de su país… ¿a cambio de qué?

La semana pasada hemos conocido la extraña aventura de un joven estadounidense llamado Snowden, técnico de la NSA, que ha tenido que escaparse de su país y esconderse en lugar seguro para evitar su detención, tras haber desvelado los programas secretos empleados por la Agencia para espiar a los ciudadanos, una práctica que se viene realizando habitualmente, desde que se produjo el atentado de las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001.

Las autoridades han defendido el procedimiento para evitar males mayores. En una audiencia ante el Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, el general Keith Alexander, director de la NSA, sugirió ─¿sólo sugirió?─ que los programas de vigilancia con los que el Gobierno de EEUU recopila registros de llamadas y datos de Internet evitaron más de 50 ataques terroristas en 20 países, tras los atentados del 11-S. Hasta el propio presidente Obama ha aprobado su actuación alegando que, en el mundo actual, “no se puede tener el 100% de privacidad y el 100% de seguridad”.

Lo que más preocupa de esta noticia es la pasividad que la sociedad norteamericana ha demostrado ante este flagrante atentado a la libertad del individuo, un sentimiento íntimamente arraigado en su escala de valores. ¿Recuerdan ustedes la reacción del pueblo ante el escándalo del Watergate y cómo reaccionó el país asqueado de la guerra de Vietnam y de los chanchullos que cometían los políticos que lo dirigían? Claro que eso ocurrió en 1972…

Muchas cosas han pasado desde entonces. Poco a poco se ha ido imponiendo el liberalismo económico, un modelo que se está llevando por delante los enormes avances sociales conseguidos en Europa durante la segunda mitad del siglo XX. Un capitalismo salvaje ha surgido en la última década para hacerse dueños de los fondos de pensiones, de la educación y de la sanidad pública, extendiendo la privatización a todos los ámbitos de la actividad económica, mientras la humanidad asiste impasible al espectáculo, adormecida por las promesas de una vida plácida, sin preocupaciones, a cambio del silencio, de la no acción, del conformismo.

Una nueva capa de jóvenes poco preparados, faltos de cultura, sin ambición, ha emergido en los últimos tiempos para engrosar ese estrato social de la parte de abajo, como si una mano oculta lo propiciara para, poco a poco, desinflar la clase media y retornar a una sociedad medieval, en la que una élite domina, manda y dispone, mientras una plebe inculta y obediente acepta su destino de siervo, a cambio de un plato de garbanzos, impotente para abandonar el estamento que le ha correspondido en suerte.

¡Cuántas cosas han sucedido a partir del 11-S! Aquel suceso fue el pistoletazo de salida para justificar una serie de actuaciones, muchas de ellas ilegales, que las naciones han consentido en aras de la seguridad, un término sagrado que conduce al abuso en poder de funcionarios sin escrúpulos. El conflicto entre interés público y espacio privado no es nuevo, pero tampoco lo es el número de atropellos que se han cometido en nombre del bien común, los documentos de Snowden lo confirman. Atención al “Gran Hermano”.

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Por un periodismo responsable

 

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Mientras la Feria de Madrid se acerca a su final, la industria editorial se debate en torno a su futuro incierto. Más de 800 editoriales existen todavía en España ─en Francia, el Syndicat National de l’édition tiene 580 asociados y facturan 4.130 millones de euros, un 38% más que en España─, un número excesivo que confirma la poca afición que el homo hispanicus siente por buscar alianzas para crecer en dimensión, una de las formas más simples de mejorar la competitividad y ganar cuota de mercado.

Cinco años consecutivos de crisis por la caída de las ventas han obligado a meditar sobre las causas para llegar a una conclusión que, no por ser evidente, deja de ser trascendente. Tal y como ha reconocido César Antonio Molina, escritor y exministro de Cultura: “Hubo un equívoco al pensar que lo importante era que hubiera compradores de libros, aunque los libros no se leyeran. Un error garrafal. Lo que hay que hacer es crear lectores y una vez que se creen, ellos comprarán libros”.

promocion infantil del libro

Hasta ahora, la clave para subsistir era el éxito milagroso de algún autor oculto que, de la noche a la mañana, se hace famoso y alumbra un superventas capaz de llenar las arcas del editor que lo ha descubierto. La mayoría de los sellos espera salvar el ejercicio con la aparición de algún fenómeno de este tipo, una ilusión que pronto se desvanece, primero porque los escritores afamados sólo negocian con los grandes grupos editoriales, y segundo porque el público es cada vez más crítico con ese tipo de productos. Os recomiendo que leáis el tercer epígrafe del artículo de Manuel Rodríguez Rivero, bajo el título “Patochada”, aparecido el 1 de junio de 2013 en el diario “El País”, en el que vierte su opinión acerba sobre “Infierno”, la última novela de Dan Brown.

Se trataría de fomentar la lectura, inculcar a los jóvenes el hábito de leer ─tanto da que sea en papel o en digital─, la curiosidad por descubrir valores nuevos, escritores con talento aunque no tengan pedigrí, apadrinados por editores con vocación, agentes o prescriptores literarios y la prensa en general, en un intento de salvar esta parcela de la cultura que tanto coadyuva a la educación ciudadana, el cimiento en que se basa la sociedad democrática que la mayoría anhela. Quizá no nos damos cuenta, pero una buena parte de la comunidad se siente vinculada al mundo del libro, lo defiende, y está dispuesta a luchar para que sobreviva, a pesar de ser un sector que apenas tiene apoyo económico público.

No es cuestión de fomentar la superproducción de libros ─recordad que en 2012 se registraron 94.079 títulos─, cuando entre unos pocos se reparten la tarta, apoyados por campañas publicitarias millonarias,  para ocupar los lugares preeminentes en los puntos de venta. Eso impide la presencia de obras meritorias que muchos lectores buscan y no encuentran, o cuando menos ocultan su visibilidad. Al final, la diversidad cultural se difumina, el público se acostumbra a leer entretenimiento y se olvida de que el libro es una herramienta que ayuda a pensar, a comprender el género humano, a combatir fanatismos disfrazados de populismo… a ser libre.

Se le puede echar la culpa a la crisis, a la falta de poder adquisitivo, a la caída del consumo. Cierto, claro que sí, eso influye… pero no es todo. Intuyo que al poder político el  mundo del libro le importa un rábano… total, sólo representa el 0,7% del PIB español. Es más, yo diría que hasta le viene bien… quizá sea más fácil gobernar sobre un pueblo inculto que sobre un colectivo pensante.

Así que si el sector privado no toma la iniciativa, es probable que dentro de unos años, la industria editorial haya sufrido una contracción importante, arrastrada por caída de las ventas, un descenso de la población lectora y una deriva de lo analógico a lo digital. O haya sido absorbida por cadenas multinacionales, sólo preocupadas de mejorar su cuenta de resultados. Se impone una reflexión profunda para evitar la catástrofe y tomar medidas de largo alcance. La lectura juega un papel primordial en la formación de la persona y su integración en la sociedad. Su declive acarrearía un perjuicio incalculable… y sería responsabilidad de todos.

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Son numerosos los estudios que se publican en España para analizar la evolución de la industria editorial y no todos manejan las mismas cifras, quizá porque utilizan distintas fuentes: unas son el resultado de un trabajo estadístico, otras de información otorgada por los actores y otras, las que aparecen en los registros de los organismos oficiales que velan por preservar la cultura. Es cierto que cada parte tiene sus intereses y las estadísticas que elaboran estarán orientadas a conseguir algún objetivo que al vulgo escapa, pero no estaría mal que unificaran criterios para saber dónde estamos, en un sector económico que tanta importancia tiene en la formación del ciudadano y hacer así una sociedad mejor en la que convivan todas las ideas.

La industria del libro en crisis

Lo grave es que, aunque sean dispares, todos los informes nos traen malas noticias: el mundo del libro camina hacia abajo, todos los indicadores apuntan a un cambio de tendencia que no todos los agentes interpretan con acierto, lo que está agudizando una crisis que empezó hace ya tiempo y que amenaza con llevarse por delante un oficio de tanta tradición como lo son los editores de vocación. Aun así, tras cinco años de retroceso, el mundo del libro hace votos por recuperar su posición, como afirman los expositores en la Feria del Libro que acaba de inaugurarse en el paseo de Coches del Retiro de Madrid.

El primero es el que publica la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE), con la colaboración del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Presenta un estudio sobre el comportamiento de los lectores españoles, elaborado tras realizar 6.700 entrevistas a individuos con más de 10 años de residencia en España: “Hábitos de lectura y compra de libros en España 2012” apareció en enero del 2012, y de él hemos entresacado algunas cifras:

El 63% de la población española de más de 14 años lee al menos un libro por trimestre, lo que indica que uno de cada dos españoles no lee nunca un libro, un porcentaje que nos resulta excesivamente bajo si, como afirman algunos expertos, a niveles de lectura, España está a la cola de Europa.

Lo mismo ocurre con el número de personas que lee libros en formato digital. La encuesta afirma que el 11,7% de la población lo hace, un porcentaje que también parece excesivo. Claro que eso, comparado con los datos que nos llegan de Francia, es una menudencia. El 93% de los franceses mayores de 18 años afirma haber leído alguna vez un libro digital. Da la impresión de que esto de las estadísticas tiene truco

El 55,4% de los ciudadanos declaran haber comprado al menos un libro en los últimos 12 meses y la media de libros comprados por cada habitante es de 10,3, otro índice que también parece alto. Si la población española es de 47 millones de habitantes y un 15% tiene una edad menor de 15 años, el número de libros vendidos tendría que ser del orden de los 400 millones, cuando en realidad la FANDE (Asociación Nacional de distribuidores) nos habla de 140 millones vendidos en el año 2011. Algo no cuadra o lo hemos interpretado mal.

Con respecto al libro electrónico, sólo el 11,7% de la población lee e-books, más del doble de lo que ocurría en 2010. El 9,7% de los encuestados declararon poseer un e-reader en 2012 (frente al 1,7% en 2010), lo que también parece excesivo, ya que eso representaría un parque próximo a los 4 millones, cuando el número de dispositivos que hay en España se estima en 2 millones de unidades, entre e-readers y tabletas.

Frente a las estadísticas, los datos que ofrece la Agencia del ISBN son reales y reflejan el número de títulos registrados a lo largo del año. Las editoriales registraron 88.349 títulos, con un descenso del 8% respecto al año anterior, mientras que los autores-editores registraron 6.590, con un descenso del 29%, quizá debido a que el registro en 2011 fue gratuito para ellos. De ese total de 94.079 títulos registrados, 20.079 lo fueron en formato digital, cuyo crecimiento fue del 13%, aunque no se explicita cuántos de ellos lo fueron por las editoriales y cuántos por los autores-editores

Por el contrario, el informe del Instituto Nacional de Estadística dice que en 2012 se editaron 69.668 títulos, según el Depósito Legal de la Biblioteca Nacional sobre las publicaciones editadas en España, de las cuales 60.219 fueron libros y 9.449 folletos, lo que supone un descenso del 6% respecto al año anterior.

Mientras, esperamos el informe “Comercio interior del libro en España”, que prepara la FGEE con el patrocinio de CEDRO y que suele aparecer en julio, para ver si podemos aclarar las dudas y sacar conclusiones pertinentes.

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Categoría (Derechos de autor, El libro digital, General, Publicar un libro) por Manu de Ordoñana el 30-05-2013

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Cada día crece el número de escritores diletantes partidarios de auto-publicar su obra, sin tener que pasar por el filtro de un editor que imponga sus condiciones. Y sin embargo, existe una fórmula intermedia que va ganando adeptos: la co-edición, compartiendo los riesgos con una editorial reconocida, que aporte una marca de prestigio, fórmula que ya habíamos presentado en un artículo anterior bajo el título “Co-editar o autopublicar”. Decía entonces que las editoriales están sufriendo las consecuencias de la crisis… y de los cambios que padece la industria del libro, así que una propuesta de publicar 1000 libros y tú, autor, comprar 400-500 podría ser una alternativa a tener en cuenta:

  • El coste de cada libro te va a resultar muy parecido, si tienes en cuenta que te evitas el diseño de la portada y la maquetación.
  • La calidad de la impresión será notablemente mejor, ya que estará supervisada por un profesional.
  • La editorial se encargará de distribuir el libro por los canales tradicionales (librerías, grandes superficies, tiendas especializadas y la venta por Internet) a los que tú tienes un acceso restringido.
  • Para ello, tendrá que realizar una campaña de difusión a través de los medios de  comunicación, lo que te ayudará a vender parte de tus 500 ejemplares (piensa dónde los vas a almacenar).
  • Tú te reservas la opción de comercializar el libro impreso por otros canales no convencionales al precio establecido
  • Y conserva la propiedad sobre el libro digital para situarlo en los portales de éxito(Amazon, Apple Store, Fnac, Google Books y quizá alguno más, sin olvidar a Bubok, que tiene una buena penetración en el mercado de habla hispana).

Lucha para no ceder los derechos sobre la explotación del formato electrónico o firma un contrato específico para él, como hacen en Francia. Se estima que el número de dispositivos de lectura ─entre tabletas y e-readers─ que hay en España ronda los dos millones y parece que se venden 0,7 libros digitales por cada dispositivo, aunque las cifras que se publican no sean del todo fiables. Es un parque importante que seguirá creciendo, así que poco a poco el mercado se irá consolidando, sobre todo, si se confirma la tendencia de aminorar los precios ─a pesar de la subida del IVA─. Está demostrado que si un libro pasa de 8 a 2 euros, se convierte en un producto de compra por impulso, la cifra de ventas se dispara y se reduce la piratería.

la coedicion de libros

¿Qué tipo de editorial te conviene para una co-edición? En primer lugar, selecciona una cuya línea editorial coincida con el argumento de tu novela, es lo más importante, si no hay confluencia, no vale la pena, es tiempo perdido. Luego yo me inclinaría por una que lleve algún tiempo implantada en el mercado, de tipo tradicional, que no domine las tecnologías de vanguardia y que no sea muy activa, sin dar demasiada importancia a su cuenta de resultados. Te resultará más fácil negociar el contrato y convencerles para que ellos no se metan en el segmento del ebook, o cuando menos te dejen la puerta abierta.

El problema surgirá con los plazos. Tú querrás correr pero ellos tienen marcado un ritmo lento y difícilmente van a acelerar. Tómatelo con calma y empieza a negociar con tiempo, seis meses antes de terminar la novela, incluso un año. Si consigues que se interesen, mándales extractos de lo que vayas escribiendo, una sinopsis larga, así poco a poco les vas involucrando en el proyecto, sin olvidar que te pueden aportar ideas para mejorar el contenido. Y aquí vuelvo a insistir en algo que me parece fundamental: el texto no puede contener ninguna errata, asegúrate de ello, al menos en las 10 o 20 primeras páginas. Y otro algo a tener en cuenta es escribir un primer capítulo ─incluso los dos o tres primeros─ que sean atractivos y despierten la curiosidad del censor que te va a juzgar.

Cuando hayas concluida tu obra, tendrás mucho camino recorrido y te será más fácil convencer al editor para que la publique. Discute todas las cláusulas y cede sólo cuando veas que no hay más remedio. El hecho de que tú, como autor, vayas a cubrir el 50% del presupuesto, te concede una posición privilegiada en la negociación. Aprovéchala y trata de ceder los derechos mínimos; tiempo habrá para hacer concesiones…

Con respecto a los derechos de autor, puedes renunciar a ellos, si consigues un buen precio para la compra de los 500 ejemplares; desde el punto de vista fiscal, parece más sencillo, sólo tendrás que darte de alta en actividades económicas como editor y no como autor. Por lo demás, evita conceder exclusivas, define el ámbito territorial y, si puedes, limita el contrato a la primera edición. Piensa que, si el éxito te sonríe, habrá una segunda y, si estás exento de compromisos, podrás negociar mejor e incluso buscar otra editorial que te ofrezca nuevas perspectivas económicas.

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En estos últimos días, me han llegado dos correos electrónicos de un par de amigas que me piden opinión sobre un texto un tanto provocador que circula por la web, titulado “Contra la tontuna lingüística, un poco de gramática bien explicada” al parecer escrito por una profesora de un instituto público en el que arremete contra políticos y periodistas que hacen mal uso de la lengua castellana, unos por motivos ideológicos y otros por ignorancia de la gramática al utilizar la palabra “presidenta”. Según ella, al que preside, se le llama “presidente” y nunca “presidenta”, independientemente del género (masculino o femenino) del que realiza la acción.

Angela Merkel

Con el fin de investigar de dónde procede el citado texto, me metí en Internet y tecleé el título en el buscador. Me sorprendió encontrar 15.900 resultados, al parecer la controversia no es de ahora, la primera referencia es de noviembre de 2009 y la autora del artículo se llama “Reme”, según dice Ramón en su espacio “Entretenimiento y humor”.

Existen sustantivos que poseen el género incorporado mientras que otros los adquieren por concordancia, mediante marcas formales que lo atestiguan, como la terminación genérica –o, -a en sustantivos que designan a personas o animales. Pero existen sustantivos animados que sirven para los dos géneros, de modo que no se puede distinguir el sexo por la desinencia y hay que acudir al artículo o al adjetivo para saberlo (el pianista/la pianista, el personaje masculino/ femenino). Son sustantivos comunes en cuanto al género y los hay de varios tipos. Uno de ellos es el de los sustantivos de una sola terminación (sin variante en –a), que corresponden a nombres de personas acabados en –nte, procedentes de participios de presente latinos, también llamados “participios activos”.

La Nueva Gramática de la Lengua Española (apartado 2.5i) permite utilizarlos con modificadores masculinos o femeninos, pero sin modificar la terminación (muchos estudiantes/muchas estudiantes), con lo cual parecería que nuestra profesora tiene toda la razón y “presidente” serviría para asignar tanto a un hombre como a una mujer.

Pero… siempre hay excepciones que confirman la regla. El siguiente apartado de la dicha Gramática (2.5j) dice que se dan algunas oposiciones a esa norma con las terminaciones –ante/-anta y –(i)ente/-(i)enta, sin connotaciones particulares o significados añadidos. Se trata de los siguientes casos:

cliente / clienta, comediante / comedianta, congregante / congreganta, dependiente /dependienta, figurante / figuranta, intendente / intendenta, presidente / presidenta, sirviente / sirvienta.

Por eso, el DRAE nos explica que el término “presidente” proviene del latín “praesĭdens, -entis” y admite la palabra “presidenta” con las acepciones siguientes: Mujer que preside, presidente (cabeza de un gobierno, consejo, tribunal, junta, sociedad, etc.), presidente (jefa del Estado) y coloquialmente, mujer del presidente, con lo cual sería correcto decir tanto la presidente Merkel como la presidenta de Navara, Yolanda Barcina.

(ver aquí el artículo de BBVA).

Claro que ahora alguien se preguntará quién es la Real Academia Española para dictar normas sobre la forma en que han de expresarse los hispano-hablantes. Aquí cada uno tendrá su opinión, aunque son pocos los que le desautorizan para cumplir esa misión, junto a las 21 Academias de América Y Filipinas que, con ella, integran la Asociación de Academias de la Lengua Española, según una tradición secular que les confía la responsabilidad de fijar la norma que regula el uso correcto del idioma.

Aunque alguna vez podamos disentir sobre las decisiones que adopta la Academia ─nada anormal en asuntos de índole tan personal─, su criterio es recoger las voces que el pueblo utiliza habitualmente o que se han generalizado por la influencia de lenguas extranjeras. Y en este caso, acierta, ya que la palabra “presidenta” es de uso común desde tiempo inmemorial (aunque, en algunos casos, se emplea en sentido despectivo), tal y como recoge el diccionario de la RAE del año 1803 en el que encontramos la definición de “presidenta” como “la muger del presidente”, “la que manda y preside en alguna comunidad” según nos cuenta Pablo Ramos Hernández en su blog “La Crítica Mordaz”.

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